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Cronología de un descubrimiento (III)

Capítulo anterior: Cronología de un descubrimiento (II)

Al volver a San Jerónimo me despedí de Leandro y me reencontré con don Ángel, quien me llevó a casa de una señora para que pudiera comer algo. Allí me encontré con algunos profesores de la escuela construida por Dubois que pagaban pensión para poder almorzar cada día. Antes siquiera de empezar a conversar, nos reconocimos al instante como seres extraños a aquella realidad alternativa que reinaba en San Jerónimo. Cuando supieron que venía de Valencia me preguntaron enseguida por la situación en Cataluña, pues hacía poco que las imágenes de las cargas policiales en el 1-O habían dando la vuelta al mundo avergonzando al Estado español en cada rincón del planeta. Incluido aquel pequeño pueblo de la Amazonia peruana.

Si bien su interés era ese, el mío era su situación como profesores. No hacía mucho que el Perú acababa de salir de una durísima huelga de docentes que exigía que se valorara debidamente su trabajo. El salario base de un profesor en Perú era en julio de aproximadamente 1500 soles, unos 460 dólares y el más bajo de Sudamérica. Durante las protestas se consiguió, para agosto, un aumento a los 1700 y a partir de diciembre a los 2000 soles, 690 dólares. Una cifra que algunos siguen considerando insuficiente al compararla con otros países de la región u otros funcionarios del país. Un policía por ejemplo, cobra más de 3000 soles.

Los profesores me hablaron con marcado pesar de la necedad de un país que no invierte en educación y tiene a muchos de sus maestros bajo una economía de subsistencia. También insistieron en que no se trataba solo de que recibieran salarios irrisorios, sino que en muchas regiones más o menos olvidadas (y la administración peruana está tradicionalmente caracterizada por olvidar todo lo que pasa fuera de Lima) tenían que asumir desplazamientos largos y dificultosos o trabajar en escuelas que se caían a pedazos. La conclusión fue que, pese a todo, la vocación triunfaba y los profesores seguían ejerciendo su papel en la sociedad. Obligados, eso sí, a ir siempre con el agua al cuello y a complementar sus ingresos con todo tipo de actividades económicas.

Cuando se fueron para volver al trabajo aproveché para pasar por la escuela y ver si podía despedirme de Miuler. Lo encontré en el patio del colegio rodeado de niños, algunos correteando a su alrededor y otros atendiendo a sus explicaciones mientras daba forma a una vasija de barro. Era alguien totalmente distinto al hombre serio y de cara larga que me había abierto la puerta de casa aquella misma mañana. Enseñando enérgicamente a los niños, todo sucio de barro, ofrecía una imagen entrañable que evocaba esa “vocación pese a todo” de la que me acababan de hablar. Sonriente, le di las gracias por todo y estreché su mano enfangada mientras los niños de San Jerónimo me miraban como a un extraterrestre. ¿Volvería algún día a aquella mágica aldea de historias imposibles? ¿Seguirá siendo la misma cuando vuelva?

Emprendí el camino de vuelta para encontrar la carretera a Pedro Ruiz y, con suerte, conseguir que algún vehículo me recogiera. Bajando por la ladera de la montaña me di cuenta de que era el primer momento del día en el que me encontraba solo. Haría falta un ensayo, tal vez un libro entero, para tratar de explicar ese tipo de soledad que solo se descubre viajando, un estado del alma donde uno se siente pletórico y las reflexiones se vuelven especialmente claras.

Por supuesto, todo dura un rato. La mochila pesa, el cuerpo se agota y la naturaleza, por hermosa que sea, puede empezar a tratarte mal en cualquier momento. Después de varias horas llegué hecho polvo a la carretera, y después de otras tantas empezó a llover y yo seguía en aquella carretera haciendo dedo. Pero nadie quería recoger a un perro mojado. Finalmente me resigné y seguí caminando como un autómata, con la mente totalmente en blanco. No sé cuánto tiempo pasó hasta que el ruido cansado de un motor me resulto familiar y me sacó de mi letargo. Escuché como paraba junto a mí y, al girarme, allí estaba él. ¡Era Miuler rescatándome de nuevo! “Sube. -me dijo- Te invito a almorzar”.

Había comido hacia unas horas, pero me vendrían bien la compañía y algunas calorías extra. Entramos de nuevo a la casa donde había empezado aquel día mientras Miuler gritaba: “¡Traigo a un amigo!”. En ese momento una niña de pelo rizado salió de la nada y corrió a abrazarme. Tenía nueve años y se llamaba Jade. ¿Por qué se lanzó a abrazar a un completo desconocido? No lo sé, pero desde entonces la quise como a la hermana que nunca tuve.

La casa de Miuler y su mujer tenía un patio que era un pequeño extracto de la selva, donde los colibrís campaban a sus anchas. El profesor me explicó, excitado, cada una de las cosas que plantaba para después compararlas con las frutas y hortalizas que yo conocía en Valencia, a veces con asombrosos resultados. También me explicó que antes tenían animales, pero poco a poco habían ido desapareciendo. Con los pollos, por ejemplo, resultaba que una vecina ya desaparecida se los robaba cuando estaban grandes. A Jade, amiga incondicional de cada uno de los pollos, había que explicarle que se habían ido a vivir con la abuelita.

Al lado de aquel bucólico patio almorzamos. Pasé toda la tarde con ellos, atendiendo ora a los dibujos que me enseñaba Jade, ora a las fotos que me enseñaba su madre. En una tarde llegué a conocer todos los detalles e historias que orbitaban alrededor de aquella familia, que no solo decidió abrirme las puertas de su casa, sino también de su vida. También comprendí de primera mano lo que los profesores de San Jerónimo me habían tratado de explicar. Mientras jugaba con Jade, escuché a sus padres haciendo malabares para poder repartir ese mísero sueldo de maestro, de manera que ellos pudieran seguir adelante y sus otros dos hijos, que estudiaban en Lima, también recibieran algo. Uno de ellos, por cierto, había decidido estudiar arqueología ante las hazañas como explorador de su padre.

Al acabar el día yo era feliz. La casualidad había dibujado un cuadro imposible del que me permitía formar parte. Desde los sarcófagos centenarios al extraño accidente de avión, pasando por las reivindicaciones de unos profesores menospreciados y, en definitiva, todas las personas e historias que orbitaban alrededor. Empezaba a comprender que viajar es desplazarse de un descubrimiento al siguiente. A veces esos descubrimientos son desiertos mudos o bosques estrepitosamente incomprensibles. En otras ocasiones, tus descubrimientos tienen manos, cabeza y pies, y te hablan en lenguas extrañas o familiares que, a su vez, te desvelan reliquias que no forman parte de lo tangible. Incluso existe un extraño tipo de hallazgos solo accesibles en las vastas llanuras de la soledad. Sin embargo, todos ellos se parecen y van a encontrarse a un mismo punto del alma bajo una misma forma: gratitud. Una gratitud exuberante que rebosa los límites del corazón y se dirige a todo y a todos. ¿Cómo corresponder a un sentimiento tan desbordante? Tal vez contarlo sea el primer paso.

Volviendo a Trujillo.

Próximo capítulo: (19 de abril)

Viaje (Alexandros Panagoulis)

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Hablar de Alekos es un todo un reto. No solo por el inmenso respeto que le tengo y lo complejo de su personalidad, también porque Oriana Fallaci ya lo hizo de manera inmejorable. El libro en cuestión se llama Un hombre y es un penetrante retrato no solo de Panagoulis, sino del ser humano. El revolucionario, el funcionario, el dictador, el torturador, el pueblo… Todos ellos desgranados sin piedad por la periodista que se pasó medio siglo XX viajando de guerra en guerra e imperio en imperio entrevistando a estos actores. Todo para intentar comprender la farsa mundial y quién mueve los hilos, si es que hay un quién.

De ese esfuerzo de comprensión nació Entrevista con la historia, un compendio de entrevistas a personajes influyentes del siglo XX en el que Fallaci intenta dar respuesta a ese quién. La última de todas es la de Alexandros Panagoulis (o Alekos). Se la realizó el mismo día de 1973 en que salía de la cárcel, día en el que también empezaron una relación sentimental que duró hasta el asesinato de Alekos. Este hombre había atentado contra Papadopulos, el dictador griego, en 1968. La bomba falló, el tirano sobrevivió y él acabó en la cárcel, sometido a torturas desde el primer día. También recibió una condena a muerte que nunca llegó a ejecutarse.

Oriana y Alekos en la entrevista, el día de su liberación.

Durante la Odisea carcelaria Alekos aguantó innumerables torturas, siempre sin delatar a sus aliados  y atacando a sus agresores a la mínima oportunidad, física y psicológicamente. Resulta hasta cómica la relación que desarrolló con el alcaide de la prisión de Boiati, donde le encerraron en una celda de aislamiento. Solía usar la huelga de hambre como método de presión para realizar exigencias, desde que le quitaran las esposas hasta otras cosas destinadas a minar la salud mental de Zakarakis, el alcaide. Transcribo un ejemplo que aparece en Un hombre:

“-Come   -No  –¿Qué quieres?  -Mis zapatos  –Aquí están tus zapatos. ¿Comes ahora?  -No  –¡¿Qué otra cosa quieres?!  -Quiero bañarme porque huelo mal y tengo piojos. Como tu, Zakarakis.  –¡Yo no huelo mal! ¡Yo no tengo piojos!  -Sí que los tienes. Tienes uno que pesa noventa kilos. Eres tú.  –¡Yo te mato!  -Y acabarás ante un consejo de guerra por asesinato. Ya te lo ha dicho Ioannidis” (era el jefe de la ESA, el centro de detenciones y torturas)

La escena sigue después de que le rapen la cabeza. Alekos insiste en que no solo en la cabeza viven los piojos y exige que le rapen alrededor de los cojones. El alcaide acaba cediendo y manda a un soldado a hacerlo, pero por supuesto, Alekos quiere que lo haga él mismo. Sobre este modo de actuar, que bien pensado parece básico para sobrevivir en esas condiciones, Fallaci escribió lo siguiente:

“[…] el verdadero hérore no se rinde nunca. De los demás no le distingue el gran gesto inicial o la fiereza con que afronta las torturas y la muerte, sino la constania con que se repite, la paciencia con que sufre  y reacciona, el orgullo con que esconde sus padecimientos y los escupe a la cara de quien se los impone. Su secreto es no resignarse, no considerarse víctima, no mostrar a los demás tristeza o desesperación. Y, si se da el caso, recurrir al arma de la ironía y del sarcasmo, claros aliados de un hombre encadenado”.

Pero se supone que esta sección es de poesía, y aunque hay infinita poesía en lo contado hasta ahora, lo importante es la que escribió Alekos. No solo conservó la salud mental robándosela a sus torturadores, también lo hizo escribiendo poemas. Se las ingeniaba como podía para hacerlo porque Zakarakis le solía secuestrar el papel y el lápiz (además de otras cosas como los zapatos, como ya hemos visto). Este poema sin título es un ejemplo:

Una cerilla por pluma

sangre derramada en el suelo como tinta,

como papel la envoltura de una venda olvidada

pero ¿qué escribo?,

tal vez no tenga tiempo más que para mi dirección

¡qué raro!, la tinta se ha coagulado,

os escribo desde una cárcel

de Grecia.

Parece que sus libros no han sido traducidos al castellano (sí que los he encontrado en griego, italiano e inglés). Los pocos poemas traducidos son los que aparecen a lo largo de Un hombre, y aun así ha sido difícil decidir cuál destacar. Tal vez lo más justo es presentar Viaje, del que el propio Alekos dijo que era su poema favorito:

Viaje

Viajo por aguas desconocidas en una nave
semejante a millones de otras naves
que vagan por océanos y mares,
siguiendo rutas y ateniéndose a horarios perfectos.
Y muchas más,
también muchas más
amarradas en los puertos.
Durante años he cargado esta nave
con todo lo que me daban
y que yo tomaba con gozo sin límites.
Luego,
lo recuerdo como si fuera hoy,
la pintaba con colores radiantes
y permanecía atento
para que en ningún lugar cayera una mancha.
La quería bella para mi viaje.
Y después de haber esperado tanto, tanto
llegó por fin la hora de zarpar.
Y zarpé.
El tiempo pasaba y yo
comenzaba a trazar la ruta,
pero no como me dijeron en el puerto,
pues la nave me parecía distinta entonces.
Así mi viaje
ahora lo veo diferente.
Sin ansia de atraques ni de comercios,
la carga me parecía inútil.
Pero continuaba viajando,
conociendo el valor de la nave,
conociendo el valor que transportaba…

Me parece un poema simple y precioso. Él es la nave, el viaje es la vida. La ruta, la única posible.

Su Odisea continuó al salir de la cárcel, cojo y demacrado por tantos años de maltratos. El relato de esos años es más interesante si cabe. Alekos luchó por la caída de la dictadura y una vez cayó, siguió luchando por desenmascarar el sistema ‘democrático’ que esta había parido. Era esa clase de individuos que están en guerra con todo y con todos, solo interesados en perseguir un extraño horizonte que llaman libertad. Si es real o solo un espejismo, no importa. Importa la certeza de que en ocasiones solo hay un modo digno de actuar. Puede que más que una certeza sea un impulso irrenunciable de humanismo, pero lo cierto es que para individuos como Alekos, es lo único sagrado. El resto, como ya he dicho, no importa. Las torturas, la soledad, el ostracismo político, el sentimiento de insignificancia, morir en un falso accidente de coche… Nada de eso importa.

Podría escribir durante horas de esta persona, pero para repetir de manera mediocre todo lo que se ha dicho en Un hombre, hago mejor en recomendároslo. Como primer acercamiento a su figura está la posibilidad de acudir a la entrevista que mencioné, ya que es mucho más breve. Si os interesa cualquiera de los dos, me podéis contactar para que os haga poseedores de una copia digital de dudosa legalidad. Es lo que Alekos hubiera querido.

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Metal y melancolía

Capitulo anterior: “Un principio”

Después de más de 15 minutos mirando el mar desde lo alto noté como entre sus aguas verdosas se abría un enorme camino serpenteante. Como si despertara de un sueño, comprendí de repente que lo que había estado observando no era el mar, sino el infinito y homogéneo tapiz de la selva amazónica. Un hechizo tan solo roto por el fulminante contraste de aquellos ríos que arrastraban un agua marrón como la tierra. Ese pequeño despertar fue el primer toque de atención después de muchos meses.

Horas más tarde mi progresiva toma de conciencia sobre lo que estaba haciendo dio otro importante salto, esta vez encima de la cordillera. Sus pliegos montañosos también se extendían hasta donde llegaba la vista, yermos y lisos, como si sobre ellos se posara un sedoso velo cubierto por el polvo de un millón de años. Como si tirando de un extremo uno pudiera descubrir todos los secretos que se han ido abandonando en el trastero del mundo.  Cuando pude ver el pie de las montañas, descubrí que en realidad los Andes flotan sobre un océano de nubes aún más inmenso, siempre (¿siempre?) coloreado por el sol dorado de la tarde. En él se sumergió el avión, a punto de aterrizar en Lima.

¡Oh Perú de metal y de melancolía!, cantaba García Lorca en su soneto A Carmela, la peruana. Es un verso que da título a un magnífico documental de la peruano-holandesa Heddy Honigmann, Metal y melancolía. Se trata de una radiografía social del Perú de principios de los noventa realizada a través del día a día de 15 taxistas. Uno de ellos, el actor Jorge Rodríguez Paz, explica: “Metal, porque el sufrimiento y la pobreza se endurecen como el metal; melancolía, porque nosotros también somos suaves y tenemos nostalgia del pasado”.

La primera imagen con la que topé al adentrarme en la atmósfera limeña fue, precisamente, la del metal. Un capote de gris acero en el cielo, el hierro de las industrias agolpadas junto al mar y la pobreza endurecida de las casas que florecen a su alrededor, apenas esqueletos sobre calles de tierra y polvo. Nubes de metal, aguas de metal, vidas forjadas en metal. Tan solo metal. La melancolía no la conocí hasta que no llegué a Trujillo.

Volkswagen Tipo 1 en Trujillo, Perú

Allí, frente a la puerta del hostal, me recibió un viejo Volkswagen que parecía haber vivido tiempos mejores. La pintura se había desgastado y la herrumbre ya empezaba a invadirle. Miraba hacia al frente de la calle con un gesto torcido, impuesto por la mitad de ruedas que tenía pinchadas. Tenía una ventanilla siempre entreabierta que invitaba a observar su interior, que no se encontraba en mucho mejor estado. Sin embargo, bajo la luz amarillenta de la madrugada ofrecía una estampa más simpática que triste. Con los días descubrí que pertenecía al hermano de Carla, la dueña del hostal. O eso supuse, porque cada cierto tiempo le veía meter y sacar trastos del coche, como si fuera un armario en medio de la calle. Por algún tonto motivo, aquel cacharro estropeado me alegraba cada vez que lo veía,  e incluso cuando escuchaba el chirriar de su puerta desde mi habitación me invadía una agradable sensación, una suave y ajena nostalgia.

Si el viejo Volkswagen era una intuición, o acaso una premonición, la señora Carla era -¡y es!- la viva representación de la melancolía peruana. Es una mujer mayor y menuda, de ojos cansados y frenético proceder. A todas horas se encuentra haciendo algo, yendo y viniendo de todos lados, arreglando esto y lo otro. Y cuando no, se dedica a su actividad favorita: hablar. Habla de pequeñas cosas cotidianas que le preocupan, de cómo la joven que viene a limpiar no ha acudido hoy y ni si quiera se ha dignado a avisar. Habla de la irresponsabilidad de la chica, de los dos hijos a los que no es capaz de criar y de su marido en la cárcel, por desentenderse de ellos. Habla de cómo ella le intenta ayudar enseñándole a leer y escribir, mostrándole un oficio, pero Sofía, aunque es muy buena, también es testaruda y no entiende que el esfuerzo es la mayor virtud. Anécdotas, chascarrillos, tragedias y odiseas del día a día sirven siempre a Carla de trampolín hacia el pasado. Y cuando se sumerge en él, sus agotados ojos se encienden de nuevo y habla entonces de su juventud, abriéndose paso con enormes sacrificios en una familia de 10 hermanos, o de su madre en sus últimos días de existencia, sentándola junto a ella y rogándole que se esfuerce por encontrar un modo de ganarse la vida. Habla de 15 años de hipoteca, de sus estudios en turismo, de su pasión por la arqueología, por las momias, los templos y las civilizaciones extinguidas. Habla de cómo viajó para buscar oportunidades, de cómo acabó en Suiza y de Michael, del hermoso recuerdo que guarda del tiempo que pasaron juntos.

A la señora Carla, “porque ya tengo una edad, la gente me respeta y lo adecuado es que me llames señora”, cualquier cosa le sirve para zambullirse en la memoria. Un cuadro de campesinas le sirve para recordar sus viajes a la sierra en el viejo Volkswagen, cargado hasta arriba de víveres y juguetes, y a los niños harapientos agolpándose a su alrededor para conseguir una pelota o un juguete; la mesa del salón le devuelve a la casa de su infancia y le hace ver de nuevo al humilde carpintero que les hacía mesas, sillas, puertas y marcos; la barba de un huesped le transporta a la Plaza de Armas de Trujillo, cuando a sus 13 años vio pasar un convoy de guerrilleros y entre ellos al Che Guevara con su sonrisa implacable. Carla habla y vuela de aquí para allá mientras habla. Habla preocupada, amorosa, indignada, feliz, miserable, apasionada. Habla todo a la vez y crea todo un mundo mientras habla. Creo que si por ella fuera, nunca dejaría de hablar.

Recuerdo el primer día que conversé con ella como una terapia de shock dialéctica. Horas después del encuentro, mientras caminaba por primera vez por las extrañas calles de Trujillo, sus palabras todavía relampagueaban a mi alrededor, tenían su propia presencia y me zarandabean de un lado a otro. Aquella marea se fue calmando con el tiempo y tomó la forma de un apacible rumor. Un eco que sigue ahí, siempre susurrando cuánto se puede construir con un poco de metal y otro tanto de melancolía. Un mundo, un país, acaso una vida entera.

Los nombres de los aludidos han sido cambiados para respetar su anonimato.
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Un principio

Cualquier viaje tiene muchos principios. Un viaje no empieza en el momento en el que el avión despega o aterriza. Tampoco cuando das el primer paso o saludas al primer extraño. Ni siquiera cuando empiezas a planearlo se puede decir que el viaje haya empezado, ni en aquel tiempo remoto donde te imaginaste lejos, muy lejos.

En realidad, un viaje nace a cada rato. A veces con intensidad, como un gran torrente de agua que se abre camino entre montañas; otras, de manera casi imperceptible, a la manera de una planta mínima que crece en el desierto. El principio como evento único y aislado no existe, en su lugar hay muchos principios que borbotean y florecen de las entrañas del viaje, tan deslocalizado en sus límites.

Un principio, Atacama.

 

Otro principio, Ica

Las historias, sin embargo, solo tienen un principio. Incluso la historia de un viaje, por mucho que recorra su vasta geografía sin orden ni progreso, saltando entre lugares y momentos y entre momentos y enseñanzas sin seguir el hilo de los acontecimientos. Me refiero a una historia como esta, que no es ni un diario de andanzas, ni un compendio de crónicas sociales, ni un ensayo sobre la aventura de viajar, por mucho que sea todas esas cosas y muchas más. Incluso una historia así exige un principio.

Sin embargo, el principio de esta historia es, en realidad, un final. El final de El Solitario, casualmente la historia de otro viaje. Más concretamente, el de Franco Salcedo, a quien conocí en la solapa de este librito que habían dejado en el tambo donde me alojé en Chazuta, en la selva de San Martín. En ella decía que Salcedo ganó en 2007 una caja de cerveza con su relato “Amo a Ximena por el culo”. Fascinado por este redescubrimiento de la utilidad de la literatura, me sumergí en el libro siguiendo los pasos de mi nuevo compañero hasta esa última página donde el final es, en realidad, un nuevo comienzo:

“Hay cadenas que se van rompiendo mientras viajo, unas alas que se fortalecen, unos ojos que aprenden a ver de otra manera. La soledad sigue insistiendo aunque cada vez viajo más ligero. Un dolor sigue impulsándome fuera de mí como una centrífuga, sin embargo una sonrisa ha aprendido a dibujárseme cada vez más seguido, en las mañanas, al despertar, ciertas noches consteladas, antes de acostarme.

Los dioses se retiran y me abandonan a caminos que no les pertenecen, que yo voy descubriendo paso a paso, día y noche. Mi corazón no es un puño que late, sino una vasta llanura en donde florecen silentes detonaciones, breves alboradas en mitad de un ensueño“.

Atardecer en Sucre, Bolivia

Siguiente capítulo: “Metal y melancolía

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