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“Hace ya meses que el coro de voces de la ajetreada Trujillo cuenta con una nueva tonadilla. Si uno pasea por sus calles, no tardará en encontrarse con ella: “¡Arepas, arepas!”, se escucha aquí y allá. “¡Arepita venezolana!”. Una frase que en poco tiempo se ha adaptado perfectamente al ritmo de vida trujillano e incluso pareciera que siempre ha estado ahí. Tras ella, hombres y mujeres embutidos en su buzo tricolor salen cada día a la calle, sonrientes, para vender empanadas. ¿Pero quiénes son? ¿Por qué están aquí?”

Un buzo es un chándal. Tricolor es amarillo, azul y rojo. La arepa es un tipo de empanada típica de Venezuela. Por lo demás, esa es la entradilla  con la que empezaba un reportaje que realicé junto a unos compañeros para el magacín La Ventana. El tema era los venezolanos en Trujillo, de quienes sabíamos todo menos lo más importante: ¿quiénes son?

Durante un par de meses nos dedicamos a averiguarlo. Descubrimos que son decenas de miles por todo Perú y más de 2.000 en Trujillo en aquel momento.  También que escogen el país andino porque en él reciben una buena acogida, lejos de las actitudes xenófobas de otros estados vecinos. Nos contaron que huían de su país porque la vida se ha vuelto prácticamente imposible.

Son personas como Juan Guarepero,  que reía al decirnos que al principio le resultaba vergonzoso salir a vender arepas. Su empresa de carpintería se quedó sin clientes y tuvo que abandonar a su mujer y a su hija para enviarles dinero desde el extranjero. Al final consiguió traerlas con él y fueron asaltadas durante el viaje en bus. Lo cuenta como algo anecdótico porque, al fin y al cabo, no tenían mucho que les pudieran robar.

Son Juan Machado, que se vino porque el salario de un día le daba para comprar un huevo.  Y Ricardo Hernández, que se hartó de que le atracaran a punta de pistola cuando llegó el día en que se libró porque el asaltante era familia de su mujer. O José Gaona, que frente a todas esas realidades, no dejaba de repetir que Perú es El País de las Maravillas. “Llegué sin nada, compré este envase de plástico y lo llené de empanadas. Con eso me pago el alquiler y progreso”.

No puedo evitar recordar con especial perturbación que no solo son Juan, José o Ricardo, cansados de la incapacidad política del gobierno y también de la oposición. También son Gladys, la hermana, por cierto, de la señora Carla. Una peruana que en los 70, cuando era niña, se fue junto a otras decenas de miles a buscar una vida mejor en Venezuela y allí se quedó. Una férrea militante chavista que insistía en que volvería a la República Bolivariana (y volvió) para luchar por su país y no dejar que destruyeran el sistema que había dado dignidad a su vida. Y mientras lo decía se le quebraba la voz, y en las lágrimas que surcaban las arrugas de su rostro residía la horrible certeza que se negaba a asumir: que el hogar de su memoria se derrumbaba sin remedio.

También son los jóvenes que salieron al rescate de mis dos amigas gallegas cuando una huelga de camioneros las aíslo en medio de la nada durante 48 horas. Personas de apenas mi edad que habían tenido que abandonarlo todo sin saber muy bien cuál sería el siguiente paso y que, aunque no tenían prácticamente nada, lo compartieron todo. Sus historias emocionaron a estas dos chicas, que movilizaron las redes para una humilde y espontánea colecta de ayuda humanitaria. Consiguieron 2000 soles (500 euros) que les entregaron un par de meses después en Lima entre lloros, abrazos y mucha alegría.

Os animo a leer el reportaje si os interesa profundizar más en las causas y consecuencias de lo que, al fin y al cabo, es un movimiento migratorio masivo ante una terrible situación de crisis económica y social. Sin embargo, lo esencial está resumido en estas pocas líneas. Son ellos y ellas, e intuyo que muchas personas más con las que me cruce. El mulato que andaba desconcertado en su primer día de trabajo en unas parrillas de Tarapoto. El peluquero que trabajaba en un bajo con la fachada pintada de amarillo, azul y rojo en Arequipa. La chica que en Trujillo subía al bus para cantar, con acento caribeño, dos gardenias para ti… 

 

Trabajando en Trujillo | Isaac Madrid

De interés: Mientras en otros países se cierran puertas, los venezolanos encuentran refugio en Perú del The New York Times

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