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España, aparta de mí este cáliz (Cesar Vallejo)

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Cesar Vallejo nació un día en que Dios estuvo enfermo. Grave. Fue en 1892 en Santiago de Chuco, un pueblo del departamento de La Libertad en el norte de Perú. Pronto se mudó a la capital de la región, Trujillo, donde su casa es hoy un museo poco visitado que algunos aprovechan para refugiarse de la ajetreada y ruidosa ciudad. Trujillo era, en aquel momento, un rincón del Perú inusualmente prolífico en artistas, poetas e intelectuales. Vallejo pasó a formar parte de la primera línea de la bohemia trujillana y evolucionó rápidamente desde posturas modernistas a una vanguardia desconocida hasta el momento. Poeta de los que se cansan rápido de su poesía, jugó con el lenguaje a placer como lo hicieran poco más tarde los dadaístas. Una evolución tal vez prematura que le costó ser infravalorado hasta hoy.

Vallejo y su inquietud literaria parecen, sin duda, obra de un Dios enfermo y terminal. Su poesía es un extraño mosaico formado por fragmentos de una metafísica a medio conquistar y una terrible angustia existencialista, apoyadas en unas cuantas certezas corporales y prosaicas que se extienden a todos los objetos que representan lo cotidiano. Así, tiene claro que “la naturaleza del dolor es el dolor dos veces […] y el bien de ser, dolernos doblemente” y que a su vez “jamás hubo tanto dolor en el pecho, en la cartera, en la solapa” y que hasta “el mueble” tenía “en su cajón, dolor“. Y aunque se esfuerza en aterrizar sus consecuencias, la causa del dolor siguen siendo esos “nueve monstruos” que habitan un mundo que ignoramos.

Sobre toda esa composición inestable, sin embargo, siempre se asienta una firme convicción humanista. Aunque el título de su obra más importante, Poemas Humanos (publicada de forma póstuma) no fue escogido por él, creo que es perfecto para honrar a Vallejo. Fue un hombre sensible, de esos que a veces estúpidamente llamamos “humanos”, que escribió una poesía no solo preocupada por la condición humana, sino también por asuntos materiales como las injusticias y problemáticas sociales que ya observó desde bien pequeño, primero en Santiago de Chuco y después en Trujillo. Su postura incomodaba al gobierno caciquil del momento, que le tendió una encerrona para enviarle a la cárcel por unos altercados en los que no participó. Aunque finalmente apenas permaneció tres meses allí, Vallejo quedó marcado por la experiencia.

Este espíritu humanista y la capacidad para agotar rápidamente los estímulos que le rodeaban le llevan a mudarse a Europa, donde en los años 30 parecía estar fraguándose ese nuevo hombre que tanto interesaba a Vallejo. Allí empieza a trabajar como periodista y a entrar en contacto con las ideologías obreras, especialmente con el marxismo. En 1931 llega a Madrid, conoce a los grandes del momento (Unamuno, Lorca, Alberti…) y se convierte en testigo de la caída del régimen de los Borbones y la proclamación de la II República. Al estallar la guerra, el poeta se vuelca en su defensa desde el Comité Iberoamericano para la Defensa de la República Española, labor en la que le acompaña Pablo Neruda.

España, aparta de mí este cáliz

Niños del mundo
si cae España —digo, es un decir—
si cae
del cielo abajo su antebrazo que asen,
en cabestro, dos lágrimas terrestres;
niños, ¡qué edad la de las sienes cóncavas!
¡qué temprano en el sol lo que os decía!
¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano!
¡qué viejo vuestro 2 en el cuaderno!

¡Niños del mundo, está
la madre España con su vientre a cuestas;
está nuestra madre con sus férulas,
está madre y maestra,
cruz y madera, porque os dio altura,
vértigo y división y suma, niños;
está con ella, padres procesales!

¡Si cae —digo, es un decir— si cae
España, de la tierra para abajo,
Niños, ¡cómo vais a cesar de crecer!
¡cómo va a castigar el año al mes!
¡cómo van a quedarse en diez los dientes,
en palote el diptongo, la medalla en llanto!
¡Cómo va el corderillo a continuar
atado por la pata al gran tintero!
¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto
hasta la letra en que nació la pena!

Niños,
hijos de los guerreros, entre tanto,
bajad la voz, que España está ahora mismo repartiendo
la energía entre el reino animal,
las florecillas, los cometas y los hombres.
¡Bajad la voz, que está
con su rigor, que es grande, sin saber
qué hacer, y está en su mano
la calavera hablando y habla y habla,
la calavera, aquélla de la trenza,
la calavera, aquélla de la vida!

¡Bajad la voz, os digo;
bajad la voz, el canto de las sílabas, el llanto
de la materia y el rumor menor de las pirámides, y aún
el de las sienes que andan con dos piedras!
¡Bajad el aliento, y si
el antebrazo baja,
si las férulas suenan, si es de noche,
si el cielo cabe en dos limbos terrestes,
si hay ruido en el sonido de las puertas,
si tardo,
si no veis a nadie, si os asustan
los lápices sin punta, si la madre
España cae —digo, es un decir—
salid, niños del mundo; id a buscarla!…

Corría la leyenda, ya desmentida, de que España, aparta de mi este cáliz fue impreso en los pedazos del uniforme de un general franquista caído en batalla. Lo que si que es cierto es que fueron soldados del Ejercito del Este los que, ya en 1939, emplearon grandes esfuerzos en sacar toda una tirada de impresiones en condiciones muy precarias. Aunque ninguna de esas ediciones ha sobrevivido, el poemario ha resistido el paso del tiempo. Hasta hoy.

Cuando Vallejo escribió este poema, el final del sueño ya estaba peligrosamente cerca. Aquella República, una niña en sí misma que daba sus primeros pasos, equivocándose, aprendiendo, mirando insolente a los retos del futuro, era estrangulada por el monstruo fascista que más tarde subyugaría Europa. España caía y junto a ella caía también —digo, es un decir— la oportunidad de reinventar al hombre que tanto había fascinado y preocupado al poeta. Irónicamente, la vida de Vallejo se apagaba al mismo tiempo que la de la República, pero su último escrito no deja de ser todo un alegato por la supervivencia. Esos niños del mundo, hijos todos ellos de la derrota, tendrían que salir a buscarla en lo sucesivo.

Cesar Vallejo murió en París con aguacero, un día del cual ya tenía el recuerdo. Un recuerdo anticipado que equivocó a medias: no era jueves, ni tampoco otoño. Era un día como el de hoy, 15 de abril, con el mismo ayer terco y luchador que lleva casi ochenta años exigiendo la historia que nos robaron. Son esos niños sin madre que recogieron su mandato y ahí siguen, generación tras generación, buscándola incansables.

Arepas

Capítulo anterior: Se llama Óscar

“Hace ya meses que el coro de voces de la ajetreada Trujillo cuenta con una nueva tonadilla. Si uno pasea por sus calles, no tardará en encontrarse con ella: “¡Arepas, arepas!”, se escucha aquí y allá. “¡Arepita venezolana!”. Una frase que en poco tiempo se ha adaptado perfectamente al ritmo de vida trujillano e incluso pareciera que siempre ha estado ahí. Tras ella, hombres y mujeres embutidos en su buzo tricolor salen cada día a la calle, sonrientes, para vender empanadas. ¿Pero quiénes son? ¿Por qué están aquí?”

Un buzo es un chándal. Tricolor es amarillo, azul y rojo. La arepa es un tipo de empanada típica de Venezuela. Por lo demás, esa es la entradilla  con la que empezaba un reportaje que realicé junto a unos compañeros para el magacín La Ventana. El tema era los venezolanos en Trujillo, de quienes sabíamos todo menos lo más importante: ¿quiénes son?

Durante un par de meses nos dedicamos a averiguarlo. Descubrimos que son decenas de miles por todo Perú y más de 2.000 en Trujillo en aquel momento.  También que escogen el país andino porque en él reciben una buena acogida, lejos de las actitudes xenófobas de otros estados vecinos. Nos contaron que huían de su país porque la vida se ha vuelto prácticamente imposible.

Son personas como Juan Guarepero,  que reía al decirnos que al principio le resultaba vergonzoso salir a vender arepas. Su empresa de carpintería se quedó sin clientes y tuvo que abandonar a su mujer y a su hija para enviarles dinero desde el extranjero. Al final consiguió traerlas con él y fueron asaltadas durante el viaje en bus. Lo cuenta como algo anecdótico porque, al fin y al cabo, no tenían mucho que les pudieran robar.

Son Juan Machado, que se vino porque el salario de un día le daba para comprar un huevo.  Y Ricardo Hernández, que se hartó de que le atracaran a punta de pistola cuando llegó el día en que se libró porque el asaltante era familia de su mujer. O José Gaona, que frente a todas esas realidades, no dejaba de repetir que Perú es El País de las Maravillas. “Llegué sin nada, compré este envase de plástico y lo llené de empanadas. Con eso me pago el alquiler y progreso”.

No puedo evitar recordar con especial perturbación que no solo son Juan, José o Ricardo, cansados de la incapacidad política del gobierno y también de la oposición. También son Gladys, la hermana, por cierto, de la señora Carla. Una peruana que en los 70, cuando era niña, se fue junto a otras decenas de miles a buscar una vida mejor en Venezuela y allí se quedó. Una férrea militante chavista que insistía en que volvería a la República Bolivariana (y volvió) para luchar por su país y no dejar que destruyeran el sistema que había dado dignidad a su vida. Y mientras lo decía se le quebraba la voz, y en las lágrimas que surcaban las arrugas de su rostro residía la horrible certeza que se negaba a asumir: que el hogar de su memoria se derrumbaba sin remedio.

También son los jóvenes que salieron al rescate de mis dos amigas gallegas cuando una huelga de camioneros las aíslo en medio de la nada durante 48 horas. Personas de apenas mi edad que habían tenido que abandonarlo todo sin saber muy bien cuál sería el siguiente paso y que, aunque no tenían prácticamente nada, lo compartieron todo. Sus historias emocionaron a estas dos chicas, que movilizaron las redes para una humilde y espontánea colecta de ayuda humanitaria. Consiguieron 2000 soles (500 euros) que les entregaron un par de meses después en Lima entre lloros, abrazos y mucha alegría.

Os animo a leer el reportaje si os interesa profundizar más en las causas y consecuencias de lo que, al fin y al cabo, es un movimiento migratorio masivo ante una terrible situación de crisis económica y social. Sin embargo, lo esencial está resumido en estas pocas líneas. Son ellos y ellas, e intuyo que muchas personas más con las que me cruce. El mulato que andaba desconcertado en su primer día de trabajo en unas parrillas de Tarapoto. El peluquero que trabajaba en un bajo con la fachada pintada de amarillo, azul y rojo en Arequipa. La chica que en Trujillo subía al bus para cantar, con acento caribeño, dos gardenias para ti… 

 

Trabajando en Trujillo | Isaac Madrid

De interés: Mientras en otros países se cierran puertas, los venezolanos encuentran refugio en Perú del The New York Times

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La ciudad del polvo

Capítulo anterior: Metal y Melancolía

Por la Ciudad de la Eterna Primavera pasé varias veces durante el viaje. Sudamérica está plagada de ciudades de la eterna primavera y cada una de ellas esgrime ese título como si fuera su característica más única e inconfundible, la esencia misma de su personalidad. “Esta nuestra Ciudad de la Eterna Primavera”. Trujillo es la primera de ellas que conocí y la que más aprecio. No solo porque es la que me acogió durante más tiempo, sino porque es la que lleva el nombre con más originalidad. Sobre todo porque en Trujillo no abundan las flores, ni el sol, ni los colores vivos, ni ninguna de esas cosas que se suelen asociar a la primavera. Para ser justos,  sí que hay aves bonitas, aunque cada vez que van a abrir el pico suena un claxon. O dos. O cien. También tiene un buen clima, ni mucho frío ni mucho calor, pero la última lluvia torrencial fue tal que descubrió los cementerios y arrastró restos humanos por las calles, en aquel entonces ríos. Mi Ciudad de la Eterna Primavera me despierta simpatía porque su nombre parece una gran socarronería.

Una primavera

Lo que sí hay en Trujillo, y tampoco es muy primaveral, es polvo. Pero no el polvo habitual que habita en el garaje o debajo del sofá, sino un polvo infernal que flota por todos lados y se cuela en cada rincón de la casa y del cuerpo humano. El polvo trujillano es una entidad con presencia propia y malvada que puedes sentir estés donde estés, siempre acechando. Es una arena gris e inconcebiblemente fina que en los barrios pobres se acumula formando auténticas dunas que se evaporan al pisarlas y pasan a residir en la ropa, la piel y los bronquios. De dónde venía, nunca lo supe. Tal vez era cosa del enorme desierto que es la antigua Chan Chan, situada en las inmediatas afueras. O puede que de las mismas entrañas de la ciudad, pues por aquellos meses muchas calles estaban abiertas en canal. El Papa venía de visita y había que hacer obras para dejarlo todo bonito.

Donde no hubo muchas obras fue en esos barrios radiales que se derramaban por el desierto o se encaramaban a los cerros, muchas veces terrenos “invadidos” donde se han construido viviendas sin título de propiedad. Esos donde la vida se endurece para abrirse paso a través del polvo. Por supuesto, fueron los más afectados por los huaicos, las riadas de lodo que en la ciudad desenterraban a los muertos y aquí se llevaban a los vivos. Conocí lugares donde después de seis meses desde que el fenómeno de El Niño arrasara todo, alguna gente seguía viviendo en tiendas de campaña. La comunidad de Sol Naciente, situada en la carretera que va de Trujillo a Milagro, era uno de estos barrios que además padecía la tragedia de no tener una pertenencia clara. Ninguna de las municipalidades adyacentes quería reivindicar ese espacio de tierra y gente. Rodeado por todos pero en medio de nada, tan solo tenían el apoyo mutuo para poder salir adelante.

De vuelta a la ciudad, hasta la Plaza de Armas estaba en obras. El corazón mismo de Trujillo (y de cualquier ciudad peruana) estaba cerrado por remodelación. Los trabajos empezaron poco antes de que llegara y acabaron nada más me fui, así que solo acerté a conocerla por algún agujero en la valla o desde las alturas de los edificios cercanos. Sin embargo, me gustaba cómo toda la vida que habitualmente se nutría de la plaza se concentraba en una sola esquina, la que daba a la calle Pizarro. En aquellos pocos metros se apiñaban policias, quiosqueros, músicos callejeros, guías turísticos ofreciendo tours, venezolanos vendiendo arepas… Y sobre todos ellos destacaba un hombre que decía estar presentándose a la presidencia del Perú. Siempre aparecía allí vestido con un traje viejo y sucio, improvisando mítines para defender su candidatura. Le escuché decir de todo, desde arengas contra el gobierno asombrosamente sensatas a propuestas alucinadas como crear una ciudad flotante sobre la actual Iquitos, la metrópolis más incrustada en el Amazonas peruano.

Alguna vez mencionó las propias obras de la plaza y la negligencia del alcalde, pero eso no tenía nada de especial. Nadie en Trujillo parecía estar contento con esas obras y casi todos pensaban que eran otra excusa para desfalcar. Y realmente el presupuesto de las obras y su ejecución fueron aprobados por el gobierno anterior, pero al coronel Elidio Espinoza, exjefe de policia y alcalde de la ciudad, le tocó comerse el marrón con culpa o sin ella. La desconfianza y hartazgo de los ciudadanos con unas administraciones corruptas desde la municipalidad más miserable a las más altas esferas hizo su parte, sí. Pero que el señor coronel vaya por su cuarto juicio por haber dirigido presuntamente un escuadrón de la muerte en 2007, también influye. En los últimos tres ha sido absuelto, pero el caso siempre se reabre para pedirle cadena perpetua. Sea culpable o no, ninguna de las hipótesis habla bien del sistema político: o bien hay un asesino que sigue en el cargo de alcalde o bien existe una gran conspiración contra un alcalde inocente.

Otra primavera

Hay mil cosas que podría decir de Trujillo. Escribo las que me vienen a la mente y trato de enfocarlas en aquello que creo que hay que destacar. Siguiendo qué criterio, aún no estoy seguro. Tal vez, si esto fuera un relato más personal de lo que ya es, gastaría más palabras hablando de los muchos otros detalles que ahora invaden mi memoria. Los volkswagen escarabajo que llenan la ciudad otorgándole una personalidad especial. Taxistas que pitan para hacerte saber que están libres. Los restaurantes familiares, uno al que solía ir, absurdamente repleto de relojes. O sobre todo aquella musiquilla de La Lambada que sonaba cuando algunos coches daban marcha atrás. Durante un tiempo intenté averiguar el origen incierto de esa moda, pero le perdí la pista en unas minas de Colombia a las que nunca fui. Sin embargo, aprendí mucho mientras investigaba torpemente e interrogaba a todo tipo de personajes. Sobre el sitio, sí, pero ante todo sobre la gente que me acogía.

La Ciudad del Polvo, ruidosa y gris, fue un lugar de muchas oportunidades y hermosas casualidades. Cuando salía de ella nunca quería regresar, pero el día en que nos despedimos por última vez me asaltó un profundo apego. Fue el escenario activo de demasiadas cosas. Demasiadas personas, demasiadas aventuras, demasiada vida invertida en aquella existencia desordenada. Como si cayera su máscara grotesca, vi toda la belleza que escondía el polvo, el tráfico, los cláxones y las noches amarillentas. Y me dejé acariciar por ella, una vez más, con la promesa de volver.

Atardecer en Huanchaco, cerca de Trujillo. Nos frustrábamos porque el sol siempre desaparecía unos centímetros más arriba del horizonte.

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Metal y melancolía

Capitulo anterior: “Un principio”

Después de más de 15 minutos mirando el mar desde lo alto noté como entre sus aguas verdosas se abría un enorme camino serpenteante. Como si despertara de un sueño, comprendí de repente que lo que había estado observando no era el mar, sino el infinito y homogéneo tapiz de la selva amazónica. Un hechizo tan solo roto por el fulminante contraste de aquellos ríos que arrastraban un agua marrón como la tierra. Ese pequeño despertar fue el primer toque de atención después de muchos meses.

Horas más tarde mi progresiva toma de conciencia sobre lo que estaba haciendo dio otro importante salto, esta vez encima de la cordillera. Sus pliegos montañosos también se extendían hasta donde llegaba la vista, yermos y lisos, como si sobre ellos se posara un sedoso velo cubierto por el polvo de un millón de años. Como si tirando de un extremo uno pudiera descubrir todos los secretos que se han ido abandonando en el trastero del mundo.  Cuando pude ver el pie de las montañas, descubrí que en realidad los Andes flotan sobre un océano de nubes aún más inmenso, siempre (¿siempre?) coloreado por el sol dorado de la tarde. En él se sumergió el avión, a punto de aterrizar en Lima.

¡Oh Perú de metal y de melancolía!, cantaba García Lorca en su soneto A Carmela, la peruana. Es un verso que da título a un magnífico documental de la peruano-holandesa Heddy Honigmann, Metal y melancolía. Se trata de una radiografía social del Perú de principios de los noventa realizada a través del día a día de 15 taxistas. Uno de ellos, el actor Jorge Rodríguez Paz, explica: “Metal, porque el sufrimiento y la pobreza se endurecen como el metal; melancolía, porque nosotros también somos suaves y tenemos nostalgia del pasado”.

La primera imagen con la que topé al adentrarme en la atmósfera limeña fue, precisamente, la del metal. Un capote de gris acero en el cielo, el hierro de las industrias agolpadas junto al mar y la pobreza endurecida de las casas que florecen a su alrededor, apenas esqueletos sobre calles de tierra y polvo. Nubes de metal, aguas de metal, vidas forjadas en metal. Tan solo metal. La melancolía no la conocí hasta que no llegué a Trujillo.

Volkswagen Tipo 1 en Trujillo, Perú

Allí, frente a la puerta del hostal, me recibió un viejo Volkswagen que parecía haber vivido tiempos mejores. La pintura se había desgastado y la herrumbre ya empezaba a invadirle. Miraba hacia al frente de la calle con un gesto torcido, impuesto por la mitad de ruedas que tenía pinchadas. Tenía una ventanilla siempre entreabierta que invitaba a observar su interior, que no se encontraba en mucho mejor estado. Sin embargo, bajo la luz amarillenta de la madrugada ofrecía una estampa más simpática que triste. Con los días descubrí que pertenecía al hermano de Carla, la dueña del hostal. O eso supuse, porque cada cierto tiempo le veía meter y sacar trastos del coche, como si fuera un armario en medio de la calle. Por algún tonto motivo, aquel cacharro estropeado me alegraba cada vez que lo veía,  e incluso cuando escuchaba el chirriar de su puerta desde mi habitación me invadía una agradable sensación, una suave y ajena nostalgia.

Si el viejo Volkswagen era una intuición, o acaso una premonición, la señora Carla era -¡y es!- la viva representación de la melancolía peruana. Es una mujer mayor y menuda, de ojos cansados y frenético proceder. A todas horas se encuentra haciendo algo, yendo y viniendo de todos lados, arreglando esto y lo otro. Y cuando no, se dedica a su actividad favorita: hablar. Habla de pequeñas cosas cotidianas que le preocupan, de cómo la joven que viene a limpiar no ha acudido hoy y ni si quiera se ha dignado a avisar. Habla de la irresponsabilidad de la chica, de los dos hijos a los que no es capaz de criar y de su marido en la cárcel, por desentenderse de ellos. Habla de cómo ella le intenta ayudar enseñándole a leer y escribir, mostrándole un oficio, pero Sofía, aunque es muy buena, también es testaruda y no entiende que el esfuerzo es la mayor virtud. Anécdotas, chascarrillos, tragedias y odiseas del día a día sirven siempre a Carla de trampolín hacia el pasado. Y cuando se sumerge en él, sus agotados ojos se encienden de nuevo y habla entonces de su juventud, abriéndose paso con enormes sacrificios en una familia de 10 hermanos, o de su madre en sus últimos días de existencia, sentándola junto a ella y rogándole que se esfuerce por encontrar un modo de ganarse la vida. Habla de 15 años de hipoteca, de sus estudios en turismo, de su pasión por la arqueología, por las momias, los templos y las civilizaciones extinguidas. Habla de cómo viajó para buscar oportunidades, de cómo acabó en Suiza y de Michael, del hermoso recuerdo que guarda del tiempo que pasaron juntos.

A la señora Carla, “porque ya tengo una edad, la gente me respeta y lo adecuado es que me llames señora”, cualquier cosa le sirve para zambullirse en la memoria. Un cuadro de campesinas le sirve para recordar sus viajes a la sierra en el viejo Volkswagen, cargado hasta arriba de víveres y juguetes, y a los niños harapientos agolpándose a su alrededor para conseguir una pelota o un juguete; la mesa del salón le devuelve a la casa de su infancia y le hace ver de nuevo al humilde carpintero que les hacía mesas, sillas, puertas y marcos; la barba de un huesped le transporta a la Plaza de Armas de Trujillo, cuando a sus 13 años vio pasar un convoy de guerrilleros y entre ellos al Che Guevara con su sonrisa implacable. Carla habla y vuela de aquí para allá mientras habla. Habla preocupada, amorosa, indignada, feliz, miserable, apasionada. Habla todo a la vez y crea todo un mundo mientras habla. Creo que si por ella fuera, nunca dejaría de hablar.

Recuerdo el primer día que conversé con ella como una terapia de shock dialéctica. Horas después del encuentro, mientras caminaba por primera vez por las extrañas calles de Trujillo, sus palabras todavía relampagueaban a mi alrededor, tenían su propia presencia y me zarandabean de un lado a otro. Aquella marea se fue calmando con el tiempo y tomó la forma de un apacible rumor. Un eco que sigue ahí, siempre susurrando cuánto se puede construir con un poco de metal y otro tanto de melancolía. Un mundo, un país, acaso una vida entera.

Los nombres de los aludidos han sido cambiados para respetar su anonimato.
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