Etiqueta: Perú

España, aparta de mí este cáliz (Cesar Vallejo)

Anterior: Viaje (Alekos Panagoulis) 

Cesar Vallejo nació un día en que Dios estuvo enfermo. Grave. Fue en 1892 en Santiago de Chuco, un pueblo del departamento de La Libertad en el norte de Perú. Pronto se mudó a la capital de la región, Trujillo, donde su casa es hoy un museo poco visitado que algunos aprovechan para refugiarse de la ajetreada y ruidosa ciudad. Trujillo era, en aquel momento, un rincón del Perú inusualmente prolífico en artistas, poetas e intelectuales. Vallejo pasó a formar parte de la primera línea de la bohemia trujillana y evolucionó rápidamente desde posturas modernistas a una vanguardia desconocida hasta el momento. Poeta de los que se cansan rápido de su poesía, jugó con el lenguaje a placer como lo hicieran poco más tarde los dadaístas. Una evolución tal vez prematura que le costó ser infravalorado hasta hoy.

Vallejo y su inquietud literaria parecen, sin duda, obra de un Dios enfermo y terminal. Su poesía es un extraño mosaico formado por fragmentos de una metafísica a medio conquistar y una terrible angustia existencialista, apoyadas en unas cuantas certezas corporales y prosaicas que se extienden a todos los objetos que representan lo cotidiano. Así, tiene claro que “la naturaleza del dolor es el dolor dos veces […] y el bien de ser, dolernos doblemente” y que a su vez “jamás hubo tanto dolor en el pecho, en la cartera, en la solapa” y que hasta “el mueble” tenía “en su cajón, dolor“. Y aunque se esfuerza en aterrizar sus consecuencias, la causa del dolor siguen siendo esos “nueve monstruos” que habitan un mundo que ignoramos.

Sobre toda esa composición inestable, sin embargo, siempre se asienta una firme convicción humanista. Aunque el título de su obra más importante, Poemas Humanos (publicada de forma póstuma) no fue escogido por él, creo que es perfecto para honrar a Vallejo. Fue un hombre sensible, de esos que a veces estúpidamente llamamos “humanos”, que escribió una poesía no solo preocupada por la condición humana, sino también por asuntos materiales como las injusticias y problemáticas sociales que ya observó desde bien pequeño, primero en Santiago de Chuco y después en Trujillo. Su postura incomodaba al gobierno caciquil del momento, que le tendió una encerrona para enviarle a la cárcel por unos altercados en los que no participó. Aunque finalmente apenas permaneció tres meses allí, Vallejo quedó marcado por la experiencia.

Este espíritu humanista y la capacidad para agotar rápidamente los estímulos que le rodeaban le llevan a mudarse a Europa, donde en los años 30 parecía estar fraguándose ese nuevo hombre que tanto interesaba a Vallejo. Allí empieza a trabajar como periodista y a entrar en contacto con las ideologías obreras, especialmente con el marxismo. En 1931 llega a Madrid, conoce a los grandes del momento (Unamuno, Lorca, Alberti…) y se convierte en testigo de la caída del régimen de los Borbones y la proclamación de la II República. Al estallar la guerra, el poeta se vuelca en su defensa desde el Comité Iberoamericano para la Defensa de la República Española, labor en la que le acompaña Pablo Neruda.

España, aparta de mí este cáliz

Niños del mundo
si cae España —digo, es un decir—
si cae
del cielo abajo su antebrazo que asen,
en cabestro, dos lágrimas terrestres;
niños, ¡qué edad la de las sienes cóncavas!
¡qué temprano en el sol lo que os decía!
¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano!
¡qué viejo vuestro 2 en el cuaderno!

¡Niños del mundo, está
la madre España con su vientre a cuestas;
está nuestra madre con sus férulas,
está madre y maestra,
cruz y madera, porque os dio altura,
vértigo y división y suma, niños;
está con ella, padres procesales!

¡Si cae —digo, es un decir— si cae
España, de la tierra para abajo,
Niños, ¡cómo vais a cesar de crecer!
¡cómo va a castigar el año al mes!
¡cómo van a quedarse en diez los dientes,
en palote el diptongo, la medalla en llanto!
¡Cómo va el corderillo a continuar
atado por la pata al gran tintero!
¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto
hasta la letra en que nació la pena!

Niños,
hijos de los guerreros, entre tanto,
bajad la voz, que España está ahora mismo repartiendo
la energía entre el reino animal,
las florecillas, los cometas y los hombres.
¡Bajad la voz, que está
con su rigor, que es grande, sin saber
qué hacer, y está en su mano
la calavera hablando y habla y habla,
la calavera, aquélla de la trenza,
la calavera, aquélla de la vida!

¡Bajad la voz, os digo;
bajad la voz, el canto de las sílabas, el llanto
de la materia y el rumor menor de las pirámides, y aún
el de las sienes que andan con dos piedras!
¡Bajad el aliento, y si
el antebrazo baja,
si las férulas suenan, si es de noche,
si el cielo cabe en dos limbos terrestes,
si hay ruido en el sonido de las puertas,
si tardo,
si no veis a nadie, si os asustan
los lápices sin punta, si la madre
España cae —digo, es un decir—
salid, niños del mundo; id a buscarla!…

Corría la leyenda, ya desmentida, de que España, aparta de mi este cáliz fue impreso en los pedazos del uniforme de un general franquista caído en batalla. Lo que si que es cierto es que fueron soldados del Ejercito del Este los que, ya en 1939, emplearon grandes esfuerzos en sacar toda una tirada de impresiones en condiciones muy precarias. Aunque ninguna de esas ediciones ha sobrevivido, el poemario ha resistido el paso del tiempo. Hasta hoy.

Cuando Vallejo escribió este poema, el final del sueño ya estaba peligrosamente cerca. Aquella República, una niña en sí misma que daba sus primeros pasos, equivocándose, aprendiendo, mirando insolente a los retos del futuro, era estrangulada por el monstruo fascista que más tarde subyugaría Europa. España caía y junto a ella caía también —digo, es un decir— la oportunidad de reinventar al hombre que tanto había fascinado y preocupado al poeta. Irónicamente, la vida de Vallejo se apagaba al mismo tiempo que la de la República, pero su último escrito no deja de ser todo un alegato por la supervivencia. Esos niños del mundo, hijos todos ellos de la derrota, tendrían que salir a buscarla en lo sucesivo.

Cesar Vallejo murió en París con aguacero, un día del cual ya tenía el recuerdo. Un recuerdo anticipado que equivocó a medias: no era jueves, ni tampoco otoño. Era un día como el de hoy, 15 de abril, con el mismo ayer terco y luchador que lleva casi ochenta años exigiendo la historia que nos robaron. Son esos niños sin madre que recogieron su mandato y ahí siguen, generación tras generación, buscándola incansables.

Cronología de un descubrimiento (III)

Capítulo anterior: Cronología de un descubrimiento (II)

Al volver a San Jerónimo me despedí de Leandro y me reencontré con don Ángel, quien me llevó a casa de una señora para que pudiera comer algo. Allí me encontré con algunos profesores de la escuela construida por Dubois que pagaban pensión para poder almorzar cada día. Antes siquiera de empezar a conversar, nos reconocimos al instante como seres extraños a aquella realidad alternativa que reinaba en San Jerónimo. Cuando supieron que venía de Valencia me preguntaron enseguida por la situación en Cataluña, pues hacía poco que las imágenes de las cargas policiales en el 1-O habían dando la vuelta al mundo avergonzando al Estado español en cada rincón del planeta. Incluido aquel pequeño pueblo de la Amazonia peruana.

Si bien su interés era ese, el mío era su situación como profesores. No hacía mucho que el Perú acababa de salir de una durísima huelga de docentes que exigía que se valorara debidamente su trabajo. El salario base de un profesor en Perú era en julio de aproximadamente 1500 soles, unos 460 dólares y el más bajo de Sudamérica. Durante las protestas se consiguió, para agosto, un aumento a los 1700 y a partir de diciembre a los 2000 soles, 690 dólares. Una cifra que algunos siguen considerando insuficiente al compararla con otros países de la región u otros funcionarios del país. Un policía por ejemplo, cobra más de 3000 soles.

Los profesores me hablaron con marcado pesar de la necedad de un país que no invierte en educación y tiene a muchos de sus maestros bajo una economía de subsistencia. También insistieron en que no se trataba solo de que recibieran salarios irrisorios, sino que en muchas regiones más o menos olvidadas (y la administración peruana está tradicionalmente caracterizada por olvidar todo lo que pasa fuera de Lima) tenían que asumir desplazamientos largos y dificultosos o trabajar en escuelas que se caían a pedazos. La conclusión fue que, pese a todo, la vocación triunfaba y los profesores seguían ejerciendo su papel en la sociedad. Obligados, eso sí, a ir siempre con el agua al cuello y a complementar sus ingresos con todo tipo de actividades económicas.

Cuando se fueron para volver al trabajo aproveché para pasar por la escuela y ver si podía despedirme de Miuler. Lo encontré en el patio del colegio rodeado de niños, algunos correteando a su alrededor y otros atendiendo a sus explicaciones mientras daba forma a una vasija de barro. Era alguien totalmente distinto al hombre serio y de cara larga que me había abierto la puerta de casa aquella misma mañana. Enseñando enérgicamente a los niños, todo sucio de barro, ofrecía una imagen entrañable que evocaba esa “vocación pese a todo” de la que me acababan de hablar. Sonriente, le di las gracias por todo y estreché su mano enfangada mientras los niños de San Jerónimo me miraban como a un extraterrestre. ¿Volvería algún día a aquella mágica aldea de historias imposibles? ¿Seguirá siendo la misma cuando vuelva?

Emprendí el camino de vuelta para encontrar la carretera a Pedro Ruiz y, con suerte, conseguir que algún vehículo me recogiera. Bajando por la ladera de la montaña me di cuenta de que era el primer momento del día en el que me encontraba solo. Haría falta un ensayo, tal vez un libro entero, para tratar de explicar ese tipo de soledad que solo se descubre viajando, un estado del alma donde uno se siente pletórico y las reflexiones se vuelven especialmente claras.

Por supuesto, todo dura un rato. La mochila pesa, el cuerpo se agota y la naturaleza, por hermosa que sea, puede empezar a tratarte mal en cualquier momento. Después de varias horas llegué hecho polvo a la carretera, y después de otras tantas empezó a llover y yo seguía en aquella carretera haciendo dedo. Pero nadie quería recoger a un perro mojado. Finalmente me resigné y seguí caminando como un autómata, con la mente totalmente en blanco. No sé cuánto tiempo pasó hasta que el ruido cansado de un motor me resulto familiar y me sacó de mi letargo. Escuché como paraba junto a mí y, al girarme, allí estaba él. ¡Era Miuler rescatándome de nuevo! “Sube. -me dijo- Te invito a almorzar”.

Había comido hacia unas horas, pero me vendrían bien la compañía y algunas calorías extra. Entramos de nuevo a la casa donde había empezado aquel día mientras Miuler gritaba: “¡Traigo a un amigo!”. En ese momento una niña de pelo rizado salió de la nada y corrió a abrazarme. Tenía nueve años y se llamaba Jade. ¿Por qué se lanzó a abrazar a un completo desconocido? No lo sé, pero desde entonces la quise como a la hermana que nunca tuve.

La casa de Miuler y su mujer tenía un patio que era un pequeño extracto de la selva, donde los colibrís campaban a sus anchas. El profesor me explicó, excitado, cada una de las cosas que plantaba para después compararlas con las frutas y hortalizas que yo conocía en Valencia, a veces con asombrosos resultados. También me explicó que antes tenían animales, pero poco a poco habían ido desapareciendo. Con los pollos, por ejemplo, resultaba que una vecina ya desaparecida se los robaba cuando estaban grandes. A Jade, amiga incondicional de cada uno de los pollos, había que explicarle que se habían ido a vivir con la abuelita.

Al lado de aquel bucólico patio almorzamos. Pasé toda la tarde con ellos, atendiendo ora a los dibujos que me enseñaba Jade, ora a las fotos que me enseñaba su madre. En una tarde llegué a conocer todos los detalles e historias que orbitaban alrededor de aquella familia, que no solo decidió abrirme las puertas de su casa, sino también de su vida. También comprendí de primera mano lo que los profesores de San Jerónimo me habían tratado de explicar. Mientras jugaba con Jade, escuché a sus padres haciendo malabares para poder repartir ese mísero sueldo de maestro, de manera que ellos pudieran seguir adelante y sus otros dos hijos, que estudiaban en Lima, también recibieran algo. Uno de ellos, por cierto, había decidido estudiar arqueología ante las hazañas como explorador de su padre.

Al acabar el día yo era feliz. La casualidad había dibujado un cuadro imposible del que me permitía formar parte. Desde los sarcófagos centenarios al extraño accidente de avión, pasando por las reivindicaciones de unos profesores menospreciados y, en definitiva, todas las personas e historias que orbitaban alrededor. Empezaba a comprender que viajar es desplazarse de un descubrimiento al siguiente. A veces esos descubrimientos son desiertos mudos o bosques estrepitosamente incomprensibles. En otras ocasiones, tus descubrimientos tienen manos, cabeza y pies, y te hablan en lenguas extrañas o familiares que, a su vez, te desvelan reliquias que no forman parte de lo tangible. Incluso existe un extraño tipo de hallazgos solo accesibles en las vastas llanuras de la soledad. Sin embargo, todos ellos se parecen y van a encontrarse a un mismo punto del alma bajo una misma forma: gratitud. Una gratitud exuberante que rebosa los límites del corazón y se dirige a todo y a todos. ¿Cómo corresponder a un sentimiento tan desbordante? Tal vez contarlo sea el primer paso.

Volviendo a Trujillo.

Próximo capítulo: (19 de abril)

Cronología de un descubrimiento (I)

Capítulo anterior: Te regalo un toro

Ya me encontraba de camino al hostal, pensando en un plan alternativo para aquel día, cuando un hombre sonriente me interpeló en mitad de la calle:

-¿Qué es lo que busca, amigo?

Le pregunté sin esperanza si conocía los sarcófagos de San Jerónimo y si sabía dónde podría encontrar movilidad.

-Claro que los conozco. Los descubrí yo.

La broma no me acabó de hacer gracia, no sé si porque no la entendí o porque llevaba más de una hora dando vueltas por el pueblo de Pedro Ruiz, preguntando aquí y allá dónde estaba la combi a San Jerónimo sin que nadie supiera darme una respuesta. En cualquier caso, el hombre me explicó que los lunes no hay transporte porque allí solo van los profesores y prefieren ir el domingo para hacer noche en el pueblo, pero me podía presentar a uno que todavía no se había ido. “Capaz te puede llevar en moto”, dijo. Y añadió: “con él descubrí los sarcófagos”.

Alrededores de Pedro Ruiz, Departamento del Amazonas

 

Cuando llamamos a la puerta, nos abrió un hombre con cara de pocos amigos al que sin duda acabábamos de despertar. Alejandro “El Grande” –así es como se hacía llamar mi peculiar salvador- le explicó alegremente mi situación y le pidió que me llevara hasta San Jerónimo. El profesor respondió, todavía somnoliento, que la moto estaba bastante mal y a duras penas tenía potencia para llevarle a él, así que sería difícil que soportara a dos personas. No creí su excusa, pero la acepté como totalmente legítima. Al fin y al cabo, yo era un extraño que su amigo loco había llevado a la puerta de casa a las seis de la mañana para que lo llevara en moto por la cara. Además, aquello parecía desde el principio un golpe de suerte demasiado grande para mí. Así que internamente acepté su excusa, pero por lo que pudiera pasar, puse mi mejor cara de vagabundo desamparado. Y funcionó.

Alejandro se fue, con su aire alegre y desenfadado, y me dejó con el profesor de la cara larga, que había accedido a llevarme hasta un punto donde el camino empezaba a ir cuesta arriba y la moto no podría cargar los dos (¿sería verdad lo que tomé como una excusa?). Sentado en el salón de su casa, intenté entablar conversación con él mientras iba y venía preparando lo necesario para trabajar. Apenas conseguí sonsacarle su nombre, Miuler Villar. Me contestaba sin gran entusiasmo, no sé si porque estaba ocupado o por puro desinterés, hasta que se me ocurrió comentarle lo que había dicho Alejandro sobre los sarcófagos.

-Sí, fue en el 97. Los encontramos de casualidad en una salida que hicimos juntos, pero decidimos no revelarlo. La gente no estaba preparada. Ya ha pasado muchas veces que han roto patrimonio similar pensando que dentro va a haber oro o joyas. ¡Pero la cultura Chachapoyas no trabajó el oro! Dentro solo hay momias.

Y me explicó también que fue por el silencio que guardaron que otros se llevaron el mérito cuando años más tarde se empezó a trabajar de manera oficial en el yacimiento. No me dio muchos más detalles sobre la historia, pero dejó claro que tampoco le importaba demasiado la disputa por la autoría del descubrimiento. Para él, lo importante era que ese patrimonio se preservara correctamente. Más tarde, cuando me lancé a comprobar lo que Miuler me contó, me topé con dos versiones. En una, él y un tal Newman Aguilar (quien presumo que es Alejandro “El Grande”) descubrieron el primer grupo de sarcófagos en 1998, y no en el 97 como él recordaba. Iban guiados por el dueño del terreno, Francisco Ventura, a quien habían dado indicaciones para llegar hasta el lugar. No informaron al Ministerio de Cultura del descubrimiento hasta 2011. En la otra versión, de mayor trascendencia en los medios aunque llena de contradicciones, fue el propio Ventura quien en 2003 descubrió los sarcófagos, pero también tardaría años en pasar la información a las autoridades.

Sea como fuere, la discusión no tiene mayor interés. Los sarcófagos están allí, como siempre, solo que desde entonces atraen a algún que otro turista hasta el lugar y los habitantes de San Jerónimo tienen una nueva fuente de ingresos. Por su parte, Miuler sigue yendo al pueblo para dar clases como cada día, como hoy. Y nunca llegué a conocer al señor Ventura, pero apostaría a que su vida tampoco cambió demasiado con aquellas notas de prensa.

Cuando el profesor estuvo preparado, partimos en la moto. Llegamos por carretera al puente donde el camino empezaba a complicarse y allí me ayudó, sin éxito, a buscar otra movilidad que subiera hasta San Jerónimo. Miuler, una vez más (y las que quedaban) demostró su enorme y embarazosa generosidad y decidió que probáramos suerte subiendo los dos en la moto. Embarazosa porque, a esas alturas del viaje, el escepticismo con el que me había levantado se derrumbaba sin remedio. Sin embargo, cuando recapitulo, todo sigue pareciendo absurdo. Como poco, altamente improbable. Cambié mi itinerario a última hora porque una mujer que me recogió haciendo autostop me recomendó estos sarcófagos, que ni siquiera conocía. La mañana que me decido a ir, la primera persona con la que me encuentro resulta ser un señor que se hace llamar Alejandro “El Grande” y dice haber descubierto lo que ando buscando. Y me lleva con su compañero de descubrimientos, que además va a salir hacia el pueblo en ese mismo momento. Meses más tarde un chamán del Cuzco me habló de la belleza de la causalidad, pero creo que una perfecta combinación de casualidades siempre la superará.

Frente al puente de cemento, todavía estaba el esqueleto del viejo. Pedro Ruiz, Río Ingenio.

En efecto, fue embarazoso comprobar que el vehículo a duras penas podía llevar a dos personas hasta lo alto del pueblo. La vieja moto de cross llevaba en el mundo más años que yo, literalmente. Treinta, para ser exactos, y después de incontables reparaciones, parecía encontrarse en sus últimos días. Fue cerca de una hora de continua subida que hicimos casi siempre en primera. Cuando la pendiente era muy pronunciada, yo me bajaba para que la moto pudiera continuar hasta un punto más llano, subía ese tramo a pie y vuelta a empezar. Por si fuera poco, la noche anterior había llovido y el camino de tierra estaba totalmente enfangado, lo cual permitió a Miuler demostrar sus aptitudes de piloto de rallies adquiridas a base de repetir el camino día tras día. De paso, evitó que nos despeñáramos más de un par de veces.

Ante todo, la odisea fue divertida y espectacular. Miuler, de rostro serio hasta entonces, empezaba a animarse y parecía pasárselo bien dentro del casco (ha sido de los pocos motoristas peruanos que he visto con casco). Me explicaba todo lo que había a nuestro alrededor, cada planta y cada animal, hasta me hizo notar unos petroglifos que quedaban en mitad del camino pero que jamás habría visto por mi cuenta. Para entonces yo ya estaba pletórico, no solo por mi enorme suerte y la grata compañía del profesor, también porque poco a poco nos elevábamos sobre la espesa niebla matinal que a nuestros pies se convertía en un mar de nubes que bañaba todos los cerros de la selva. Una vista hermosa mientras el aire me pegaba en la cara y caía en la cuenta de que, hasta entonces, nunca había montado en moto.

Cuando por fin llegamos, San Jerónimo ofrecía una estampa curiosa. Era un poblado formado por unas pocas calles de tierra e hileras de casitas blancas a los lados. Los pollos correteaban por todos lados y los perros holgazaneaban a la sombra. De vez en cuando cruzaba alguien a caballo, a veces un niño, a veces una anciana. Y al rato pasaba alguien que podría haber sido el mismo niño o la misma anciana, pero esta vez en moto. Sus habitantes eran hombres y mujeres de rostros curtidos entre la dura tierra y el pesado sol, y a su lado el profesor y yo -pero sobre todo yo- parecíamos gente minúscula e inadaptada a una vida que nos aniquilaría en un par de días. Hablaban un castellano tan extraño al mío que al principio sudaba para entenderlo todo; cuando hablaban entre ellos solo acertaba a comprender un par de palabras. Por otro lado, en ningún otro lugar había atraído tantas miradas curiosas, pero al menos todas sonreían y me daban los buenos días.

Miuler me llevó con don Ángel, el hombre encargado de “la oficina de turismo”. Dicha oficina se podía diferenciar del resto de casas porque en su interior había un libro de registro encima de una mesa; por lo demás, pasaba totalmente desapercibida. Hacía más de un mes que ningún turista pasaba por allí y noté que los últimos eran del País Vasco. Don Ángel me preguntó entre risitas por qué los vascos nunca escribían “España” en el apartado “nacionalidad”, pero él ya sabía bien el porqué.

Se trataba de un hombre especialmente peculiar. Parecía bastante viejo y andaba desgarbado y balanceándose de lado a lado, pero sus movimientos siempre eran rápidos y espasmódicos. No se estaba quieto en ningún momento. Mostraba una permanente sonrisita al hablar y asentía con la cabeza a cada rato, como si respondiera con un silencioso “claro, claro” a cada cosa que oía, incluida su propia voz. No sé por qué, lo imaginé siendo punki en su juventud, una idea del todo ridícula en aquel contexto. De cualquier modo, algo había en don Ángel que me gustaba y disfruté conversar con él mientras me buscaba un guía para la ruta.

En ese rato me habló atropelladamente de muchas cosas, pero entre ellas destacó un accidente de avión que hubo en San Jerónimo en el que muerieron 46 personas. “Es lo mejor que nos ha pasado”, me explicó, siempre sonriente. Antes de que pudiera preguntarle de qué modo es bueno que un avión se estrelle donde vives, él se adelantó a responderme. “Por supuesto fue una tragedia, pero gracias a eso tenemos una escuela y vivimos mejor”. Y entonces me contó.

Próximo capítulo:  Cronología de un descubrimiento (II)

 

Te regalo un toro

Capítulo anterior: Arepas

Mi amiga Vivi fue de las primeras no solo en introducirme a la hospitalidad peruana, sino en ayudarme a comprenderla en profundidad. La conocí a los pocos días de empezar la universidad y 15 minutos de conversación fueron suficientes para que me invitara a pasar un fin de semana en las fiestas de su pueblo, a 8 horas de Trujillo. Cuando además le pregunté si podía llevar a otro amigo forastero, de quien ella no sabía nada y que yo empezaba entonces a conocer, ni se lo pensó. La expedición a Carhuaz partió unas pocas semanas después.

Vivi siempre me ha explicado que esa hospitalidad hacia el que viene de fuera surge de ponerse en su lugar. Ella tiene un novio español que viajó solo hasta Perú y por lo tanto conoce de cerca la situación de llegar a un lugar extraño sin conocer a nadie. Yo añadiría que la empatía de los peruanos es un accionar instintivo frente al individuo alejado de su hogar, que se entiende todavía mejor si uno mira la importancia que dan a los lazos familiares o lo duro que es para los padres dejar que sus hijos sigan su propio camino. Creo que es por esa empatía natural que durante el tiempo en que viajé solo fui prácticamente adoptado a la menor oportunidad por meseros, profesores, taxistas, campesinos… En cada rincón del país me encontré a personas hermosas que al principio incluso se compadecían de mí porque pensaban que lo estaría pasando terriblemente mal, tan alejado de mi familia y amigos. A muchas les costaba entender que en realidad, compartiendo esas horas con ellas, yo era la persona más feliz del planeta.

Todo esto apenas lo intuía cuando llegamos al departamento de Áncash. Ubicado en el corazón de los Andes, es a mi parecer una de las regiones más impresionantes del Perú. Desde su capital, Huaraz, se puede acceder a auténticas maravillas naturales que hasta ahora no han sido devoradas por el turismo, a diferencia de lo que ocurre en otras regiones más famosas como el Cusco. Sin embargo, en aquel primer viaje nuestra prioridad era la fiesta patronal, así que los dos días que teníamos los pasamos en el pueblito de Carhuaz, que quedaba un par de horas al norte. Al llegar allí, la familia de Vivi también nos adoptó de manera incondicional y consiguió que los dos gringos que atraían las miradas de todo el pueblo nos sintiéramos como en casa.

Laguna 69, Huaraz

En Carhuaz la fiesta se hace en honor a la Virgen de las Mercedes, también conocida como Mama Meche. Una de las leyendas cuenta que unos pobladores de Caraz, otra aldea cercana, pasaron por Carhuaz llevando a la Virgen y decidieron hacer noche allí. A la mañana siguiente, cuando intentaron levantarla para retomar la marcha, se había vuelto tan pesada que no hubo manera de moverla del sitio. Los caracinos entendieron que la voluntad de la Virgen era quedarse en aquel lugar, así que decidieron dejarla y ser ellos quienes volvieran año tras año para rendirle culto.

Independientemente de las historias que intentan explicar su origen, la fiesta de Carhuaz está basada en dos principios que tradicionalmente han tenido una  importancia clave en la supervivencia de las sociedades andinas, la reciprocidad y la redistribución. El mecanismo es el siguiente: cada año se nombra a un mayordomo del pueblo que será el encargado de montar el grueso de la fiesta. Las familias deben hacerle regalos con los que sufragar los gastos para que, funcionando como eje de la redistribución, la fiesta pueda llegar a todos en forma de cuy, cerveza y música. Normalmente el regalo más vistoso que se suele hacer es un toro, y parte de la fiesta consiste en engalanarlo y pasearlo por las calles mientras toda la familia bebe y baila a su alrededor.

La fiesta empieza en la casa de cada familia, donde la banda anima el ambiente antes de sacar al toro.

Antes de empezar, se le ponen collares de flores u otros adornos.

De paseo.

En las calles, la fiesta se va desarrollando a su alrededor.

Cada familia aporta el suyo.

Tiempo más tarde descubrí que los mayordomos han de ir devolviendo los toros que les regalaron para así cumplir con el principio de reciprocidad. Leí testimonios de exmayordomos a los que después  de 10 o 15 años ya solo les quedaban uno o dos toros por volver. Las prisas para quien las tenga.

Después del correcalles, y justo cuando el nivel de la borrachera empieza a hacer peligroso pasear al lado de un toro, se llega a un gran recinto donde se entrega. Allí se toma la cena, que al igual que la anterior comida y la siguiente, vuelve a ser cuy (y creedme que no es posible cansarse del cuy). Tras esto la fiesta sigue, no solo esa noche sino durante semanas. La región de Áncash es famosa porque el periodo festivo dura de junio a diciembre, y muchos bromean con que sus habitantes pasan medio año trabajando para gastarse lo ganado durante el otro medio. Los diarios sensacionalistas van más allá y cada año centran el foco en el alcohol consumido y el desfase de estas fechas, pero lo hacen a costa de simplificar u obviar el desarrollo y los principios de la fiesta.

Sea como fuere, yo de Carhuaz me quedo con la gratitud inmensa hacia quienes nos acogieron. Fue una oportunidad caída del cielo para conocer desde la máxima cercanía una parte del Perú profundo, y en su momento me emocionaron detalles como conocer por primera vez a una quechuahablante, que fue la abuela de Vivi. Me fui de allí dejando a varios amigos, algunos de ellos a los que tuve la suerte de volver a encontrar durante otros viajes. A los otros, los veré cuando vuelva.

 

Rafa, vikingo entre andinos.

Los Chasquis – El Huascarán

Siguiente capítulo: Cronología de un descubrimiento (I)

Arepas

Capítulo anterior: Se llama Óscar

“Hace ya meses que el coro de voces de la ajetreada Trujillo cuenta con una nueva tonadilla. Si uno pasea por sus calles, no tardará en encontrarse con ella: “¡Arepas, arepas!”, se escucha aquí y allá. “¡Arepita venezolana!”. Una frase que en poco tiempo se ha adaptado perfectamente al ritmo de vida trujillano e incluso pareciera que siempre ha estado ahí. Tras ella, hombres y mujeres embutidos en su buzo tricolor salen cada día a la calle, sonrientes, para vender empanadas. ¿Pero quiénes son? ¿Por qué están aquí?”

Un buzo es un chándal. Tricolor es amarillo, azul y rojo. La arepa es un tipo de empanada típica de Venezuela. Por lo demás, esa es la entradilla  con la que empezaba un reportaje que realicé junto a unos compañeros para el magacín La Ventana. El tema era los venezolanos en Trujillo, de quienes sabíamos todo menos lo más importante: ¿quiénes son?

Durante un par de meses nos dedicamos a averiguarlo. Descubrimos que son decenas de miles por todo Perú y más de 2.000 en Trujillo en aquel momento.  También que escogen el país andino porque en él reciben una buena acogida, lejos de las actitudes xenófobas de otros estados vecinos. Nos contaron que huían de su país porque la vida se ha vuelto prácticamente imposible.

Son personas como Juan Guarepero,  que reía al decirnos que al principio le resultaba vergonzoso salir a vender arepas. Su empresa de carpintería se quedó sin clientes y tuvo que abandonar a su mujer y a su hija para enviarles dinero desde el extranjero. Al final consiguió traerlas con él y fueron asaltadas durante el viaje en bus. Lo cuenta como algo anecdótico porque, al fin y al cabo, no tenían mucho que les pudieran robar.

Son Juan Machado, que se vino porque el salario de un día le daba para comprar un huevo.  Y Ricardo Hernández, que se hartó de que le atracaran a punta de pistola cuando llegó el día en que se libró porque el asaltante era familia de su mujer. O José Gaona, que frente a todas esas realidades, no dejaba de repetir que Perú es El País de las Maravillas. “Llegué sin nada, compré este envase de plástico y lo llené de empanadas. Con eso me pago el alquiler y progreso”.

No puedo evitar recordar con especial perturbación que no solo son Juan, José o Ricardo, cansados de la incapacidad política del gobierno y también de la oposición. También son Gladys, la hermana, por cierto, de la señora Carla. Una peruana que en los 70, cuando era niña, se fue junto a otras decenas de miles a buscar una vida mejor en Venezuela y allí se quedó. Una férrea militante chavista que insistía en que volvería a la República Bolivariana (y volvió) para luchar por su país y no dejar que destruyeran el sistema que había dado dignidad a su vida. Y mientras lo decía se le quebraba la voz, y en las lágrimas que surcaban las arrugas de su rostro residía la horrible certeza que se negaba a asumir: que el hogar de su memoria se derrumbaba sin remedio.

También son los jóvenes que salieron al rescate de mis dos amigas gallegas cuando una huelga de camioneros las aíslo en medio de la nada durante 48 horas. Personas de apenas mi edad que habían tenido que abandonarlo todo sin saber muy bien cuál sería el siguiente paso y que, aunque no tenían prácticamente nada, lo compartieron todo. Sus historias emocionaron a estas dos chicas, que movilizaron las redes para una humilde y espontánea colecta de ayuda humanitaria. Consiguieron 2000 soles (500 euros) que les entregaron un par de meses después en Lima entre lloros, abrazos y mucha alegría.

Os animo a leer el reportaje si os interesa profundizar más en las causas y consecuencias de lo que, al fin y al cabo, es un movimiento migratorio masivo ante una terrible situación de crisis económica y social. Sin embargo, lo esencial está resumido en estas pocas líneas. Son ellos y ellas, e intuyo que muchas personas más con las que me cruce. El mulato que andaba desconcertado en su primer día de trabajo en unas parrillas de Tarapoto. El peluquero que trabajaba en un bajo con la fachada pintada de amarillo, azul y rojo en Arequipa. La chica que en Trujillo subía al bus para cantar, con acento caribeño, dos gardenias para ti… 

 

Trabajando en Trujillo | Isaac Madrid

De interés: Mientras en otros países se cierran puertas, los venezolanos encuentran refugio en Perú del The New York Times

Siguiente capítulo: Te regalo un toro

La ciudad del polvo

Capítulo anterior: Metal y Melancolía

Por la Ciudad de la Eterna Primavera pasé varias veces durante el viaje. Sudamérica está plagada de ciudades de la eterna primavera y cada una de ellas esgrime ese título como si fuera su característica más única e inconfundible, la esencia misma de su personalidad. “Esta nuestra Ciudad de la Eterna Primavera”. Trujillo es la primera de ellas que conocí y la que más aprecio. No solo porque es la que me acogió durante más tiempo, sino porque es la que lleva el nombre con más originalidad. Sobre todo porque en Trujillo no abundan las flores, ni el sol, ni los colores vivos, ni ninguna de esas cosas que se suelen asociar a la primavera. Para ser justos,  sí que hay aves bonitas, aunque cada vez que van a abrir el pico suena un claxon. O dos. O cien. También tiene un buen clima, ni mucho frío ni mucho calor, pero la última lluvia torrencial fue tal que descubrió los cementerios y arrastró restos humanos por las calles, en aquel entonces ríos. Mi Ciudad de la Eterna Primavera me despierta simpatía porque su nombre parece una gran socarronería.

Una primavera

Lo que sí hay en Trujillo, y tampoco es muy primaveral, es polvo. Pero no el polvo habitual que habita en el garaje o debajo del sofá, sino un polvo infernal que flota por todos lados y se cuela en cada rincón de la casa y del cuerpo humano. El polvo trujillano es una entidad con presencia propia y malvada que puedes sentir estés donde estés, siempre acechando. Es una arena gris e inconcebiblemente fina que en los barrios pobres se acumula formando auténticas dunas que se evaporan al pisarlas y pasan a residir en la ropa, la piel y los bronquios. De dónde venía, nunca lo supe. Tal vez era cosa del enorme desierto que es la antigua Chan Chan, situada en las inmediatas afueras. O puede que de las mismas entrañas de la ciudad, pues por aquellos meses muchas calles estaban abiertas en canal. El Papa venía de visita y había que hacer obras para dejarlo todo bonito.

Donde no hubo muchas obras fue en esos barrios radiales que se derramaban por el desierto o se encaramaban a los cerros, muchas veces terrenos “invadidos” donde se han construido viviendas sin título de propiedad. Esos donde la vida se endurece para abrirse paso a través del polvo. Por supuesto, fueron los más afectados por los huaicos, las riadas de lodo que en la ciudad desenterraban a los muertos y aquí se llevaban a los vivos. Conocí lugares donde después de seis meses desde que el fenómeno de El Niño arrasara todo, alguna gente seguía viviendo en tiendas de campaña. La comunidad de Sol Naciente, situada en la carretera que va de Trujillo a Milagro, era uno de estos barrios que además padecía la tragedia de no tener una pertenencia clara. Ninguna de las municipalidades adyacentes quería reivindicar ese espacio de tierra y gente. Rodeado por todos pero en medio de nada, tan solo tenían el apoyo mutuo para poder salir adelante.

De vuelta a la ciudad, hasta la Plaza de Armas estaba en obras. El corazón mismo de Trujillo (y de cualquier ciudad peruana) estaba cerrado por remodelación. Los trabajos empezaron poco antes de que llegara y acabaron nada más me fui, así que solo acerté a conocerla por algún agujero en la valla o desde las alturas de los edificios cercanos. Sin embargo, me gustaba cómo toda la vida que habitualmente se nutría de la plaza se concentraba en una sola esquina, la que daba a la calle Pizarro. En aquellos pocos metros se apiñaban policias, quiosqueros, músicos callejeros, guías turísticos ofreciendo tours, venezolanos vendiendo arepas… Y sobre todos ellos destacaba un hombre que decía estar presentándose a la presidencia del Perú. Siempre aparecía allí vestido con un traje viejo y sucio, improvisando mítines para defender su candidatura. Le escuché decir de todo, desde arengas contra el gobierno asombrosamente sensatas a propuestas alucinadas como crear una ciudad flotante sobre la actual Iquitos, la metrópolis más incrustada en el Amazonas peruano.

Alguna vez mencionó las propias obras de la plaza y la negligencia del alcalde, pero eso no tenía nada de especial. Nadie en Trujillo parecía estar contento con esas obras y casi todos pensaban que eran otra excusa para desfalcar. Y realmente el presupuesto de las obras y su ejecución fueron aprobados por el gobierno anterior, pero al coronel Elidio Espinoza, exjefe de policia y alcalde de la ciudad, le tocó comerse el marrón con culpa o sin ella. La desconfianza y hartazgo de los ciudadanos con unas administraciones corruptas desde la municipalidad más miserable a las más altas esferas hizo su parte, sí. Pero que el señor coronel vaya por su cuarto juicio por haber dirigido presuntamente un escuadrón de la muerte en 2007, también influye. En los últimos tres ha sido absuelto, pero el caso siempre se reabre para pedirle cadena perpetua. Sea culpable o no, ninguna de las hipótesis habla bien del sistema político: o bien hay un asesino que sigue en el cargo de alcalde o bien existe una gran conspiración contra un alcalde inocente.

Otra primavera

Hay mil cosas que podría decir de Trujillo. Escribo las que me vienen a la mente y trato de enfocarlas en aquello que creo que hay que destacar. Siguiendo qué criterio, aún no estoy seguro. Tal vez, si esto fuera un relato más personal de lo que ya es, gastaría más palabras hablando de los muchos otros detalles que ahora invaden mi memoria. Los volkswagen escarabajo que llenan la ciudad otorgándole una personalidad especial. Taxistas que pitan para hacerte saber que están libres. Los restaurantes familiares, uno al que solía ir, absurdamente repleto de relojes. O sobre todo aquella musiquilla de La Lambada que sonaba cuando algunos coches daban marcha atrás. Durante un tiempo intenté averiguar el origen incierto de esa moda, pero le perdí la pista en unas minas de Colombia a las que nunca fui. Sin embargo, aprendí mucho mientras investigaba torpemente e interrogaba a todo tipo de personajes. Sobre el sitio, sí, pero ante todo sobre la gente que me acogía.

La Ciudad del Polvo, ruidosa y gris, fue un lugar de muchas oportunidades y hermosas casualidades. Cuando salía de ella nunca quería regresar, pero el día en que nos despedimos por última vez me asaltó un profundo apego. Fue el escenario activo de demasiadas cosas. Demasiadas personas, demasiadas aventuras, demasiada vida invertida en aquella existencia desordenada. Como si cayera su máscara grotesca, vi toda la belleza que escondía el polvo, el tráfico, los cláxones y las noches amarillentas. Y me dejé acariciar por ella, una vez más, con la promesa de volver.

Atardecer en Huanchaco, cerca de Trujillo. Nos frustrábamos porque el sol siempre desaparecía unos centímetros más arriba del horizonte.

Siguiente capítulo: Se llama Óscar

 

Metal y melancolía

Capitulo anterior: “Un principio”

Después de más de 15 minutos mirando el mar desde lo alto noté como entre sus aguas verdosas se abría un enorme camino serpenteante. Como si despertara de un sueño, comprendí de repente que lo que había estado observando no era el mar, sino el infinito y homogéneo tapiz de la selva amazónica. Un hechizo tan solo roto por el fulminante contraste de aquellos ríos que arrastraban un agua marrón como la tierra. Ese pequeño despertar fue el primer toque de atención después de muchos meses.

Horas más tarde mi progresiva toma de conciencia sobre lo que estaba haciendo dio otro importante salto, esta vez encima de la cordillera. Sus pliegos montañosos también se extendían hasta donde llegaba la vista, yermos y lisos, como si sobre ellos se posara un sedoso velo cubierto por el polvo de un millón de años. Como si tirando de un extremo uno pudiera descubrir todos los secretos que se han ido abandonando en el trastero del mundo.  Cuando pude ver el pie de las montañas, descubrí que en realidad los Andes flotan sobre un océano de nubes aún más inmenso, siempre (¿siempre?) coloreado por el sol dorado de la tarde. En él se sumergió el avión, a punto de aterrizar en Lima.

¡Oh Perú de metal y de melancolía!, cantaba García Lorca en su soneto A Carmela, la peruana. Es un verso que da título a un magnífico documental de la peruano-holandesa Heddy Honigmann, Metal y melancolía. Se trata de una radiografía social del Perú de principios de los noventa realizada a través del día a día de 15 taxistas. Uno de ellos, el actor Jorge Rodríguez Paz, explica: “Metal, porque el sufrimiento y la pobreza se endurecen como el metal; melancolía, porque nosotros también somos suaves y tenemos nostalgia del pasado”.

La primera imagen con la que topé al adentrarme en la atmósfera limeña fue, precisamente, la del metal. Un capote de gris acero en el cielo, el hierro de las industrias agolpadas junto al mar y la pobreza endurecida de las casas que florecen a su alrededor, apenas esqueletos sobre calles de tierra y polvo. Nubes de metal, aguas de metal, vidas forjadas en metal. Tan solo metal. La melancolía no la conocí hasta que no llegué a Trujillo.

Volkswagen Tipo 1 en Trujillo, Perú

Allí, frente a la puerta del hostal, me recibió un viejo Volkswagen que parecía haber vivido tiempos mejores. La pintura se había desgastado y la herrumbre ya empezaba a invadirle. Miraba hacia al frente de la calle con un gesto torcido, impuesto por la mitad de ruedas que tenía pinchadas. Tenía una ventanilla siempre entreabierta que invitaba a observar su interior, que no se encontraba en mucho mejor estado. Sin embargo, bajo la luz amarillenta de la madrugada ofrecía una estampa más simpática que triste. Con los días descubrí que pertenecía al hermano de Carla, la dueña del hostal. O eso supuse, porque cada cierto tiempo le veía meter y sacar trastos del coche, como si fuera un armario en medio de la calle. Por algún tonto motivo, aquel cacharro estropeado me alegraba cada vez que lo veía,  e incluso cuando escuchaba el chirriar de su puerta desde mi habitación me invadía una agradable sensación, una suave y ajena nostalgia.

Si el viejo Volkswagen era una intuición, o acaso una premonición, la señora Carla era -¡y es!- la viva representación de la melancolía peruana. Es una mujer mayor y menuda, de ojos cansados y frenético proceder. A todas horas se encuentra haciendo algo, yendo y viniendo de todos lados, arreglando esto y lo otro. Y cuando no, se dedica a su actividad favorita: hablar. Habla de pequeñas cosas cotidianas que le preocupan, de cómo la joven que viene a limpiar no ha acudido hoy y ni si quiera se ha dignado a avisar. Habla de la irresponsabilidad de la chica, de los dos hijos a los que no es capaz de criar y de su marido en la cárcel, por desentenderse de ellos. Habla de cómo ella le intenta ayudar enseñándole a leer y escribir, mostrándole un oficio, pero Sofía, aunque es muy buena, también es testaruda y no entiende que el esfuerzo es la mayor virtud. Anécdotas, chascarrillos, tragedias y odiseas del día a día sirven siempre a Carla de trampolín hacia el pasado. Y cuando se sumerge en él, sus agotados ojos se encienden de nuevo y habla entonces de su juventud, abriéndose paso con enormes sacrificios en una familia de 10 hermanos, o de su madre en sus últimos días de existencia, sentándola junto a ella y rogándole que se esfuerce por encontrar un modo de ganarse la vida. Habla de 15 años de hipoteca, de sus estudios en turismo, de su pasión por la arqueología, por las momias, los templos y las civilizaciones extinguidas. Habla de cómo viajó para buscar oportunidades, de cómo acabó en Suiza y de Michael, del hermoso recuerdo que guarda del tiempo que pasaron juntos.

A la señora Carla, “porque ya tengo una edad, la gente me respeta y lo adecuado es que me llames señora”, cualquier cosa le sirve para zambullirse en la memoria. Un cuadro de campesinas le sirve para recordar sus viajes a la sierra en el viejo Volkswagen, cargado hasta arriba de víveres y juguetes, y a los niños harapientos agolpándose a su alrededor para conseguir una pelota o un juguete; la mesa del salón le devuelve a la casa de su infancia y le hace ver de nuevo al humilde carpintero que les hacía mesas, sillas, puertas y marcos; la barba de un huesped le transporta a la Plaza de Armas de Trujillo, cuando a sus 13 años vio pasar un convoy de guerrilleros y entre ellos al Che Guevara con su sonrisa implacable. Carla habla y vuela de aquí para allá mientras habla. Habla preocupada, amorosa, indignada, feliz, miserable, apasionada. Habla todo a la vez y crea todo un mundo mientras habla. Creo que si por ella fuera, nunca dejaría de hablar.

Recuerdo el primer día que conversé con ella como una terapia de shock dialéctica. Horas después del encuentro, mientras caminaba por primera vez por las extrañas calles de Trujillo, sus palabras todavía relampagueaban a mi alrededor, tenían su propia presencia y me zarandabean de un lado a otro. Aquella marea se fue calmando con el tiempo y tomó la forma de un apacible rumor. Un eco que sigue ahí, siempre susurrando cuánto se puede construir con un poco de metal y otro tanto de melancolía. Un mundo, un país, acaso una vida entera.

Los nombres de los aludidos han sido cambiados para respetar su anonimato.
Siguiente capítulo: “La ciudad del polvo”

Un principio

Cualquier viaje tiene muchos principios. Un viaje no empieza en el momento en el que el avión despega o aterriza. Tampoco cuando das el primer paso o saludas al primer extraño. Ni siquiera cuando empiezas a planearlo se puede decir que el viaje haya empezado, ni en aquel tiempo remoto donde te imaginaste lejos, muy lejos.

En realidad, un viaje nace a cada rato. A veces con intensidad, como un gran torrente de agua que se abre camino entre montañas; otras, de manera casi imperceptible, a la manera de una planta mínima que crece en el desierto. El principio como evento único y aislado no existe, en su lugar hay muchos principios que borbotean y florecen de las entrañas del viaje, tan deslocalizado en sus límites.

Un principio, Atacama.

 

Otro principio, Ica

Las historias, sin embargo, solo tienen un principio. Incluso la historia de un viaje, por mucho que recorra su vasta geografía sin orden ni progreso, saltando entre lugares y momentos y entre momentos y enseñanzas sin seguir el hilo de los acontecimientos. Me refiero a una historia como esta, que no es ni un diario de andanzas, ni un compendio de crónicas sociales, ni un ensayo sobre la aventura de viajar, por mucho que sea todas esas cosas y muchas más. Incluso una historia así exige un principio.

Sin embargo, el principio de esta historia es, en realidad, un final. El final de El Solitario, casualmente la historia de otro viaje. Más concretamente, el de Franco Salcedo, a quien conocí en la solapa de este librito que habían dejado en el tambo donde me alojé en Chazuta, en la selva de San Martín. En ella decía que Salcedo ganó en 2007 una caja de cerveza con su relato “Amo a Ximena por el culo”. Fascinado por este redescubrimiento de la utilidad de la literatura, me sumergí en el libro siguiendo los pasos de mi nuevo compañero hasta esa última página donde el final es, en realidad, un nuevo comienzo:

“Hay cadenas que se van rompiendo mientras viajo, unas alas que se fortalecen, unos ojos que aprenden a ver de otra manera. La soledad sigue insistiendo aunque cada vez viajo más ligero. Un dolor sigue impulsándome fuera de mí como una centrífuga, sin embargo una sonrisa ha aprendido a dibujárseme cada vez más seguido, en las mañanas, al despertar, ciertas noches consteladas, antes de acostarme.

Los dioses se retiran y me abandonan a caminos que no les pertenecen, que yo voy descubriendo paso a paso, día y noche. Mi corazón no es un puño que late, sino una vasta llanura en donde florecen silentes detonaciones, breves alboradas en mitad de un ensueño“.

Atardecer en Sucre, Bolivia

Siguiente capítulo: “Metal y melancolía

Creado con WordPress & Tema de Anders Norén