No perderé muchas líneas en contextualizar. Domingo 7 de octubre. Vistalegre.  Santiago Abascal al frente del partido ultraderechista Vox diciendo sus cosas de ultraderechista. Cosas poco sorprendentes: que si hay que echar a los inmigrantes, eliminar las autonomías, derogar la ley de violencia de género… En el estadio, 10.000 personas. Otras pocas miles se han quedado en la calle; no había sitio para todas. La gran mayoría aparenta más de 60 años.

En las redes, de todo un poco. Interesa más lo que dicen los demócratas (los de izquierda, porque en la derecha todavía se están pensando qué decir). En general, se trata de una especie de pánico revestido de consternación. O consternación revestida de pánico, no está muy claro. “¡Ya está aquí la ultraderecha!”, claman (¡clamamos!). Y nos acordamos de Le Pen, Orban, Salvini y todos esos hijos de Europa. Su hermano Santi apenas acaba de nacer.

Ultraderecha en España ya la había, y en cantidades industriales. No podía ser de otra forma en un país que vivió 40 años de franquismo y otros 40 sin saber deshacerse de él. Sobrevivía de forma latente bajo el cálido abrazo del PP, que durante mucho tiempo dio un hogar a todo el electorado desde el centro-derecha al infinito sin apenas esfuerzo. Como si fuera cosa fácil. Era cuestión de tiempo que apareciera otro Vox a reivindicar lo suyo (porque hubo otros antes), pero era cuestión de coyuntura que tuviera perspectivas de conseguirlo (porque aún no sabemos si ya lo ha conseguido).

Si bien es cierto que la coyuntura es favorable, resulta preocupante que el lleno absoluto de Vox se dé en el momento en que Pablo Casado y Albert Rivera se desviven en su carrera por bien quien llega antes al extremo derecho del tablero electoral. Estoy convencido de que su escalada dialéctica responde a una cuestión de votos, que en el fondo no se creen sus propuestas delirantes ni sus discursos de odio. El problema es que en la línea de meta hay alguien que sí se los cree. Vox se relame los labios cada vez que la derecha integrada en el juego utiliza sus propios argumentos. Cada estupidez electoralista que Casado y Rivera largan significa un grado más de legitimidad para Abascal.

Desgraciadamente, dudo que podamos confiar en que PP y Cs adviertan la gravedad del asunto, y mucho menos en su sentido de la responsabilidad en el remoto caso de que lo hicieran. Mucho más preocupante es saber qué posición adoptará el centro-izquierda del PSOE y colectivos afines, no tanto porque vayan a utilizar los argumentos de la ultraderecha para ganar votos sino porque quiera mantener una imposible neutralidad y desmacarse de la izquierda más intransigente. Intransigente con el fascismo, quiero decir.

Y a los hechos me remito. En un par de días se celebrará el 9 d’Octubre en las calles de València. Hace un año la ultraderecha consiguió, con la permisividad de la Delegación de Gobierno del PP, reventar con violencia los actos pacíficos por el dia del País Valencià. Es algo sabido por todos, salvo, según parece, por la nueva Delegación ahora encabezada por el socialista Juan Carlos Fulgencio, que ha autorizado manifestaciones de grupos que han amenazado con repetir los ataques del año pasado en lugares y horas peligrosamente cercanas a las de la manifestación del bloque valencianista.

Pero aún hay más. El propio PSOE-PSPV y UGT han decidido desmarcarse de la manifestación, en la que siempre habían participado, invocando una vez más el fantasma del catalanismo, principal argumento de la ultraderecha valenciana en su cruzada del odio. Es más, en el desafortunadísimo comunicado del sindicato llegan a decir que el texto de la convocatoria “podría dar razones a la extrema derecha para cargar” contra las organizaciones de la marcha. O en otras palabras: “no enfademos a los fascistas o nos comerán“. ¿No recuerda esa política cobarde a otros fracasos del pasado?

Hace un rato he leído un tweet de Miquel Ramos (@Miquel_R), uno de los periodista valencianos que más tinta ha dedicado a entender este fenómeno y que, auguro, habrá un creciente interés en escuchar en el resto del Estado:

Contrariamente a la actitud que ya parecen haber empezado a tomar algunos partidos y sectores sociales, es tiempo hacer frente común. ¿El nexo? Algo tan fácil de compartir como el antifascismo. Es nuestra responsabilidad arrastrar no solo a tránsfugas como el PSOE y UGT, sino también a PP y Cs (y los sectores que representan), hacia esta idea. No seamos ingénuos: claro que se resistirán, y mucho más con unas elecciones por delante. Y sin embargo, habrá que dar esa batalla dialéctica a todas horas y en todos lados hasta dejarlos en la más completa evidencia, porque no hacerlo significa dejar que la ultraderecha se cuele en nuestras instituciones con propuestas concretas y voluntad para aplicarlas.

Y con esto tocaría hablar de los medios de comunicación, porque esos 13.000 seguidores de Vox que han desbordado Vistalegre y los otros tantos que se han quedado en casa no se van a contentar con que se hable de ellos. Van a exigir ser los que hablen. Lo que quiere decir que nuestras televisiones, radios y periódicos van a tener que estar a una altura que jamás han conocido. Y eso, eso sí que da miedo.