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Por la Ciudad de la Eterna Primavera pasé varias veces durante el viaje. Sudamérica está plagada de ciudades de la eterna primavera y cada una de ellas esgrime ese título como si fuera su característica más única e inconfundible, la esencia misma de su personalidad. “Esta nuestra Ciudad de la Eterna Primavera”. Trujillo es la primera de ellas que conocí y la que más aprecio. No solo porque es la que me acogió durante más tiempo, sino porque es la que lleva el nombre con más originalidad. Sobre todo porque en Trujillo no abundan las flores, ni el sol, ni los colores vivos, ni ninguna de esas cosas que se suelen asociar a la primavera. Para ser justos,  sí que hay aves bonitas, aunque cada vez que van a abrir el pico suena un claxon. O dos. O cien. También tiene un buen clima, ni mucho frío ni mucho calor, pero la última lluvia torrencial fue tal que descubrió los cementerios y arrastró restos humanos por las calles, en aquel entonces ríos. Mi Ciudad de la Eterna Primavera me despierta simpatía porque su nombre parece una gran socarronería.

Una primavera

Lo que sí hay en Trujillo, y tampoco es muy primaveral, es polvo. Pero no el polvo habitual que habita en el garaje o debajo del sofá, sino un polvo infernal que flota por todos lados y se cuela en cada rincón de la casa y del cuerpo humano. El polvo trujillano es una entidad con presencia propia y malvada que puedes sentir estés donde estés, siempre acechando. Es una arena gris e inconcebiblemente fina que en los barrios pobres se acumula formando auténticas dunas que se evaporan al pisarlas y pasan a residir en la ropa, la piel y los bronquios. De dónde venía, nunca lo supe. Tal vez era cosa del enorme desierto que es la antigua Chan Chan, situada en las inmediatas afueras. O puede que de las mismas entrañas de la ciudad, pues por aquellos meses muchas calles estaban abiertas en canal. El Papa venía de visita y había que hacer obras para dejarlo todo bonito.

Donde no hubo muchas obras fue en esos barrios radiales que se derramaban por el desierto o se encaramaban a los cerros, muchas veces terrenos “invadidos” donde se han construido viviendas sin título de propiedad. Esos donde la vida se endurece para abrirse paso a través del polvo. Por supuesto, fueron los más afectados por los huaicos, las riadas de lodo que en la ciudad desenterraban a los muertos y aquí se llevaban a los vivos. Conocí lugares donde después de seis meses desde que el fenómeno de El Niño arrasara todo, alguna gente seguía viviendo en tiendas de campaña. La comunidad de Sol Naciente, situada en la carretera que va de Trujillo a Milagro, era uno de estos barrios que además padecía la tragedia de no tener una pertenencia clara. Ninguna de las municipalidades adyacentes quería reivindicar ese espacio de tierra y gente. Rodeado por todos pero en medio de nada, tan solo tenían el apoyo mutuo para poder salir adelante.

De vuelta a la ciudad, hasta la Plaza de Armas estaba en obras. El corazón mismo de Trujillo (y de cualquier ciudad peruana) estaba cerrado por remodelación. Los trabajos empezaron poco antes de que llegara y acabaron nada más me fui, así que solo acerté a conocerla por algún agujero en la valla o desde las alturas de los edificios cercanos. Sin embargo, me gustaba cómo toda la vida que habitualmente se nutría de la plaza se concentraba en una sola esquina, la que daba a la calle Pizarro. En aquellos pocos metros se apiñaban policias, quiosqueros, músicos callejeros, guías turísticos ofreciendo tours, venezolanos vendiendo arepas… Y sobre todos ellos destacaba un hombre que decía estar presentándose a la presidencia del Perú. Siempre aparecía allí vestido con un traje viejo y sucio, improvisando mítines para defender su candidatura. Le escuché decir de todo, desde arengas contra el gobierno asombrosamente sensatas a propuestas alucinadas como crear una ciudad flotante sobre la actual Iquitos, la metrópolis más incrustada en el Amazonas peruano.

Alguna vez mencionó las propias obras de la plaza y la negligencia del alcalde, pero eso no tenía nada de especial. Nadie en Trujillo parecía estar contento con esas obras y casi todos pensaban que eran otra excusa para desfalcar. Y realmente el presupuesto de las obras y su ejecución fueron aprobados por el gobierno anterior, pero al coronel Elidio Espinoza, exjefe de policia y alcalde de la ciudad, le tocó comerse el marrón con culpa o sin ella. La desconfianza y hartazgo de los ciudadanos con unas administraciones corruptas desde la municipalidad más miserable a las más altas esferas hizo su parte, sí. Pero que el señor coronel vaya por su cuarto juicio por haber dirigido presuntamente un escuadrón de la muerte en 2007, también influye. En los últimos tres ha sido absuelto, pero el caso siempre se reabre para pedirle cadena perpetua. Sea culpable o no, ninguna de las hipótesis habla bien del sistema político: o bien hay un asesino que sigue en el cargo de alcalde o bien existe una gran conspiración contra un alcalde inocente.

Otra primavera

Hay mil cosas que podría decir de Trujillo. Escribo las que me vienen a la mente y trato de enfocarlas en aquello que creo que hay que destacar. Siguiendo qué criterio, aún no estoy seguro. Tal vez, si esto fuera un relato más personal de lo que ya es, gastaría más palabras hablando de los muchos otros detalles que ahora invaden mi memoria. Los volkswagen escarabajo que llenan la ciudad otorgándole una personalidad especial. Taxistas que pitan para hacerte saber que están libres. Los restaurantes familiares, uno al que solía ir, absurdamente repleto de relojes. O sobre todo aquella musiquilla de La Lambada que sonaba cuando algunos coches daban marcha atrás. Durante un tiempo intenté averiguar el origen incierto de esa moda, pero le perdí la pista en unas minas de Colombia a las que nunca fui. Sin embargo, aprendí mucho mientras investigaba torpemente e interrogaba a todo tipo de personajes. Sobre el sitio, sí, pero ante todo sobre la gente que me acogía.

La Ciudad del Polvo, ruidosa y gris, fue un lugar de muchas oportunidades y hermosas casualidades. Cuando salía de ella nunca quería regresar, pero el día en que nos despedimos por última vez me asaltó un profundo apego. Fue el escenario activo de demasiadas cosas. Demasiadas personas, demasiadas aventuras, demasiada vida invertida en aquella existencia desordenada. Como si cayera su máscara grotesca, vi toda la belleza que escondía el polvo, el tráfico, los cláxones y las noches amarillentas. Y me dejé acariciar por ella, una vez más, con la promesa de volver.

Atardecer en Huanchaco, cerca de Trujillo. Nos frustrábamos porque el sol siempre desaparecía unos centímetros más arriba del horizonte.

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