Capítulo anterior: Arepas

Mi amiga Vivi fue de las primeras no solo en introducirme a la hospitalidad peruana, sino en ayudarme a comprenderla en profundidad. La conocí a los pocos días de empezar la universidad y 15 minutos de conversación fueron suficientes para que me invitara a pasar un fin de semana en las fiestas de su pueblo, a 8 horas de Trujillo. Cuando además le pregunté si podía llevar a otro amigo forastero, de quien ella no sabía nada y que yo empezaba entonces a conocer, ni se lo pensó. La expedición a Carhuaz partió unas pocas semanas después.

Vivi siempre me ha explicado que esa hospitalidad hacia el que viene de fuera surge de ponerse en su lugar. Ella tiene un novio español que viajó solo hasta Perú y por lo tanto conoce de cerca la situación de llegar a un lugar extraño sin conocer a nadie. Yo añadiría que la empatía de los peruanos es un accionar instintivo frente al individuo alejado de su hogar, que se entiende todavía mejor si uno mira la importancia que dan a los lazos familiares o lo duro que es para los padres dejar que sus hijos sigan su propio camino. Creo que es por esa empatía natural que durante el tiempo en que viajé solo fui prácticamente adoptado a la menor oportunidad por meseros, profesores, taxistas, campesinos… En cada rincón del país me encontré a personas hermosas que al principio incluso se compadecían de mí porque pensaban que lo estaría pasando terriblemente mal, tan alejado de mi familia y amigos. A muchas les costaba entender que en realidad, compartiendo esas horas con ellas, yo era la persona más feliz del planeta.

Todo esto apenas lo intuía cuando llegamos al departamento de Áncash. Ubicado en el corazón de los Andes, es a mi parecer una de las regiones más impresionantes del Perú. Desde su capital, Huaraz, se puede acceder a auténticas maravillas naturales que hasta ahora no han sido devoradas por el turismo, a diferencia de lo que ocurre en otras regiones más famosas como el Cusco. Sin embargo, en aquel primer viaje nuestra prioridad era la fiesta patronal, así que los dos días que teníamos los pasamos en el pueblito de Carhuaz, que quedaba un par de horas al norte. Al llegar allí, la familia de Vivi también nos adoptó de manera incondicional y consiguió que los dos gringos que atraían las miradas de todo el pueblo nos sintiéramos como en casa.

Laguna 69, Huaraz

En Carhuaz la fiesta se hace en honor a la Virgen de las Mercedes, también conocida como Mama Meche. Una de las leyendas cuenta que unos pobladores de Caraz, otra aldea cercana, pasaron por Carhuaz llevando a la Virgen y decidieron hacer noche allí. A la mañana siguiente, cuando intentaron levantarla para retomar la marcha, se había vuelto tan pesada que no hubo manera de moverla del sitio. Los caracinos entendieron que la voluntad de la Virgen era quedarse en aquel lugar, así que decidieron dejarla y ser ellos quienes volvieran año tras año para rendirle culto.

Independientemente de las historias que intentan explicar su origen, la fiesta de Carhuaz está basada en dos principios que tradicionalmente han tenido una  importancia clave en la supervivencia de las sociedades andinas, la reciprocidad y la redistribución. El mecanismo es el siguiente: cada año se nombra a un mayordomo del pueblo que será el encargado de montar el grueso de la fiesta. Las familias deben hacerle regalos con los que sufragar los gastos para que, funcionando como eje de la redistribución, la fiesta pueda llegar a todos en forma de cuy, cerveza y música. Normalmente el regalo más vistoso que se suele hacer es un toro, y parte de la fiesta consiste en engalanarlo y pasearlo por las calles mientras toda la familia bebe y baila a su alrededor.

La fiesta empieza en la casa de cada familia, donde la banda anima el ambiente antes de sacar al toro.

Antes de empezar, se le ponen collares de flores u otros adornos.

De paseo.

En las calles, la fiesta se va desarrollando a su alrededor.

Cada familia aporta el suyo.

Tiempo más tarde descubrí que los mayordomos han de ir devolviendo los toros que les regalaron para así cumplir con el principio de reciprocidad. Leí testimonios de exmayordomos a los que después  de 10 o 15 años ya solo les quedaban uno o dos toros por volver. Las prisas para quien las tenga.

Después del correcalles, y justo cuando el nivel de la borrachera empieza a hacer peligroso pasear al lado de un toro, se llega a un gran recinto donde se entrega. Allí se toma la cena, que al igual que la anterior comida y la siguiente, vuelve a ser cuy (y creedme que no es posible cansarse del cuy). Tras esto la fiesta sigue, no solo esa noche sino durante semanas. La región de Áncash es famosa porque el periodo festivo dura de junio a diciembre, y muchos bromean con que sus habitantes pasan medio año trabajando para gastarse lo ganado durante el otro medio. Los diarios sensacionalistas van más allá y cada año centran el foco en el alcohol consumido y el desfase de estas fechas, pero lo hacen a costa de simplificar u obviar el desarrollo y los principios de la fiesta.

Sea como fuere, yo de Carhuaz me quedo con la gratitud inmensa hacia quienes nos acogieron. Fue una oportunidad caída del cielo para conocer desde la máxima cercanía una parte del Perú profundo, y en su momento me emocionaron detalles como conocer por primera vez a una quechuahablante, que fue la abuela de Vivi. Me fui de allí dejando a varios amigos, algunos de ellos a los que tuve la suerte de volver a encontrar durante otros viajes. A los otros, los veré cuando vuelva.

 

Rafa, vikingo entre andinos.

Los Chasquis – El Huascarán

Siguiente capítulo: Cronología de un descubrimiento (I)