Categoría: Un viaje

Cronología de un descubrimiento (III)

Capítulo anterior: Cronología de un descubrimiento (II)

Al volver a San Jerónimo me despedí de Leandro y me reencontré con don Ángel, quien me llevó a casa de una señora para que pudiera comer algo. Allí me encontré con algunos profesores de la escuela construida por Dubois que pagaban pensión para poder almorzar cada día. Antes siquiera de empezar a conversar, nos reconocimos al instante como seres extraños a aquella realidad alternativa que reinaba en San Jerónimo. Cuando supieron que venía de Valencia me preguntaron enseguida por la situación en Cataluña, pues hacía poco que las imágenes de las cargas policiales en el 1-O habían dando la vuelta al mundo avergonzando al Estado español en cada rincón del planeta. Incluido aquel pequeño pueblo de la Amazonia peruana.

Si bien su interés era ese, el mío era su situación como profesores. No hacía mucho que el Perú acababa de salir de una durísima huelga de docentes que exigía que se valorara debidamente su trabajo. El salario base de un profesor en Perú era en julio de aproximadamente 1500 soles, unos 460 dólares y el más bajo de Sudamérica. Durante las protestas se consiguió, para agosto, un aumento a los 1700 y a partir de diciembre a los 2000 soles, 690 dólares. Una cifra que algunos siguen considerando insuficiente al compararla con otros países de la región u otros funcionarios del país. Un policía por ejemplo, cobra más de 3000 soles.

Los profesores me hablaron con marcado pesar de la necedad de un país que no invierte en educación y tiene a muchos de sus maestros bajo una economía de subsistencia. También insistieron en que no se trataba solo de que recibieran salarios irrisorios, sino que en muchas regiones más o menos olvidadas (y la administración peruana está tradicionalmente caracterizada por olvidar todo lo que pasa fuera de Lima) tenían que asumir desplazamientos largos y dificultosos o trabajar en escuelas que se caían a pedazos. La conclusión fue que, pese a todo, la vocación triunfaba y los profesores seguían ejerciendo su papel en la sociedad. Obligados, eso sí, a ir siempre con el agua al cuello y a complementar sus ingresos con todo tipo de actividades económicas.

Cuando se fueron para volver al trabajo aproveché para pasar por la escuela y ver si podía despedirme de Miuler. Lo encontré en el patio del colegio rodeado de niños, algunos correteando a su alrededor y otros atendiendo a sus explicaciones mientras daba forma a una vasija de barro. Era alguien totalmente distinto al hombre serio y de cara larga que me había abierto la puerta de casa aquella misma mañana. Enseñando enérgicamente a los niños, todo sucio de barro, ofrecía una imagen entrañable que evocaba esa “vocación pese a todo” de la que me acababan de hablar. Sonriente, le di las gracias por todo y estreché su mano enfangada mientras los niños de San Jerónimo me miraban como a un extraterrestre. ¿Volvería algún día a aquella mágica aldea de historias imposibles? ¿Seguirá siendo la misma cuando vuelva?

Emprendí el camino de vuelta para encontrar la carretera a Pedro Ruiz y, con suerte, conseguir que algún vehículo me recogiera. Bajando por la ladera de la montaña me di cuenta de que era el primer momento del día en el que me encontraba solo. Haría falta un ensayo, tal vez un libro entero, para tratar de explicar ese tipo de soledad que solo se descubre viajando, un estado del alma donde uno se siente pletórico y las reflexiones se vuelven especialmente claras.

Por supuesto, todo dura un rato. La mochila pesa, el cuerpo se agota y la naturaleza, por hermosa que sea, puede empezar a tratarte mal en cualquier momento. Después de varias horas llegué hecho polvo a la carretera, y después de otras tantas empezó a llover y yo seguía en aquella carretera haciendo dedo. Pero nadie quería recoger a un perro mojado. Finalmente me resigné y seguí caminando como un autómata, con la mente totalmente en blanco. No sé cuánto tiempo pasó hasta que el ruido cansado de un motor me resulto familiar y me sacó de mi letargo. Escuché como paraba junto a mí y, al girarme, allí estaba él. ¡Era Miuler rescatándome de nuevo! “Sube. -me dijo- Te invito a almorzar”.

Había comido hacia unas horas, pero me vendrían bien la compañía y algunas calorías extra. Entramos de nuevo a la casa donde había empezado aquel día mientras Miuler gritaba: “¡Traigo a un amigo!”. En ese momento una niña de pelo rizado salió de la nada y corrió a abrazarme. Tenía nueve años y se llamaba Jade. ¿Por qué se lanzó a abrazar a un completo desconocido? No lo sé, pero desde entonces la quise como a la hermana que nunca tuve.

La casa de Miuler y su mujer tenía un patio que era un pequeño extracto de la selva, donde los colibrís campaban a sus anchas. El profesor me explicó, excitado, cada una de las cosas que plantaba para después compararlas con las frutas y hortalizas que yo conocía en Valencia, a veces con asombrosos resultados. También me explicó que antes tenían animales, pero poco a poco habían ido desapareciendo. Con los pollos, por ejemplo, resultaba que una vecina ya desaparecida se los robaba cuando estaban grandes. A Jade, amiga incondicional de cada uno de los pollos, había que explicarle que se habían ido a vivir con la abuelita.

Al lado de aquel bucólico patio almorzamos. Pasé toda la tarde con ellos, atendiendo ora a los dibujos que me enseñaba Jade, ora a las fotos que me enseñaba su madre. En una tarde llegué a conocer todos los detalles e historias que orbitaban alrededor de aquella familia, que no solo decidió abrirme las puertas de su casa, sino también de su vida. También comprendí de primera mano lo que los profesores de San Jerónimo me habían tratado de explicar. Mientras jugaba con Jade, escuché a sus padres haciendo malabares para poder repartir ese mísero sueldo de maestro, de manera que ellos pudieran seguir adelante y sus otros dos hijos, que estudiaban en Lima, también recibieran algo. Uno de ellos, por cierto, había decidido estudiar arqueología ante las hazañas como explorador de su padre.

Al acabar el día yo era feliz. La casualidad había dibujado un cuadro imposible del que me permitía formar parte. Desde los sarcófagos centenarios al extraño accidente de avión, pasando por las reivindicaciones de unos profesores menospreciados y, en definitiva, todas las personas e historias que orbitaban alrededor. Empezaba a comprender que viajar es desplazarse de un descubrimiento al siguiente. A veces esos descubrimientos son desiertos mudos o bosques estrepitosamente incomprensibles. En otras ocasiones, tus descubrimientos tienen manos, cabeza y pies, y te hablan en lenguas extrañas o familiares que, a su vez, te desvelan reliquias que no forman parte de lo tangible. Incluso existe un extraño tipo de hallazgos solo accesibles en las vastas llanuras de la soledad. Sin embargo, todos ellos se parecen y van a encontrarse a un mismo punto del alma bajo una misma forma: gratitud. Una gratitud exuberante que rebosa los límites del corazón y se dirige a todo y a todos. ¿Cómo corresponder a un sentimiento tan desbordante? Tal vez contarlo sea el primer paso.

Volviendo a Trujillo.

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Cronología de un descubrimiento (II)

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El 9 de enero de 2003 un avión de la compañía TANS que cumplía el trayecto Chiclayo – Chahapoyas se estrelló en el Cerro Coloque al empezar la maniobra de aterrizaje, según el parte del accidente, debido a una negligencia de los pilotos. Se trataba de un Fokker F-28 de 30 años que había pertenecido a la Fuerza Áerea y había sido utilizado para el transporte presidencial. Muchos de los habitantes de San Jerónimo todavía estaban almorzando cuando oyeron el inusual estruendo proveniente de la selva. A solo unos kilómetros del pueblo, prácticamente aislado por aquel entonces, acababan de morir los 5 tripulantes y los 41 pasajeros que viajaban a bordo de la aeronave.

El propio don Ángel organizó a los comuneros para colaborar en las labores de rescate, pero los restos mortales no pudieron empezar a ser recuperados hasta tres días después debido a la dificultad de acceso a la zona y el mal tiempo. El trabajo de los voluntarios de San Jerónimo resulto clave en su recuperación, más aun cuando los familiares denunciaron a la Fuerza Aérea Peruana por esconder información y mentir sobre la viabilidad del rescate. 

Los restos del avión, en Cerro Coloque (2003)  | Foto adjunta al parte del accidente

Quince años después, don Ángel cuenta el suceso con una sonrisa en el rostro. Lo que siempre ha reconocido como una terrible tragedia se acabó convirtiendo en un extraño golpe de suerte para el poblado de San Jerónimo. Cuando todo ocurrió, la prensa española se hizo eco de la muerte de una pasajera española, Isabel Pérez, pero apenas mencionó a un matrimonio belga también fallecido. Se trataba de Cristopher Dubois y Sofia Porfirio, una destacada abogada al servicio de la ONU. Sus muertes sobrevinieron cuando investigaban el blanqueamiento de dinero ligado al tráfico ilegal de armas en Perú.

Nicolas Dubois, hermano y cuñado de Cristopher y Sofía, se encontraba a 10.000 km. de allí cuando supo de lo sucedido. Sin embargo, su obsesión no fue otra que conocer el lugar donde habían muerto y honrar en él su memoria. Un año más tarde se encontraba en San Jerónimo, una aldea empobrecida con una alta tasa de analfabetismo y a donde solo se podía acceder a pie o a caballo por complicados senderos de montaña. Apenas 500 personas campesinas que se habían desvivido por rescatar los restos de sus familiares mientras las fuerzas del estado inventaban excusas. Nicolas decidió entonces que el mejor homenaje era utilizar la herencia de su hermano para construir una escuela y crear un plan de alfabetización. Desde ese momento se promovió la incorporación de nuevos profesores como Miuler e incluso se llegó a construir un instituto de secundaria.

Hoy todavía se pueden leer murales en las casas de San Jerónimo que insisten en que “una juventud educada es una juventud con futuro”. Sigue siendo una población agrícola y empobrecida, una de los tantas que los sucesivos gobiernos del Perú mantienen abandonadas a su suerte. Sin embargo, la casualidad ha querido que sus jóvenes cuenten desde entonces con el enorme abanico de posibilidades que una educación básica brinda en un país como este. Y todo empezó, recuerda don Ángel, el día en que un avión que en el pasado había transportado a presidentes como Alan García o Alberto Fujimori fue a estrellarse, por caprichos del azar, en un lugar que ellos jamás llegarían a conocer.

La oficialización del descubrimiento de los sarcófagos se dio también por estos años, lo cual, para ser justos, también contribuyó a la ligera modernización del pueblo. Al menos ayudó a que saliera de su casi total aislamiento cuando se construyó un puente de cemento en el río que cruza el valle y se habilitó un camino transitable por vehículos para subir hasta la aldea. Fue la ruta de la que me aproveché el día que fui a su encuentro y de la que se beneficia Miuler cada mañana cuando va a trabajar en su vieja moto. En gran parte por ello, pensé que don Ángel exageraba al insistir en que necesitaría un guía a partir de allí. Por supuesto, me volvía a equivocar.

Después de un rato esperando, bien empleado en contarme la historia del avión, apareció Leandro por allí. Él era el presidente de la comunidad y ese día sería también mi guía. Me despedí de la verborrea alegre y constante de don Ángel y me fui con Leandro, que prefería masticar hojas de coca a conversar. Otro detalle destacable es que cargaba con un machete del tamaño de mi brazo. Al principio me pareció exagerado en tanto que el camino estaba bastante despejado, y volví a pensar que haberme puesto un guía era innecesario, pues parecía bastante difícil perderse. Mantuve mi postura hasta que después de una hora llegamos al pie del Cerro del Tigre. Frente a mi se erguía una montaña imponente donde la vegetación se aferraba hasta a la roca desnuda.

Al pie del Cerro del Tigre.

Seguimos hacia delante hasta que la niebla volvió y una selva espesísima creció a nuestro alrededor en apenas un instante. Cuando me di cuenta ya no veía ni el camino que habíamos recorrido y Leandro abría el paso con sonoros machetazos que cortaban el aire.

Vegetación en la ruta a los sarcófagos.

Así anduvimos a paso de tortuga, subiendo hacia el cerro por un camino que a veces se hacia intransitable, hasta que por fin llegamos a aquellas paredes desnudas donde debían estar los sarcófagos. Aunque lo cierto es que para entonces, después de haber andado durante horas por aquel paraje espectacular, bien poco me podían sorprender los sarcófagos. Sin embargo, recuerdo que lo que me sorprendió de verdad fue pensar cómo Alejandro y Miuler habían podido descubrir, veinte años antes, aquellas reliquias escondidas en la selva.

Solo para verlas había que subirse a un árbol suspendido sobre el vacío en el que los comuneros habían improvisado una pequeña plataforma resbaladiza. Además los sarcófagos estaban incrustados en la pared y las enredaderas los cubrían parcialmente, aunque las despejaban cada cierto tiempo. ¿Cómo sería hace veinte años, cuando nadie se molestaba en pasar por allí? ¿Cómo percatarse de que había una docena de figuritas que llevaban cientos de años olvidadas?

El mirador.

El descubrimiento.

Con estas preguntas en mente emprendimos el camino de vuelta. Aún era mediodía y todavía quedaban algunas cosas por descubrir.

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Cronología de un descubrimiento (I)

Capítulo anterior: Te regalo un toro

Ya me encontraba de camino al hostal, pensando en un plan alternativo para aquel día, cuando un hombre sonriente me interpeló en mitad de la calle:

-¿Qué es lo que busca, amigo?

Le pregunté sin esperanza si conocía los sarcófagos de San Jerónimo y si sabía dónde podría encontrar movilidad.

-Claro que los conozco. Los descubrí yo.

La broma no me acabó de hacer gracia, no sé si porque no la entendí o porque llevaba más de una hora dando vueltas por el pueblo de Pedro Ruiz, preguntando aquí y allá dónde estaba la combi a San Jerónimo sin que nadie supiera darme una respuesta. En cualquier caso, el hombre me explicó que los lunes no hay transporte porque allí solo van los profesores y prefieren ir el domingo para hacer noche en el pueblo, pero me podía presentar a uno que todavía no se había ido. “Capaz te puede llevar en moto”, dijo. Y añadió: “con él descubrí los sarcófagos”.

Alrededores de Pedro Ruiz, Departamento del Amazonas

 

Cuando llamamos a la puerta, nos abrió un hombre con cara de pocos amigos al que sin duda acabábamos de despertar. Alejandro “El Grande” –así es como se hacía llamar mi peculiar salvador- le explicó alegremente mi situación y le pidió que me llevara hasta San Jerónimo. El profesor respondió, todavía somnoliento, que la moto estaba bastante mal y a duras penas tenía potencia para llevarle a él, así que sería difícil que soportara a dos personas. No creí su excusa, pero la acepté como totalmente legítima. Al fin y al cabo, yo era un extraño que su amigo loco había llevado a la puerta de casa a las seis de la mañana para que lo llevara en moto por la cara. Además, aquello parecía desde el principio un golpe de suerte demasiado grande para mí. Así que internamente acepté su excusa, pero por lo que pudiera pasar, puse mi mejor cara de vagabundo desamparado. Y funcionó.

Alejandro se fue, con su aire alegre y desenfadado, y me dejó con el profesor de la cara larga, que había accedido a llevarme hasta un punto donde el camino empezaba a ir cuesta arriba y la moto no podría cargar los dos (¿sería verdad lo que tomé como una excusa?). Sentado en el salón de su casa, intenté entablar conversación con él mientras iba y venía preparando lo necesario para trabajar. Apenas conseguí sonsacarle su nombre, Miuler Villar. Me contestaba sin gran entusiasmo, no sé si porque estaba ocupado o por puro desinterés, hasta que se me ocurrió comentarle lo que había dicho Alejandro sobre los sarcófagos.

-Sí, fue en el 97. Los encontramos de casualidad en una salida que hicimos juntos, pero decidimos no revelarlo. La gente no estaba preparada. Ya ha pasado muchas veces que han roto patrimonio similar pensando que dentro va a haber oro o joyas. ¡Pero la cultura Chachapoyas no trabajó el oro! Dentro solo hay momias.

Y me explicó también que fue por el silencio que guardaron que otros se llevaron el mérito cuando años más tarde se empezó a trabajar de manera oficial en el yacimiento. No me dio muchos más detalles sobre la historia, pero dejó claro que tampoco le importaba demasiado la disputa por la autoría del descubrimiento. Para él, lo importante era que ese patrimonio se preservara correctamente. Más tarde, cuando me lancé a comprobar lo que Miuler me contó, me topé con dos versiones. En una, él y un tal Newman Aguilar (quien presumo que es Alejandro “El Grande”) descubrieron el primer grupo de sarcófagos en 1998, y no en el 97 como él recordaba. Iban guiados por el dueño del terreno, Francisco Ventura, a quien habían dado indicaciones para llegar hasta el lugar. No informaron al Ministerio de Cultura del descubrimiento hasta 2011. En la otra versión, de mayor trascendencia en los medios aunque llena de contradicciones, fue el propio Ventura quien en 2003 descubrió los sarcófagos, pero también tardaría años en pasar la información a las autoridades.

Sea como fuere, la discusión no tiene mayor interés. Los sarcófagos están allí, como siempre, solo que desde entonces atraen a algún que otro turista hasta el lugar y los habitantes de San Jerónimo tienen una nueva fuente de ingresos. Por su parte, Miuler sigue yendo al pueblo para dar clases como cada día, como hoy. Y nunca llegué a conocer al señor Ventura, pero apostaría a que su vida tampoco cambió demasiado con aquellas notas de prensa.

Cuando el profesor estuvo preparado, partimos en la moto. Llegamos por carretera al puente donde el camino empezaba a complicarse y allí me ayudó, sin éxito, a buscar otra movilidad que subiera hasta San Jerónimo. Miuler, una vez más (y las que quedaban) demostró su enorme y embarazosa generosidad y decidió que probáramos suerte subiendo los dos en la moto. Embarazosa porque, a esas alturas del viaje, el escepticismo con el que me había levantado se derrumbaba sin remedio. Sin embargo, cuando recapitulo, todo sigue pareciendo absurdo. Como poco, altamente improbable. Cambié mi itinerario a última hora porque una mujer que me recogió haciendo autostop me recomendó estos sarcófagos, que ni siquiera conocía. La mañana que me decido a ir, la primera persona con la que me encuentro resulta ser un señor que se hace llamar Alejandro “El Grande” y dice haber descubierto lo que ando buscando. Y me lleva con su compañero de descubrimientos, que además va a salir hacia el pueblo en ese mismo momento. Meses más tarde un chamán del Cuzco me habló de la belleza de la causalidad, pero creo que una perfecta combinación de casualidades siempre la superará.

Frente al puente de cemento, todavía estaba el esqueleto del viejo. Pedro Ruiz, Río Ingenio.

En efecto, fue embarazoso comprobar que el vehículo a duras penas podía llevar a dos personas hasta lo alto del pueblo. La vieja moto de cross llevaba en el mundo más años que yo, literalmente. Treinta, para ser exactos, y después de incontables reparaciones, parecía encontrarse en sus últimos días. Fue cerca de una hora de continua subida que hicimos casi siempre en primera. Cuando la pendiente era muy pronunciada, yo me bajaba para que la moto pudiera continuar hasta un punto más llano, subía ese tramo a pie y vuelta a empezar. Por si fuera poco, la noche anterior había llovido y el camino de tierra estaba totalmente enfangado, lo cual permitió a Miuler demostrar sus aptitudes de piloto de rallies adquiridas a base de repetir el camino día tras día. De paso, evitó que nos despeñáramos más de un par de veces.

Ante todo, la odisea fue divertida y espectacular. Miuler, de rostro serio hasta entonces, empezaba a animarse y parecía pasárselo bien dentro del casco (ha sido de los pocos motoristas peruanos que he visto con casco). Me explicaba todo lo que había a nuestro alrededor, cada planta y cada animal, hasta me hizo notar unos petroglifos que quedaban en mitad del camino pero que jamás habría visto por mi cuenta. Para entonces yo ya estaba pletórico, no solo por mi enorme suerte y la grata compañía del profesor, también porque poco a poco nos elevábamos sobre la espesa niebla matinal que a nuestros pies se convertía en un mar de nubes que bañaba todos los cerros de la selva. Una vista hermosa mientras el aire me pegaba en la cara y caía en la cuenta de que, hasta entonces, nunca había montado en moto.

Cuando por fin llegamos, San Jerónimo ofrecía una estampa curiosa. Era un poblado formado por unas pocas calles de tierra e hileras de casitas blancas a los lados. Los pollos correteaban por todos lados y los perros holgazaneaban a la sombra. De vez en cuando cruzaba alguien a caballo, a veces un niño, a veces una anciana. Y al rato pasaba alguien que podría haber sido el mismo niño o la misma anciana, pero esta vez en moto. Sus habitantes eran hombres y mujeres de rostros curtidos entre la dura tierra y el pesado sol, y a su lado el profesor y yo -pero sobre todo yo- parecíamos gente minúscula e inadaptada a una vida que nos aniquilaría en un par de días. Hablaban un castellano tan extraño al mío que al principio sudaba para entenderlo todo; cuando hablaban entre ellos solo acertaba a comprender un par de palabras. Por otro lado, en ningún otro lugar había atraído tantas miradas curiosas, pero al menos todas sonreían y me daban los buenos días.

Miuler me llevó con don Ángel, el hombre encargado de “la oficina de turismo”. Dicha oficina se podía diferenciar del resto de casas porque en su interior había un libro de registro encima de una mesa; por lo demás, pasaba totalmente desapercibida. Hacía más de un mes que ningún turista pasaba por allí y noté que los últimos eran del País Vasco. Don Ángel me preguntó entre risitas por qué los vascos nunca escribían “España” en el apartado “nacionalidad”, pero él ya sabía bien el porqué.

Se trataba de un hombre especialmente peculiar. Parecía bastante viejo y andaba desgarbado y balanceándose de lado a lado, pero sus movimientos siempre eran rápidos y espasmódicos. No se estaba quieto en ningún momento. Mostraba una permanente sonrisita al hablar y asentía con la cabeza a cada rato, como si respondiera con un silencioso “claro, claro” a cada cosa que oía, incluida su propia voz. No sé por qué, lo imaginé siendo punki en su juventud, una idea del todo ridícula en aquel contexto. De cualquier modo, algo había en don Ángel que me gustaba y disfruté conversar con él mientras me buscaba un guía para la ruta.

En ese rato me habló atropelladamente de muchas cosas, pero entre ellas destacó un accidente de avión que hubo en San Jerónimo en el que muerieron 46 personas. “Es lo mejor que nos ha pasado”, me explicó, siempre sonriente. Antes de que pudiera preguntarle de qué modo es bueno que un avión se estrelle donde vives, él se adelantó a responderme. “Por supuesto fue una tragedia, pero gracias a eso tenemos una escuela y vivimos mejor”. Y entonces me contó.

Próximo capítulo:  Cronología de un descubrimiento (II)

 

Te regalo un toro

Capítulo anterior: Arepas

Mi amiga Vivi fue de las primeras no solo en introducirme a la hospitalidad peruana, sino en ayudarme a comprenderla en profundidad. La conocí a los pocos días de empezar la universidad y 15 minutos de conversación fueron suficientes para que me invitara a pasar un fin de semana en las fiestas de su pueblo, a 8 horas de Trujillo. Cuando además le pregunté si podía llevar a otro amigo forastero, de quien ella no sabía nada y que yo empezaba entonces a conocer, ni se lo pensó. La expedición a Carhuaz partió unas pocas semanas después.

Vivi siempre me ha explicado que esa hospitalidad hacia el que viene de fuera surge de ponerse en su lugar. Ella tiene un novio español que viajó solo hasta Perú y por lo tanto conoce de cerca la situación de llegar a un lugar extraño sin conocer a nadie. Yo añadiría que la empatía de los peruanos es un accionar instintivo frente al individuo alejado de su hogar, que se entiende todavía mejor si uno mira la importancia que dan a los lazos familiares o lo duro que es para los padres dejar que sus hijos sigan su propio camino. Creo que es por esa empatía natural que durante el tiempo en que viajé solo fui prácticamente adoptado a la menor oportunidad por meseros, profesores, taxistas, campesinos… En cada rincón del país me encontré a personas hermosas que al principio incluso se compadecían de mí porque pensaban que lo estaría pasando terriblemente mal, tan alejado de mi familia y amigos. A muchas les costaba entender que en realidad, compartiendo esas horas con ellas, yo era la persona más feliz del planeta.

Todo esto apenas lo intuía cuando llegamos al departamento de Áncash. Ubicado en el corazón de los Andes, es a mi parecer una de las regiones más impresionantes del Perú. Desde su capital, Huaraz, se puede acceder a auténticas maravillas naturales que hasta ahora no han sido devoradas por el turismo, a diferencia de lo que ocurre en otras regiones más famosas como el Cusco. Sin embargo, en aquel primer viaje nuestra prioridad era la fiesta patronal, así que los dos días que teníamos los pasamos en el pueblito de Carhuaz, que quedaba un par de horas al norte. Al llegar allí, la familia de Vivi también nos adoptó de manera incondicional y consiguió que los dos gringos que atraían las miradas de todo el pueblo nos sintiéramos como en casa.

Laguna 69, Huaraz

En Carhuaz la fiesta se hace en honor a la Virgen de las Mercedes, también conocida como Mama Meche. Una de las leyendas cuenta que unos pobladores de Caraz, otra aldea cercana, pasaron por Carhuaz llevando a la Virgen y decidieron hacer noche allí. A la mañana siguiente, cuando intentaron levantarla para retomar la marcha, se había vuelto tan pesada que no hubo manera de moverla del sitio. Los caracinos entendieron que la voluntad de la Virgen era quedarse en aquel lugar, así que decidieron dejarla y ser ellos quienes volvieran año tras año para rendirle culto.

Independientemente de las historias que intentan explicar su origen, la fiesta de Carhuaz está basada en dos principios que tradicionalmente han tenido una  importancia clave en la supervivencia de las sociedades andinas, la reciprocidad y la redistribución. El mecanismo es el siguiente: cada año se nombra a un mayordomo del pueblo que será el encargado de montar el grueso de la fiesta. Las familias deben hacerle regalos con los que sufragar los gastos para que, funcionando como eje de la redistribución, la fiesta pueda llegar a todos en forma de cuy, cerveza y música. Normalmente el regalo más vistoso que se suele hacer es un toro, y parte de la fiesta consiste en engalanarlo y pasearlo por las calles mientras toda la familia bebe y baila a su alrededor.

La fiesta empieza en la casa de cada familia, donde la banda anima el ambiente antes de sacar al toro.

Antes de empezar, se le ponen collares de flores u otros adornos.

De paseo.

En las calles, la fiesta se va desarrollando a su alrededor.

Cada familia aporta el suyo.

Tiempo más tarde descubrí que los mayordomos han de ir devolviendo los toros que les regalaron para así cumplir con el principio de reciprocidad. Leí testimonios de exmayordomos a los que después  de 10 o 15 años ya solo les quedaban uno o dos toros por volver. Las prisas para quien las tenga.

Después del correcalles, y justo cuando el nivel de la borrachera empieza a hacer peligroso pasear al lado de un toro, se llega a un gran recinto donde se entrega. Allí se toma la cena, que al igual que la anterior comida y la siguiente, vuelve a ser cuy (y creedme que no es posible cansarse del cuy). Tras esto la fiesta sigue, no solo esa noche sino durante semanas. La región de Áncash es famosa porque el periodo festivo dura de junio a diciembre, y muchos bromean con que sus habitantes pasan medio año trabajando para gastarse lo ganado durante el otro medio. Los diarios sensacionalistas van más allá y cada año centran el foco en el alcohol consumido y el desfase de estas fechas, pero lo hacen a costa de simplificar u obviar el desarrollo y los principios de la fiesta.

Sea como fuere, yo de Carhuaz me quedo con la gratitud inmensa hacia quienes nos acogieron. Fue una oportunidad caída del cielo para conocer desde la máxima cercanía una parte del Perú profundo, y en su momento me emocionaron detalles como conocer por primera vez a una quechuahablante, que fue la abuela de Vivi. Me fui de allí dejando a varios amigos, algunos de ellos a los que tuve la suerte de volver a encontrar durante otros viajes. A los otros, los veré cuando vuelva.

 

Rafa, vikingo entre andinos.

Los Chasquis – El Huascarán

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Arepas

Capítulo anterior: Se llama Óscar

“Hace ya meses que el coro de voces de la ajetreada Trujillo cuenta con una nueva tonadilla. Si uno pasea por sus calles, no tardará en encontrarse con ella: “¡Arepas, arepas!”, se escucha aquí y allá. “¡Arepita venezolana!”. Una frase que en poco tiempo se ha adaptado perfectamente al ritmo de vida trujillano e incluso pareciera que siempre ha estado ahí. Tras ella, hombres y mujeres embutidos en su buzo tricolor salen cada día a la calle, sonrientes, para vender empanadas. ¿Pero quiénes son? ¿Por qué están aquí?”

Un buzo es un chándal. Tricolor es amarillo, azul y rojo. La arepa es un tipo de empanada típica de Venezuela. Por lo demás, esa es la entradilla  con la que empezaba un reportaje que realicé junto a unos compañeros para el magacín La Ventana. El tema era los venezolanos en Trujillo, de quienes sabíamos todo menos lo más importante: ¿quiénes son?

Durante un par de meses nos dedicamos a averiguarlo. Descubrimos que son decenas de miles por todo Perú y más de 2.000 en Trujillo en aquel momento.  También que escogen el país andino porque en él reciben una buena acogida, lejos de las actitudes xenófobas de otros estados vecinos. Nos contaron que huían de su país porque la vida se ha vuelto prácticamente imposible.

Son personas como Juan Guarepero,  que reía al decirnos que al principio le resultaba vergonzoso salir a vender arepas. Su empresa de carpintería se quedó sin clientes y tuvo que abandonar a su mujer y a su hija para enviarles dinero desde el extranjero. Al final consiguió traerlas con él y fueron asaltadas durante el viaje en bus. Lo cuenta como algo anecdótico porque, al fin y al cabo, no tenían mucho que les pudieran robar.

Son Juan Machado, que se vino porque el salario de un día le daba para comprar un huevo.  Y Ricardo Hernández, que se hartó de que le atracaran a punta de pistola cuando llegó el día en que se libró porque el asaltante era familia de su mujer. O José Gaona, que frente a todas esas realidades, no dejaba de repetir que Perú es El País de las Maravillas. “Llegué sin nada, compré este envase de plástico y lo llené de empanadas. Con eso me pago el alquiler y progreso”.

No puedo evitar recordar con especial perturbación que no solo son Juan, José o Ricardo, cansados de la incapacidad política del gobierno y también de la oposición. También son Gladys, la hermana, por cierto, de la señora Carla. Una peruana que en los 70, cuando era niña, se fue junto a otras decenas de miles a buscar una vida mejor en Venezuela y allí se quedó. Una férrea militante chavista que insistía en que volvería a la República Bolivariana (y volvió) para luchar por su país y no dejar que destruyeran el sistema que había dado dignidad a su vida. Y mientras lo decía se le quebraba la voz, y en las lágrimas que surcaban las arrugas de su rostro residía la horrible certeza que se negaba a asumir: que el hogar de su memoria se derrumbaba sin remedio.

También son los jóvenes que salieron al rescate de mis dos amigas gallegas cuando una huelga de camioneros las aíslo en medio de la nada durante 48 horas. Personas de apenas mi edad que habían tenido que abandonarlo todo sin saber muy bien cuál sería el siguiente paso y que, aunque no tenían prácticamente nada, lo compartieron todo. Sus historias emocionaron a estas dos chicas, que movilizaron las redes para una humilde y espontánea colecta de ayuda humanitaria. Consiguieron 2000 soles (500 euros) que les entregaron un par de meses después en Lima entre lloros, abrazos y mucha alegría.

Os animo a leer el reportaje si os interesa profundizar más en las causas y consecuencias de lo que, al fin y al cabo, es un movimiento migratorio masivo ante una terrible situación de crisis económica y social. Sin embargo, lo esencial está resumido en estas pocas líneas. Son ellos y ellas, e intuyo que muchas personas más con las que me cruce. El mulato que andaba desconcertado en su primer día de trabajo en unas parrillas de Tarapoto. El peluquero que trabajaba en un bajo con la fachada pintada de amarillo, azul y rojo en Arequipa. La chica que en Trujillo subía al bus para cantar, con acento caribeño, dos gardenias para ti… 

 

Trabajando en Trujillo | Isaac Madrid

De interés: Mientras en otros países se cierran puertas, los venezolanos encuentran refugio en Perú del The New York Times

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Se llama Óscar

Capítulo anterior: La ciudad del polvo

Se llama Óscar. También se llama Rubén, pero él prefiere Óscar.  Tiene 9 años y ojos de anciano. Su vida apenas empieza, pero ya arrastra una pesada sombra mientras empuja la carretilla.

-¿A dónde van? –dice desde lo alto de la calle- Yo les llevo.

“Carne de yugo ha nacido, más humillado que bello” – Miguel Hernández

Vive en un pobladito sin nombre a las afueras de Cajamarca. Además de ser famosa por sus carnavales, Cajamarca también es conocida como la ciudad del encuentro entre dos mundos. Está ubicada en un valle totalmente rodeado por cordilleras, de manera que incluso asemeja estar incrustada en el cráter de un enorme y extinto volcán. Un taxista me contó que es una de las teorías que explicarían la presencia de aguas termales en la zona, los famosos Baños del Inca. Aquí es donde los conquistadores españoles chocaron de frente con la civilización inca y acabaron con su último emperador, Atahualpa.

Se dice que ocurrió así: Atahualpa fue invitado a una cena con Pizarro mientras se encontraba en los Baños y asistió solo para ser capturado. Más tarde, los españoles aceptaron un enorme rescate de oro y plata a cambio de su libertad, pero de nada importó. Los abanderados de la civilización, la vanguardia del brillante y prometedor futuro de la humanidad, decidieron eliminarlo igualmente. Le hicieron, eso sí, un último favor. Cuándo ya estaba a punto de ser quemado en la hoguera, Atahualpa pidió a sus captores que le dieran otro final, pues la religión incaica exigía que su cuerpo fuera embalsamado para poder renacer en el otro mundo. Pizarro y algunos de sus hombres más cercanos, con quienes Atahualpa había entablado una importante amistad durante su cautiverio (la guerra siempre fue de naturaleza absurda), aceptaron indulgentemente su deseo. Lo pasaron por el garrote vil.

Cerca de 500 años después, como si su particular tragedia se hubiera caído del tiempo, Cajamarca todavía parece arrinconada entre dos mundos que chocan. Ancianas descalzas ataviadas en sus vestidos típicos y anchos sombreros de fibras pidiendo limosnas a los turistas. Autobuses colmados de visitantes topándose con un tropel de comuneros equipados con palas, picos y azadas que emplean el domingo en construir caminos y canalizaciones. Los mismos comuneros enfrentándose cada día con las mismas armas, humilde y valientemente, a las empresas  mineras que robaron sus tierras y ahora contaminan sus aguas. Valga como ejemplo la resistencia contra la minera Yanacocha que lo cajamarquinos arrastran desde 2009.

El de hoy se trata de un encuentro entre dos mundos definitivamente más amable que el de los incas y españoles, pero no exento de esa pincelada amarga -aunque en realidad es un fulminante brochetazo- que el fantasma de la globalización va dejando en aquellos lugares que cayeron del tiempo. Aquellos que no pudieron seguir el ritmo de las brillantes vanguardias de antaño. O acaso nunca entraron en sus planes.

Al fondo, Cajamarca,.

Óscar pertenece a ese último mundo, el abandonado. También su madre, su padre y sus tres hermanos, para quienes nos pide algo de comida a cambio de guiarnos hasta un túnel cercano. Por el camino nos explica qué son las Ventanillas de Otuzco -unos antiquísimos nichos funerarios muy cercanos- o el túnel kilométrico que vamos a ver, que en su momento sirvió para que los incas pudieran escapar a ningún lado. También nos cuenta cuál es esta planta o aquella, qué cultivan allí y allá, cómo trabajan las cerámicas… Y cuando le preguntamos donde ha aprendido todo eso, nos dice que de los guías mayores. Entonces empieza a  recitar al pie de la letra un discurso prefabricado:

-Buenas tardes señores visitantes, sean bienvenidos a este atractivo de las Ventanillas de Otuzco, donde hoy tengo el placer de guiarles a través de…

Y mientras repite como un robot mira al vacío con sus ojos de viejo y no sonríe, porque Óscar nunca sonríe. Entonces lo que hubiera podido ser una situación cómica se torna una imagen grotesca y cada una de las palabras que ha memorizado, huecas pero increíblemente pesadas, chocan como cañonazos contra el mundo que está escuchando al otro lado. Al menos una mueca, una ojeada de complicidad, un gesto…  Pero nada de eso ocurre, solo su monotonía y la vetusta mirada hacia la nada. Se reafirma el choque, el encuentro brutal, la distancia insalvable.

Volviendo de la excursión, Óscar sigue contestando sin gran entusiasmo a cuanto le preguntamos, aunque pareciera que su ánimo aumenta ligeramente cuando el camino que recorremos se complica. Al llegar a una bajada resbaladiza, me advierte: “Cuidado aquí. Lo mejor es bajar corriendo”. Pero no le hago caso y acabo deslomándome contra un árbol. Solo entonces, al mirar dolorido hacia arriba, lo descubro sonriendo. No dura nada, apenas un instante, pero es suficiente para adivinar sus ojos brillando como suelen brillar los ojos de un niño. “Pues tenías razón”, le digo. Yo también sonrío.

Al llegar nos despedimos y Óscar se va corriendo de nuevo entre las precarias casas de adobe en las que, sin embargo, no faltan los murales de publicidad electoral con el “vota así” o “marca esto”. Mientras vuelve a su carretilla pienso en cómo algunos de mis amigos peruanos, al llegar a cierta edad (la adolescencia, normalmente), han preferido empezar a llamarse por su otro nombre. Por supuesto, entre sus amistades siempre quedarán detractores que les seguirán llamando como siempre, pero aun así hemos bromeado acerca de cómo es una especie de oportunidad que todo peruano tiene para escoger a mitad de camino una nueva identidad, si es que no le convencía la anterior.

Se me ocurre que tal vez un día, puede que dentro de muchos años, me encuentre de nuevo con Óscar, el policía. Entonces me dirá que ya no es Óscar y tampoco policía. Que ahora prefiere que le llamen Rubén y se ha hecho médico, limpiabotas, terrorista, ingeniero, traficante… O nada en absoluto. Y tal vez lo diga sonriendo y con ojos de niño. Justo como los que vistió por un instante el día que nos conocimos, cuando las viejas leyendas parecieron derrumbarse y nos miramos de cerca, riendo, abrazados a un mismo mundo.

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La ciudad del polvo

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Por la Ciudad de la Eterna Primavera pasé varias veces durante el viaje. Sudamérica está plagada de ciudades de la eterna primavera y cada una de ellas esgrime ese título como si fuera su característica más única e inconfundible, la esencia misma de su personalidad. “Esta nuestra Ciudad de la Eterna Primavera”. Trujillo es la primera de ellas que conocí y la que más aprecio. No solo porque es la que me acogió durante más tiempo, sino porque es la que lleva el nombre con más originalidad. Sobre todo porque en Trujillo no abundan las flores, ni el sol, ni los colores vivos, ni ninguna de esas cosas que se suelen asociar a la primavera. Para ser justos,  sí que hay aves bonitas, aunque cada vez que van a abrir el pico suena un claxon. O dos. O cien. También tiene un buen clima, ni mucho frío ni mucho calor, pero la última lluvia torrencial fue tal que descubrió los cementerios y arrastró restos humanos por las calles, en aquel entonces ríos. Mi Ciudad de la Eterna Primavera me despierta simpatía porque su nombre parece una gran socarronería.

Una primavera

Lo que sí hay en Trujillo, y tampoco es muy primaveral, es polvo. Pero no el polvo habitual que habita en el garaje o debajo del sofá, sino un polvo infernal que flota por todos lados y se cuela en cada rincón de la casa y del cuerpo humano. El polvo trujillano es una entidad con presencia propia y malvada que puedes sentir estés donde estés, siempre acechando. Es una arena gris e inconcebiblemente fina que en los barrios pobres se acumula formando auténticas dunas que se evaporan al pisarlas y pasan a residir en la ropa, la piel y los bronquios. De dónde venía, nunca lo supe. Tal vez era cosa del enorme desierto que es la antigua Chan Chan, situada en las inmediatas afueras. O puede que de las mismas entrañas de la ciudad, pues por aquellos meses muchas calles estaban abiertas en canal. El Papa venía de visita y había que hacer obras para dejarlo todo bonito.

Donde no hubo muchas obras fue en esos barrios radiales que se derramaban por el desierto o se encaramaban a los cerros, muchas veces terrenos “invadidos” donde se han construido viviendas sin título de propiedad. Esos donde la vida se endurece para abrirse paso a través del polvo. Por supuesto, fueron los más afectados por los huaicos, las riadas de lodo que en la ciudad desenterraban a los muertos y aquí se llevaban a los vivos. Conocí lugares donde después de seis meses desde que el fenómeno de El Niño arrasara todo, alguna gente seguía viviendo en tiendas de campaña. La comunidad de Sol Naciente, situada en la carretera que va de Trujillo a Milagro, era uno de estos barrios que además padecía la tragedia de no tener una pertenencia clara. Ninguna de las municipalidades adyacentes quería reivindicar ese espacio de tierra y gente. Rodeado por todos pero en medio de nada, tan solo tenían el apoyo mutuo para poder salir adelante.

De vuelta a la ciudad, hasta la Plaza de Armas estaba en obras. El corazón mismo de Trujillo (y de cualquier ciudad peruana) estaba cerrado por remodelación. Los trabajos empezaron poco antes de que llegara y acabaron nada más me fui, así que solo acerté a conocerla por algún agujero en la valla o desde las alturas de los edificios cercanos. Sin embargo, me gustaba cómo toda la vida que habitualmente se nutría de la plaza se concentraba en una sola esquina, la que daba a la calle Pizarro. En aquellos pocos metros se apiñaban policias, quiosqueros, músicos callejeros, guías turísticos ofreciendo tours, venezolanos vendiendo arepas… Y sobre todos ellos destacaba un hombre que decía estar presentándose a la presidencia del Perú. Siempre aparecía allí vestido con un traje viejo y sucio, improvisando mítines para defender su candidatura. Le escuché decir de todo, desde arengas contra el gobierno asombrosamente sensatas a propuestas alucinadas como crear una ciudad flotante sobre la actual Iquitos, la metrópolis más incrustada en el Amazonas peruano.

Alguna vez mencionó las propias obras de la plaza y la negligencia del alcalde, pero eso no tenía nada de especial. Nadie en Trujillo parecía estar contento con esas obras y casi todos pensaban que eran otra excusa para desfalcar. Y realmente el presupuesto de las obras y su ejecución fueron aprobados por el gobierno anterior, pero al coronel Elidio Espinoza, exjefe de policia y alcalde de la ciudad, le tocó comerse el marrón con culpa o sin ella. La desconfianza y hartazgo de los ciudadanos con unas administraciones corruptas desde la municipalidad más miserable a las más altas esferas hizo su parte, sí. Pero que el señor coronel vaya por su cuarto juicio por haber dirigido presuntamente un escuadrón de la muerte en 2007, también influye. En los últimos tres ha sido absuelto, pero el caso siempre se reabre para pedirle cadena perpetua. Sea culpable o no, ninguna de las hipótesis habla bien del sistema político: o bien hay un asesino que sigue en el cargo de alcalde o bien existe una gran conspiración contra un alcalde inocente.

Otra primavera

Hay mil cosas que podría decir de Trujillo. Escribo las que me vienen a la mente y trato de enfocarlas en aquello que creo que hay que destacar. Siguiendo qué criterio, aún no estoy seguro. Tal vez, si esto fuera un relato más personal de lo que ya es, gastaría más palabras hablando de los muchos otros detalles que ahora invaden mi memoria. Los volkswagen escarabajo que llenan la ciudad otorgándole una personalidad especial. Taxistas que pitan para hacerte saber que están libres. Los restaurantes familiares, uno al que solía ir, absurdamente repleto de relojes. O sobre todo aquella musiquilla de La Lambada que sonaba cuando algunos coches daban marcha atrás. Durante un tiempo intenté averiguar el origen incierto de esa moda, pero le perdí la pista en unas minas de Colombia a las que nunca fui. Sin embargo, aprendí mucho mientras investigaba torpemente e interrogaba a todo tipo de personajes. Sobre el sitio, sí, pero ante todo sobre la gente que me acogía.

La Ciudad del Polvo, ruidosa y gris, fue un lugar de muchas oportunidades y hermosas casualidades. Cuando salía de ella nunca quería regresar, pero el día en que nos despedimos por última vez me asaltó un profundo apego. Fue el escenario activo de demasiadas cosas. Demasiadas personas, demasiadas aventuras, demasiada vida invertida en aquella existencia desordenada. Como si cayera su máscara grotesca, vi toda la belleza que escondía el polvo, el tráfico, los cláxones y las noches amarillentas. Y me dejé acariciar por ella, una vez más, con la promesa de volver.

Atardecer en Huanchaco, cerca de Trujillo. Nos frustrábamos porque el sol siempre desaparecía unos centímetros más arriba del horizonte.

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Metal y melancolía

Capitulo anterior: “Un principio”

Después de más de 15 minutos mirando el mar desde lo alto noté como entre sus aguas verdosas se abría un enorme camino serpenteante. Como si despertara de un sueño, comprendí de repente que lo que había estado observando no era el mar, sino el infinito y homogéneo tapiz de la selva amazónica. Un hechizo tan solo roto por el fulminante contraste de aquellos ríos que arrastraban un agua marrón como la tierra. Ese pequeño despertar fue el primer toque de atención después de muchos meses.

Horas más tarde mi progresiva toma de conciencia sobre lo que estaba haciendo dio otro importante salto, esta vez encima de la cordillera. Sus pliegos montañosos también se extendían hasta donde llegaba la vista, yermos y lisos, como si sobre ellos se posara un sedoso velo cubierto por el polvo de un millón de años. Como si tirando de un extremo uno pudiera descubrir todos los secretos que se han ido abandonando en el trastero del mundo.  Cuando pude ver el pie de las montañas, descubrí que en realidad los Andes flotan sobre un océano de nubes aún más inmenso, siempre (¿siempre?) coloreado por el sol dorado de la tarde. En él se sumergió el avión, a punto de aterrizar en Lima.

¡Oh Perú de metal y de melancolía!, cantaba García Lorca en su soneto A Carmela, la peruana. Es un verso que da título a un magnífico documental de la peruano-holandesa Heddy Honigmann, Metal y melancolía. Se trata de una radiografía social del Perú de principios de los noventa realizada a través del día a día de 15 taxistas. Uno de ellos, el actor Jorge Rodríguez Paz, explica: “Metal, porque el sufrimiento y la pobreza se endurecen como el metal; melancolía, porque nosotros también somos suaves y tenemos nostalgia del pasado”.

La primera imagen con la que topé al adentrarme en la atmósfera limeña fue, precisamente, la del metal. Un capote de gris acero en el cielo, el hierro de las industrias agolpadas junto al mar y la pobreza endurecida de las casas que florecen a su alrededor, apenas esqueletos sobre calles de tierra y polvo. Nubes de metal, aguas de metal, vidas forjadas en metal. Tan solo metal. La melancolía no la conocí hasta que no llegué a Trujillo.

Volkswagen Tipo 1 en Trujillo, Perú

Allí, frente a la puerta del hostal, me recibió un viejo Volkswagen que parecía haber vivido tiempos mejores. La pintura se había desgastado y la herrumbre ya empezaba a invadirle. Miraba hacia al frente de la calle con un gesto torcido, impuesto por la mitad de ruedas que tenía pinchadas. Tenía una ventanilla siempre entreabierta que invitaba a observar su interior, que no se encontraba en mucho mejor estado. Sin embargo, bajo la luz amarillenta de la madrugada ofrecía una estampa más simpática que triste. Con los días descubrí que pertenecía al hermano de Carla, la dueña del hostal. O eso supuse, porque cada cierto tiempo le veía meter y sacar trastos del coche, como si fuera un armario en medio de la calle. Por algún tonto motivo, aquel cacharro estropeado me alegraba cada vez que lo veía,  e incluso cuando escuchaba el chirriar de su puerta desde mi habitación me invadía una agradable sensación, una suave y ajena nostalgia.

Si el viejo Volkswagen era una intuición, o acaso una premonición, la señora Carla era -¡y es!- la viva representación de la melancolía peruana. Es una mujer mayor y menuda, de ojos cansados y frenético proceder. A todas horas se encuentra haciendo algo, yendo y viniendo de todos lados, arreglando esto y lo otro. Y cuando no, se dedica a su actividad favorita: hablar. Habla de pequeñas cosas cotidianas que le preocupan, de cómo la joven que viene a limpiar no ha acudido hoy y ni si quiera se ha dignado a avisar. Habla de la irresponsabilidad de la chica, de los dos hijos a los que no es capaz de criar y de su marido en la cárcel, por desentenderse de ellos. Habla de cómo ella le intenta ayudar enseñándole a leer y escribir, mostrándole un oficio, pero Sofía, aunque es muy buena, también es testaruda y no entiende que el esfuerzo es la mayor virtud. Anécdotas, chascarrillos, tragedias y odiseas del día a día sirven siempre a Carla de trampolín hacia el pasado. Y cuando se sumerge en él, sus agotados ojos se encienden de nuevo y habla entonces de su juventud, abriéndose paso con enormes sacrificios en una familia de 10 hermanos, o de su madre en sus últimos días de existencia, sentándola junto a ella y rogándole que se esfuerce por encontrar un modo de ganarse la vida. Habla de 15 años de hipoteca, de sus estudios en turismo, de su pasión por la arqueología, por las momias, los templos y las civilizaciones extinguidas. Habla de cómo viajó para buscar oportunidades, de cómo acabó en Suiza y de Michael, del hermoso recuerdo que guarda del tiempo que pasaron juntos.

A la señora Carla, “porque ya tengo una edad, la gente me respeta y lo adecuado es que me llames señora”, cualquier cosa le sirve para zambullirse en la memoria. Un cuadro de campesinas le sirve para recordar sus viajes a la sierra en el viejo Volkswagen, cargado hasta arriba de víveres y juguetes, y a los niños harapientos agolpándose a su alrededor para conseguir una pelota o un juguete; la mesa del salón le devuelve a la casa de su infancia y le hace ver de nuevo al humilde carpintero que les hacía mesas, sillas, puertas y marcos; la barba de un huesped le transporta a la Plaza de Armas de Trujillo, cuando a sus 13 años vio pasar un convoy de guerrilleros y entre ellos al Che Guevara con su sonrisa implacable. Carla habla y vuela de aquí para allá mientras habla. Habla preocupada, amorosa, indignada, feliz, miserable, apasionada. Habla todo a la vez y crea todo un mundo mientras habla. Creo que si por ella fuera, nunca dejaría de hablar.

Recuerdo el primer día que conversé con ella como una terapia de shock dialéctica. Horas después del encuentro, mientras caminaba por primera vez por las extrañas calles de Trujillo, sus palabras todavía relampagueaban a mi alrededor, tenían su propia presencia y me zarandabean de un lado a otro. Aquella marea se fue calmando con el tiempo y tomó la forma de un apacible rumor. Un eco que sigue ahí, siempre susurrando cuánto se puede construir con un poco de metal y otro tanto de melancolía. Un mundo, un país, acaso una vida entera.

Los nombres de los aludidos han sido cambiados para respetar su anonimato.
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Un principio

Cualquier viaje tiene muchos principios. Un viaje no empieza en el momento en el que el avión despega o aterriza. Tampoco cuando das el primer paso o saludas al primer extraño. Ni siquiera cuando empiezas a planearlo se puede decir que el viaje haya empezado, ni en aquel tiempo remoto donde te imaginaste lejos, muy lejos.

En realidad, un viaje nace a cada rato. A veces con intensidad, como un gran torrente de agua que se abre camino entre montañas; otras, de manera casi imperceptible, a la manera de una planta mínima que crece en el desierto. El principio como evento único y aislado no existe, en su lugar hay muchos principios que borbotean y florecen de las entrañas del viaje, tan deslocalizado en sus límites.

Un principio, Atacama.

 

Otro principio, Ica

Las historias, sin embargo, solo tienen un principio. Incluso la historia de un viaje, por mucho que recorra su vasta geografía sin orden ni progreso, saltando entre lugares y momentos y entre momentos y enseñanzas sin seguir el hilo de los acontecimientos. Me refiero a una historia como esta, que no es ni un diario de andanzas, ni un compendio de crónicas sociales, ni un ensayo sobre la aventura de viajar, por mucho que sea todas esas cosas y muchas más. Incluso una historia así exige un principio.

Sin embargo, el principio de esta historia es, en realidad, un final. El final de El Solitario, casualmente la historia de otro viaje. Más concretamente, el de Franco Salcedo, a quien conocí en la solapa de este librito que habían dejado en el tambo donde me alojé en Chazuta, en la selva de San Martín. En ella decía que Salcedo ganó en 2007 una caja de cerveza con su relato “Amo a Ximena por el culo”. Fascinado por este redescubrimiento de la utilidad de la literatura, me sumergí en el libro siguiendo los pasos de mi nuevo compañero hasta esa última página donde el final es, en realidad, un nuevo comienzo:

“Hay cadenas que se van rompiendo mientras viajo, unas alas que se fortalecen, unos ojos que aprenden a ver de otra manera. La soledad sigue insistiendo aunque cada vez viajo más ligero. Un dolor sigue impulsándome fuera de mí como una centrífuga, sin embargo una sonrisa ha aprendido a dibujárseme cada vez más seguido, en las mañanas, al despertar, ciertas noches consteladas, antes de acostarme.

Los dioses se retiran y me abandonan a caminos que no les pertenecen, que yo voy descubriendo paso a paso, día y noche. Mi corazón no es un puño que late, sino una vasta llanura en donde florecen silentes detonaciones, breves alboradas en mitad de un ensueño“.

Atardecer en Sucre, Bolivia

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