Categoría: Personas

Metal y melancolía

Capitulo anterior: “Un principio”

Después de más de 15 minutos mirando el mar desde lo alto noté como entre sus aguas verdosas se abría un enorme camino serpenteante. Como si despertara de un sueño, comprendí de repente que lo que había estado observando no era el mar, sino el infinito y homogéneo tapiz de la selva amazónica. Un hechizo tan solo roto por el fulminante contraste de aquellos ríos que arrastraban un agua marrón como la tierra. Ese pequeño despertar fue el primer toque de atención después de muchos meses.

Horas más tarde mi progresiva toma de conciencia sobre lo que estaba haciendo dio otro importante salto, esta vez encima de la cordillera. Sus pliegos montañosos también se extendían hasta donde llegaba la vista, yermos y lisos, como si sobre ellos se posara un sedoso velo cubierto por el polvo de un millón de años. Como si tirando de un extremo uno pudiera descubrir todos los secretos que se han ido abandonando en el trastero del mundo.  Cuando pude ver el pie de las montañas, descubrí que en realidad los Andes flotan sobre un océano de nubes aún más inmenso, siempre (¿siempre?) coloreado por el sol dorado de la tarde. En él se sumergió el avión, a punto de aterrizar en Lima.

¡Oh Perú de metal y de melancolía!, cantaba García Lorca en su soneto A Carmela, la peruana. Es un verso que da título a un magnífico documental de la peruano-holandesa Heddy Honigmann, Metal y melancolía. Se trata de una radiografía social del Perú de principios de los noventa realizada a través del día a día de 15 taxistas. Uno de ellos, el actor Jorge Rodríguez Paz, explica: “Metal, porque el sufrimiento y la pobreza se endurecen como el metal; melancolía, porque nosotros también somos suaves y tenemos nostalgia del pasado”.

La primera imagen con la que topé al adentrarme en la atmósfera limeña fue, precisamente, la del metal. Un capote de gris acero en el cielo, el hierro de las industrias agolpadas junto al mar y la pobreza endurecida de las casas que florecen a su alrededor, apenas esqueletos sobre calles de tierra y polvo. Nubes de metal, aguas de metal, vidas forjadas en metal. Tan solo metal. La melancolía no la conocí hasta que no llegué a Trujillo.

Volkswagen Tipo 1 en Trujillo, Perú

Allí, frente a la puerta del hostal, me recibió un viejo Volkswagen que parecía haber vivido tiempos mejores. La pintura se había desgastado y la herrumbre ya empezaba a invadirle. Miraba hacia al frente de la calle con un gesto torcido, impuesto por la mitad de ruedas que tenía pinchadas. Tenía una ventanilla siempre entreabierta que invitaba a observar su interior, que no se encontraba en mucho mejor estado. Sin embargo, bajo la luz amarillenta de la madrugada ofrecía una estampa más simpática que triste. Con los días descubrí que pertenecía al hermano de Carla, la dueña del hostal. O eso supuse, porque cada cierto tiempo le veía meter y sacar trastos del coche, como si fuera un armario en medio de la calle. Por algún tonto motivo, aquel cacharro estropeado me alegraba cada vez que lo veía,  e incluso cuando escuchaba el chirriar de su puerta desde mi habitación me invadía una agradable sensación, una suave y ajena nostalgia.

Si el viejo Volkswagen era una intuición, o acaso una premonición, la señora Carla era -¡y es!- la viva representación de la melancolía peruana. Es una mujer mayor y menuda, de ojos cansados y frenético proceder. A todas horas se encuentra haciendo algo, yendo y viniendo de todos lados, arreglando esto y lo otro. Y cuando no, se dedica a su actividad favorita: hablar. Habla de pequeñas cosas cotidianas que le preocupan, de cómo la joven que viene a limpiar no ha acudido hoy y ni si quiera se ha dignado a avisar. Habla de la irresponsabilidad de la chica, de los dos hijos a los que no es capaz de criar y de su marido en la cárcel, por desentenderse de ellos. Habla de cómo ella le intenta ayudar enseñándole a leer y escribir, mostrándole un oficio, pero Sofía, aunque es muy buena, también es testaruda y no entiende que el esfuerzo es la mayor virtud. Anécdotas, chascarrillos, tragedias y odiseas del día a día sirven siempre a Carla de trampolín hacia el pasado. Y cuando se sumerge en él, sus agotados ojos se encienden de nuevo y habla entonces de su juventud, abriéndose paso con enormes sacrificios en una familia de 10 hermanos, o de su madre en sus últimos días de existencia, sentándola junto a ella y rogándole que se esfuerce por encontrar un modo de ganarse la vida. Habla de 15 años de hipoteca, de sus estudios en turismo, de su pasión por la arqueología, por las momias, los templos y las civilizaciones extinguidas. Habla de cómo viajó para buscar oportunidades, de cómo acabó en Suiza y de Michael, del hermoso recuerdo que guarda del tiempo que pasaron juntos.

A la señora Carla, “porque ya tengo una edad, la gente me respeta y lo adecuado es que me llames señora”, cualquier cosa le sirve para zambullirse en la memoria. Un cuadro de campesinas le sirve para recordar sus viajes a la sierra en el viejo Volkswagen, cargado hasta arriba de víveres y juguetes, y a los niños harapientos agolpándose a su alrededor para conseguir una pelota o un juguete; la mesa del salón le devuelve a la casa de su infancia y le hace ver de nuevo al humilde carpintero que les hacía mesas, sillas, puertas y marcos; la barba de un huesped le transporta a la Plaza de Armas de Trujillo, cuando a sus 13 años vio pasar un convoy de guerrilleros y entre ellos al Che Guevara con su sonrisa implacable. Carla habla y vuela de aquí para allá mientras habla. Habla preocupada, amorosa, indignada, feliz, miserable, apasionada. Habla todo a la vez y crea todo un mundo mientras habla. Creo que si por ella fuera, nunca dejaría de hablar.

Recuerdo el primer día que conversé con ella como una terapia de shock dialéctica. Horas después del encuentro, mientras caminaba por primera vez por las extrañas calles de Trujillo, sus palabras todavía relampagueaban a mi alrededor, tenían su propia presencia y me zarandabean de un lado a otro. Aquella marea se fue calmando con el tiempo y tomó la forma de un apacible rumor. Un eco que sigue ahí, siempre susurrando cuánto se puede construir con un poco de metal y otro tanto de melancolía. Un mundo, un país, acaso una vida entera.

Los nombres de los aludidos han sido cambiados para respetar su anonimato.
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Un domingo triste (José Martí)

En el sentir popular el domingo viene siendo, por lo general, un día inocuo y desprovisto de contenido. Es el día del pijama y el sofá, el día en que la persona es más ameba que persona y la creatividad se atrofia. A pesar del nombre de esta sección, lo cierto es que poca poesía se puede hacer un día así. Y eso que toda la lírica del spleen debió nacer, si no en domingo, en un día que se le parecía mucho. Sea como fuere, y descartada la opción creativa, siempre queda rescatar lo que se escribió durante el resto de la semana. Pero sobre todo, a quienes lo escribieron.

No sabemos si José Martí (1853-1895) escribió este poema en domingo o cuando ya era lunes, pero sí que lo hizo en el exilio. El principal instigador de la revolución cubana, que además era periodista (“de todos los oficios, prefiero el de la imprenta, porque es el que más ha ayudado a la dignidad del hombre“, diría en su momento), se pasó la vida perseguido por el poder. O persiguiéndolo, según se mire. De un modo u otro, esto le costo cárcel, exilios y una existencia cada vez más volcada en la revolución. Cuanto más acosado se veía, más se cerraba su órbita vital en torno al imperativo histórico de una Cuba libre, sin que nada más importara. Tanto así que llegaría el momento en que su mujer decidiera abandonarle, llevándose a su hijo.

Un domingo triste

Las campanas, el sol, el cielo claro
me llenan de tristeza, y en los ojos
llevo un dolor que el verso compasivo mira,
un rebelde dolor que el verso rompe
¡y es, oh mar, la gaviota pasajera
que rumbo a Cuba va sobre tus olas!

Vino a verme un amigo, y a mí mismo
me preguntó por mí; ya en mí no queda
más que un reflejo mío, como guarda
la sal del mar la concha de la orilla.
Cáscara soy de mí, que en tierra ajena
gira, a la voluntad del viento huraño,
vacía, sin fruta, desgarrada, rota.
Miro a los hombres como montes; miro
como paisajes de otro mundo, el bravo
codear, el mugir, el teatro ardiente
de la vida en mi torno: ni un gusano
es ya más infeliz: ¡suyo es el aire,
y el lodo en que muere es suyo!
Siento la coz de los caballos, siento
las ruedas de los carros; mis pedazos
palpo: ya no soy vivo: ¡ni lo era
cuando el barco fatal levó las anclas
que me arrancaron de la tierra mía!

Como si fuera el héroe de una tragedia griega (curiosa casualidad que firmara sus artículos en México bajo el seudónimo Orestes), una mezcla de férrea voluntad y fatalidad lo fueron enfilando hacia su destino. Sin más intereses ya que la liberación de Cuba, vio como por fin estalló la revolución en 1895. Y al poco tiempo de incorporarse a la batalla, como si fuera al encuentro del final que se había pasado la vida construyendo, José Martí cabalgó directo hacia una emboscada y las balas españolas le atravesaron el pecho.

El cubano tuve esa fatal suerte compartida con otros personajes como el Che o Durruti. La “suerte” de morir en un momento en que, para un revolucionario, las líneas entre el bien y el mal aparecen nítidas y las contradicciones propias a enfrentar son más difusas que en tiempos de paz, después de la victoria. José Martí y muchos otros vivieron momentos y lugares en los que el mandato histórico se nos presenta con claridad y lo único que exije de nosotros es bondad y valentía. Sobre todo valentía.  Sin embargo, son pocos los que demuestran estar a la altura y aun menos los que dejan un  nombre y una cara a quien dar las gracias. Constituyen esa colección de rarezas humanas que, por su mala suerte, hemos dado en llamar héroes.

Caricatura de Luis Carreño

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Un principio

Cualquier viaje tiene muchos principios. Un viaje no empieza en el momento en el que el avión despega o aterriza. Tampoco cuando das el primer paso o saludas al primer extraño. Ni siquiera cuando empiezas a planearlo se puede decir que el viaje haya empezado, ni en aquel tiempo remoto donde te imaginaste lejos, muy lejos.

En realidad, un viaje nace a cada rato. A veces con intensidad, como un gran torrente de agua que se abre camino entre montañas; otras, de manera casi imperceptible, a la manera de una planta mínima que crece en el desierto. El principio como evento único y aislado no existe, en su lugar hay muchos principios que borbotean y florecen de las entrañas del viaje, tan deslocalizado en sus límites.

Un principio, Atacama.

 

Otro principio, Ica

Las historias, sin embargo, solo tienen un principio. Incluso la historia de un viaje, por mucho que recorra su vasta geografía sin orden ni progreso, saltando entre lugares y momentos y entre momentos y enseñanzas sin seguir el hilo de los acontecimientos. Me refiero a una historia como esta, que no es ni un diario de andanzas, ni un compendio de crónicas sociales, ni un ensayo sobre la aventura de viajar, por mucho que sea todas esas cosas y muchas más. Incluso una historia así exige un principio.

Sin embargo, el principio de esta historia es, en realidad, un final. El final de El Solitario, casualmente la historia de otro viaje. Más concretamente, el de Franco Salcedo, a quien conocí en la solapa de este librito que habían dejado en el tambo donde me alojé en Chazuta, en la selva de San Martín. En ella decía que Salcedo ganó en 2007 una caja de cerveza con su relato “Amo a Ximena por el culo”. Fascinado por este redescubrimiento de la utilidad de la literatura, me sumergí en el libro siguiendo los pasos de mi nuevo compañero hasta esa última página donde el final es, en realidad, un nuevo comienzo:

“Hay cadenas que se van rompiendo mientras viajo, unas alas que se fortalecen, unos ojos que aprenden a ver de otra manera. La soledad sigue insistiendo aunque cada vez viajo más ligero. Un dolor sigue impulsándome fuera de mí como una centrífuga, sin embargo una sonrisa ha aprendido a dibujárseme cada vez más seguido, en las mañanas, al despertar, ciertas noches consteladas, antes de acostarme.

Los dioses se retiran y me abandonan a caminos que no les pertenecen, que yo voy descubriendo paso a paso, día y noche. Mi corazón no es un puño que late, sino una vasta llanura en donde florecen silentes detonaciones, breves alboradas en mitad de un ensueño“.

Atardecer en Sucre, Bolivia

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Irina Muschik: Viajar, una forma de vivir (II)

You can read this article in English here!

La semana pasada conocimos a Irina en la primera parte de esta entrevista, donde nos contó algunas de sus experiencias y cómo es asumir un estilo de vida como el suyo. En esta segunda parte he querido preguntar a Irina ya no solo por sus viajes, sino además por qué implica ser una mujer que viaja sola. Este interrogante no es gratuito, sino que viene motivado por el caso de las dos turistas argentinas asesinadas en Ecuador hace unas semanas, sobre el que os recomiendo este artículo de El Periódico que además incluye un texto imprescindible que una joven paraguaya dedicó a ambas mujeres, en el que denuncia la violencia machista y su tratamiento por parte de la sociedad. 

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Irina Muschik: Travel, a way of living (II)

¡Puedes leer este artículo en castellano aquí!

The last week we met Irina in the first part of this interview, where she told us some of her experiences and how is to live in such a way like she does. In this second part i wanted to ask Irina not only about her travels, but also about what involves to be a woman who travels alone. This question isn’t meaningless as long as it’s related to an event ocurred some weeks ago in Ecuador, where two Argentinean girls where murdered while there where traveling. About this case, I recomend this article from the journal El Periódico (i’m sorry it’s only in Spanish) where there’s also a writting dedicated to both girls by a Paraguayan woman who also exposes this kind of sexist violence and it’s treatment by the rest of society. 

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Irina Muschik: Viajar, una forma de vivir (I)

You can read this article in English here!

Conocí a Irina en 2014 en la región de Skaftafell, Islandia. Yo estaba buscando el camino para llegar a un glaciar cercano y ella estaba por allí, una mujer de treinta y pocos, rubia y delgada, que vestía un gorro que me dio muy buen rollete. Me pareció simpática a primera vista, así que me acerqué y le pregunté. Me indicó amablemente el camino y acabamos emprendiéndolo juntos.

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Irina Muschik: Travel, a way of living (I)

¡Puedes leer este artículo en castellano aquí!

I met Irina in 2014 in the Skaftafell area of Iceland. I was looking for the path to get to a close glacier and she was over there, a blonde and thin woman in her thirties that was wearing a nice hat which gave me a good feeling. She looked like nice at first sight, so I approached her and asked for the way. She nicely indicated me the path and we end up walking it togheter.

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