¿Mamá, de qué país somos?

Capítulo anterior: Cronología de un descubrimiento (III)

Un viaje en bus puede ser algo anodino, un terrible martirio o una experiencia magnífica e enriquecedora. A veces, incluso una conjunción de todas esas cosas. Recuerdo cierta ocasión, mientras volvía a la ciudad de Arequipa después de una expedición truncada, en la que el trayecto estaba siendo uno de los malos. De los muy malos.

Estaba luchando contra una enfermedad todavía indeterminada cuando una voz infantil me rescató. No podía verlo porque quedaba detrás de mí, pero era una voz dulce, de niño, que intentaba conversar con una pareja de franceses. Les decía que se llamaba Jaro, o tal vez Jano, que tenía cuatro años y que estaba viajando con su mamá y que a donde iban y que cómo se llamaban y que otras tantas cosas. Los franceses, abrumados, apenas hablaban castellano. A veces su única respuesta era una risa desconcertada y un precario “yo no sé”. Después se miraban (imagino que se miraban) y mascullaban algo en su lengua con aire divertido.

Jaro, que debía de tener 4 o 5 años, parecía confundido. Cuando la pareja no sabía responder, respetaba su silencio durante unos segundos. Después, se escuchaban unos pasitos, trepaba hasta el asiento y susurraba en voz muy baja a su madre:

-Son un poco raros. ¿Qué les pasa?

Su madre reía, pero le seguía el juego. Con el mismo susurro, y la visualizo entonces echando una mirada cómplice a los franceses, le explicaba que no sabían hablar español. Entonces Jano o Jaro volvía a descender, daba los mismos pasitos e interpelaba de nuevo a la pareja. Le respondían en francés, y vuelta a empezar. Yo solo podía escuchar, así que en mi cabeza se reconstruía la escena como si fuera una obra de teatro más bien cómica.

En una de esas idas y venidas, la madre de Jaro -o puede que Jano- le recomendó que les preguntará de dónde eran. El niño descendió, se acerco a ellos y cumplió el encargo. “De Francia”, respondió la francesa con su acento francés. Murmuró algo con su acompañante y entonces le replicó, no sin esfuerzo: “¿Y tú, de dónde eres?”.

La pregunta le pilló totalmente desprevenido. Se hizo un silencio más largo que los anteriores y de nuevo los pasitos, el niño trepando al asiento de la madre y una pregunta en voz muy baja:

-Mamá, ¿de qué país somos?

Su madre no pudo contener la risa. “Somos de Chile, amor”, le respondió. Entonces Jaro o Jano tomó su recién descubierta nacionalidad, bajó del asiento, deshizo el camino y respondió alegremente: “¡Soy de Chile!”. Pero esta vez no esperó a la reacción de los franceses. Enseguida volvió con su mentora y le preguntó un poco consternado, siempre entre susurros:

-Pero entonces, ¿Argentina y Uruguay?

-Esos son sitios en los que has estado. También has estado en Canadá, y ahora en Perú. ¿Recuerdas?

Entonces, madre e hijo se olvidaron de los franceses, que intentaban escucharles desde la distancia, y se entregaron a una conversación sobre el arte de viajar, la geografía sudamericana y otros menesteres que no vienen al caso.

Lo importante de aquel viaje en bus, fue ese momento en el que la nacionalidad, un sentimiento -y nada más que eso- capaz de poner en jaque a Estados enteros y dinamitar, en estos días tan convulsos, el animal político que estamos llamados a ser, fue reducida a una feliz anécdota por Jano o Jaro, que ojalá recordara su nombre para poder dedicarle este texto.

Próximo capítulo:

En el Morro de Arica, Chile, la bandera nacional es tan grande y pesada que a duras pena ondea.
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4 Comentarios

  1. Corinne

    Llevo un buen rato pensando en Jaro o Jano! Seguro que sus viajes le
    ayudarán a crecer sin prejuicios… Una sonrisa a pesar de los baches del camino!

  2. Carlos

    Prueba de que las fronteras y los países son ilusorios. Bonita historia.

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