Simon Manley es un hombre muy británico. Para ser embajador en España, tal vez demasiado. Su castellano, más allá del terrible acento inglés, no es muy bueno, lo cual puede suponer un pequeño incordio cuando tienes que defender las bondades del brexit ante un auditorio de férreos europeístas. Pero Manley está de suerte. A su lado, un prototipo de dandi valenciano ha empezado el discurso que el embajador necesita. Entre épico y romántico, nos recuerda que el ser humano està llamado a sorprenderse, a ensanchar horizontes. Nuestras seguridades son pasajeras, dice; no dependamos de ellas. Cada cambio nos da acceso a una dimensión más grande y más hermosa. “Todo pasa y todo queda”, remata Juan Valero de Palma con los versos de Machado. Si eso es el brexit, me llevo diez.

Por desgracia para Manley, el secretario del Club Manuel Broseta, que acoge su conferencia en el lujoso SH Palace de València, tan solo está empezando a hablar. Despachada la nota optimista, toca entrar en materia de brexit. Cameron se equivocó convocando el referéndum, dice. Irresponsable, le llama. El peor político de la historia de la UE, concluye. Los ingleses tienen fama de impasibles. En cierta manera, Manley cumple con el tópico, pero su muy británico rostro de no puede evitar dibujar alguna mueca al escuchar hablar así del primer ministro que, al fin y al cabo, dirigía la administración que le hizo embajador en 2013. Valero ha acabado con Cameron, pero aún le queda el resto del Reino Unido. ¿Qué fronteras quieren defender los ingleses, si nunca se incorporaron a Schengen?, se pregunta. ¿De qué independencia monetaria hablan, si nunca adoptaron el euro? “Pero de nada sirvió apelar a la razón”, remata. El embajador aguanta estoico el chaparrón.

Valero de Palma, más conocido por ostentar el cargo de Secretario General de la Acequia Real del Júcar, domina bien lo que en la psicología de la calle se conoce como “la técnica del sandwich”. Dos capas amables para envolver un mensaje desagradable. Por lo tanto, decide cerrar su introducción con un alegato por la cooperación entre valencianos e ingleses y un repaso de los títulos y virtudes del embajador. “Un hombre sencillo”, como lo define Valero, que por si alguien lo ha olvidado, es el protagonista de la noche. “Gracias… Por la mayoría de palabras”, puede intervenir por fin Manley, no sin cierta sorna. Valero se encoge de hombros; él no es diplomático.

Simon Manley sí que es diplomático, pero no uno cualquiera. Representa al primer Estado que abandona la Unión Europea en casi 70 años de historia, desde que se creó la Comunidad Europea del Carbón y del Acero. Si de normal un embajador ha de medir cada una de sus palabras, qué decir de uno que tiene lidiar con una decisión inédita que afecta a otros 27 Estados y cuyos acuerdos apenas empiezan a tomar forma. Es por eso que Manley habla tan despacio, marcando mucho las frases, como si quisiera alargar ese remanso de paz que supone su propio discurso. Ningún peligro acecha mientras hablas de las generosas inversiones de la industria inglesa en el País Valenciano durante el siglo XIX, de ser el mayor inversor europeo a día de hoy y las excelentes relaciones comerciales o de ese mercado de exportaciones, que entre otros bienes, también exporta nueve millones de turistas al año y miles de entrañables septuagenarios que se enamoran de la Costa Blanca tan pronto pisan el chalet de la playa. Cuando eres tú quien marca los ritmos del discurso, puedes permitirte hablar con optimismo de los puntos más oscuros. El embajador lo admite: claro que el brexit afectará, pero todo depende del estado de unas negociaciones que marchan de forma excelente y que por ahora han garantizado los derechos de millones de europeos en Gran Bretaña y millones de británicos en Europa. Para Manley, los acuerdos del brexit no se convertirán solo en ley internacional, sino en una declaración política por seguir siendo el mejor vecino, amigo y socio de la Unión Europea. Porque ante todo, el pueblo británico votó salir de la Unión Europea, pero no de Europa. Un recordatorio que el embajador matiza con aire risueño: “no podemos salir de Europa, estamos donde estamos”.

Toda paz es pasajera. También la del embajador, que sabía que el momento de dejar de disertar y empezar a responder preguntas tenía que llegar. La primera la lanza una señora, británica pero residente en Valencia, preocupada por el acceso a su pensión una vez se efectúe el brexit. Manley sale al paso titubeante. Los acuerdos todavía tienen que tratar muchas cuestiones, entre ellas las pensiones, pero espera que estén garantizadas. La señora vuelva a su asiento poco satisfecha. Las preguntas se suceden. ¿Y no habría que repetir el referéndum?, pregunta una chica francesa. El embajador explica que la democracia inglesa es muy compleja y el proceso parlamentario para aprobar un referéndum tardaría meses, pero no menciona que sería igual en cualquier otro Estado de la Europa democrática. En cualquier caso, lo considera un tiempo demasiado valioso como para perderlo. ¿Y qué pasa con los escoceses que quieren pertenecer a la Unión Europea?, le interroga una joven investigadora que acaba de volver de Escocia. Ya tuvieron su referéndum por la independencia, que por cierto, cayó el día de su cumpleaños. No sin dificultades, el embajador se va desembarazando de las insidiosas preguntas. Un hombre mayor se hace con el protagonismo cuando le recrimina que hable del acuerdo del brexit en clave de maximización de beneficios y no de minimización de perjuicios. “Pero nadie le culpa, es diplomático”, anota el hombre. Una declaración de empatía que parece conmover a Manley. El embajador ha sido abatido y finalmente reconoce lo que todo el auditorio esperaba oír: “se trata de limitar los daños”. Fair enough.

Si te gusta, comparte: