Simon Manley es un hombre muy británico. Para ser embajador en España, tal vez demasiado. Su castellano, más allá del terrible acento inglés, no es muy bueno, lo cual puede suponer un pequeño incordio cuando tienes que defender las bondades del brexit ante un auditorio de férreos europeístas. Pero Manley está de suerte. A su lado, un prototipo de

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