Capítulo anterior: Cronología de un descubrimiento (I) 

El 9 de enero de 2003 un avión de la compañía TANS que cumplía el trayecto Chiclayo – Chahapoyas se estrelló en el Cerro Coloque al empezar la maniobra de aterrizaje, según el parte del accidente, debido a una negligencia de los pilotos. Se trataba de un Fokker F-28 de 30 años que había pertenecido a la Fuerza Áerea y había sido utilizado para el transporte presidencial. Muchos de los habitantes de San Jerónimo todavía estaban almorzando cuando oyeron el inusual estruendo proveniente de la selva. A solo unos kilómetros del pueblo, prácticamente aislado por aquel entonces, acababan de morir los 5 tripulantes y los 41 pasajeros que viajaban a bordo de la aeronave.

El propio don Ángel organizó a los comuneros para colaborar en las labores de rescate, pero los restos mortales no pudieron empezar a ser recuperados hasta tres días después debido a la dificultad de acceso a la zona y el mal tiempo. El trabajo de los voluntarios de San Jerónimo resulto clave en su recuperación, más aun cuando los familiares denunciaron a la Fuerza Aérea Peruana por esconder información y mentir sobre la viabilidad del rescate. 

Los restos del avión, en Cerro Coloque (2003)  | Foto adjunta al parte del accidente

Quince años después, don Ángel cuenta el suceso con una sonrisa en el rostro. Lo que siempre ha reconocido como una terrible tragedia se acabó convirtiendo en un extraño golpe de suerte para el poblado de San Jerónimo. Cuando todo ocurrió, la prensa española se hizo eco de la muerte de una pasajera española, Isabel Pérez, pero apenas mencionó a un matrimonio belga también fallecido. Se trataba de Cristopher Dubois y Sofia Porfirio, una destacada abogada al servicio de la ONU. Sus muertes sobrevinieron cuando investigaban el blanqueamiento de dinero ligado al tráfico ilegal de armas en Perú.

Nicolas Dubois, hermano y cuñado de Cristopher y Sofía, se encontraba a 10.000 km. de allí cuando supo de lo sucedido. Sin embargo, su obsesión no fue otra que conocer el lugar donde habían muerto y honrar en él su memoria. Un año más tarde se encontraba en San Jerónimo, una aldea empobrecida con una alta tasa de analfabetismo y a donde solo se podía acceder a pie o a caballo por complicados senderos de montaña. Apenas 500 personas campesinas que se habían desvivido por rescatar los restos de sus familiares mientras las fuerzas del estado inventaban excusas. Nicolas decidió entonces que el mejor homenaje era utilizar la herencia de su hermano para construir una escuela y crear un plan de alfabetización. Desde ese momento se promovió la incorporación de nuevos profesores como Miuler e incluso se llegó a construir un instituto de secundaria.

Hoy todavía se pueden leer murales en las casas de San Jerónimo que insisten en que “una juventud educada es una juventud con futuro”. Sigue siendo una población agrícola y empobrecida, una de los tantas que los sucesivos gobiernos del Perú mantienen abandonadas a su suerte. Sin embargo, la casualidad ha querido que sus jóvenes cuenten desde entonces con el enorme abanico de posibilidades que una educación básica brinda en un país como este. Y todo empezó, recuerda don Ángel, el día en que un avión que en el pasado había transportado a presidentes como Alan García o Alberto Fujimori fue a estrellarse, por caprichos del azar, en un lugar que ellos jamás llegarían a conocer.

La oficialización del descubrimiento de los sarcófagos se dio también por estos años, lo cual, para ser justos, también contribuyó a la ligera modernización del pueblo. Al menos ayudó a que saliera de su casi total aislamiento cuando se construyó un puente de cemento en el río que cruza el valle y se habilitó un camino transitable por vehículos para subir hasta la aldea. Fue la ruta de la que me aproveché el día que fui a su encuentro y de la que se beneficia Miuler cada mañana cuando va a trabajar en su vieja moto. En gran parte por ello, pensé que don Ángel exageraba al insistir en que necesitaría un guía a partir de allí. Por supuesto, me volvía a equivocar.

Después de un rato esperando, bien empleado en contarme la historia del avión, apareció Leandro por allí. Él era el presidente de la comunidad y ese día sería también mi guía. Me despedí de la verborrea alegre y constante de don Ángel y me fui con Leandro, que prefería masticar hojas de coca a conversar. Otro detalle destacable es que cargaba con un machete del tamaño de mi brazo. Al principio me pareció exagerado en tanto que el camino estaba bastante despejado, y volví a pensar que haberme puesto un guía era innecesario, pues parecía bastante difícil perderse. Mantuve mi postura hasta que después de una hora llegamos al pie del Cerro del Tigre. Frente a mi se erguía una montaña imponente donde la vegetación se aferraba hasta a la roca desnuda.

Al pie del Cerro del Tigre.

Seguimos hacia delante hasta que la niebla volvió y una selva espesísima creció a nuestro alrededor en apenas un instante. Cuando me di cuenta ya no veía ni el camino que habíamos recorrido y Leandro abría el paso con sonoros machetazos que cortaban el aire.

Vegetación en la ruta a los sarcófagos.

Así anduvimos a paso de tortuga, subiendo hacia el cerro por un camino que a veces se hacia intransitable, hasta que por fin llegamos a aquellas paredes desnudas donde debían estar los sarcófagos. Aunque lo cierto es que para entonces, después de haber andado durante horas por aquel paraje espectacular, bien poco me podían sorprender los sarcófagos. Sin embargo, recuerdo que lo que me sorprendió de verdad fue pensar cómo Alejandro y Miuler habían podido descubrir, veinte años antes, aquellas reliquias escondidas en la selva.

Solo para verlas había que subirse a un árbol suspendido sobre el vacío en el que los comuneros habían improvisado una pequeña plataforma resbaladiza. Además los sarcófagos estaban incrustados en la pared y las enredaderas los cubrían parcialmente, aunque las despejaban cada cierto tiempo. ¿Cómo sería hace veinte años, cuando nadie se molestaba en pasar por allí? ¿Cómo percatarse de que había una docena de figuritas que llevaban cientos de años olvidadas?

El mirador.

El descubrimiento.

Con estas preguntas en mente emprendimos el camino de vuelta. Aún era mediodía y todavía quedaban algunas cosas por descubrir.

Próximo capítulo: Cronología de un descubrimiento (III) 
Si te gusta, comparte: