Mes: abril 2018

España, aparta de mí este cáliz (Cesar Vallejo)

Anterior: Viaje (Alekos Panagoulis) 

Cesar Vallejo nació un día en que Dios estuvo enfermo. Grave. Fue en 1892 en Santiago de Chuco, un pueblo del departamento de La Libertad en el norte de Perú. Pronto se mudó a la capital de la región, Trujillo, donde su casa es hoy un museo poco visitado que algunos aprovechan para refugiarse de la ajetreada y ruidosa ciudad. Trujillo era, en aquel momento, un rincón del Perú inusualmente prolífico en artistas, poetas e intelectuales. Vallejo pasó a formar parte de la primera línea de la bohemia trujillana y evolucionó rápidamente desde posturas modernistas a una vanguardia desconocida hasta el momento. Poeta de los que se cansan rápido de su poesía, jugó con el lenguaje a placer como lo hicieran poco más tarde los dadaístas. Una evolución tal vez prematura que le costó ser infravalorado hasta hoy.

Vallejo y su inquietud literaria parecen, sin duda, obra de un Dios enfermo y terminal. Su poesía es un extraño mosaico formado por fragmentos de una metafísica a medio conquistar y una terrible angustia existencialista, apoyadas en unas cuantas certezas corporales y prosaicas que se extienden a todos los objetos que representan lo cotidiano. Así, tiene claro que “la naturaleza del dolor es el dolor dos veces […] y el bien de ser, dolernos doblemente” y que a su vez “jamás hubo tanto dolor en el pecho, en la cartera, en la solapa” y que hasta “el mueble” tenía “en su cajón, dolor“. Y aunque se esfuerza en aterrizar sus consecuencias, la causa del dolor siguen siendo esos “nueve monstruos” que habitan un mundo que ignoramos.

Sobre toda esa composición inestable, sin embargo, siempre se asienta una firme convicción humanista. Aunque el título de su obra más importante, Poemas Humanos (publicada de forma póstuma) no fue escogido por él, creo que es perfecto para honrar a Vallejo. Fue un hombre sensible, de esos que a veces estúpidamente llamamos “humanos”, que escribió una poesía no solo preocupada por la condición humana, sino también por asuntos materiales como las injusticias y problemáticas sociales que ya observó desde bien pequeño, primero en Santiago de Chuco y después en Trujillo. Su postura incomodaba al gobierno caciquil del momento, que le tendió una encerrona para enviarle a la cárcel por unos altercados en los que no participó. Aunque finalmente apenas permaneció tres meses allí, Vallejo quedó marcado por la experiencia.

Este espíritu humanista y la capacidad para agotar rápidamente los estímulos que le rodeaban le llevan a mudarse a Europa, donde en los años 30 parecía estar fraguándose ese nuevo hombre que tanto interesaba a Vallejo. Allí empieza a trabajar como periodista y a entrar en contacto con las ideologías obreras, especialmente con el marxismo. En 1931 llega a Madrid, conoce a los grandes del momento (Unamuno, Lorca, Alberti…) y se convierte en testigo de la caída del régimen de los Borbones y la proclamación de la II República. Al estallar la guerra, el poeta se vuelca en su defensa desde el Comité Iberoamericano para la Defensa de la República Española, labor en la que le acompaña Pablo Neruda.

España, aparta de mí este cáliz

Niños del mundo
si cae España —digo, es un decir—
si cae
del cielo abajo su antebrazo que asen,
en cabestro, dos lágrimas terrestres;
niños, ¡qué edad la de las sienes cóncavas!
¡qué temprano en el sol lo que os decía!
¡qué pronto en vuestro pecho el ruido anciano!
¡qué viejo vuestro 2 en el cuaderno!

¡Niños del mundo, está
la madre España con su vientre a cuestas;
está nuestra madre con sus férulas,
está madre y maestra,
cruz y madera, porque os dio altura,
vértigo y división y suma, niños;
está con ella, padres procesales!

¡Si cae —digo, es un decir— si cae
España, de la tierra para abajo,
Niños, ¡cómo vais a cesar de crecer!
¡cómo va a castigar el año al mes!
¡cómo van a quedarse en diez los dientes,
en palote el diptongo, la medalla en llanto!
¡Cómo va el corderillo a continuar
atado por la pata al gran tintero!
¡Cómo vais a bajar las gradas del alfabeto
hasta la letra en que nació la pena!

Niños,
hijos de los guerreros, entre tanto,
bajad la voz, que España está ahora mismo repartiendo
la energía entre el reino animal,
las florecillas, los cometas y los hombres.
¡Bajad la voz, que está
con su rigor, que es grande, sin saber
qué hacer, y está en su mano
la calavera hablando y habla y habla,
la calavera, aquélla de la trenza,
la calavera, aquélla de la vida!

¡Bajad la voz, os digo;
bajad la voz, el canto de las sílabas, el llanto
de la materia y el rumor menor de las pirámides, y aún
el de las sienes que andan con dos piedras!
¡Bajad el aliento, y si
el antebrazo baja,
si las férulas suenan, si es de noche,
si el cielo cabe en dos limbos terrestes,
si hay ruido en el sonido de las puertas,
si tardo,
si no veis a nadie, si os asustan
los lápices sin punta, si la madre
España cae —digo, es un decir—
salid, niños del mundo; id a buscarla!…

Corría la leyenda, ya desmentida, de que España, aparta de mi este cáliz fue impreso en los pedazos del uniforme de un general franquista caído en batalla. Lo que si que es cierto es que fueron soldados del Ejercito del Este los que, ya en 1939, emplearon grandes esfuerzos en sacar toda una tirada de impresiones en condiciones muy precarias. Aunque ninguna de esas ediciones ha sobrevivido, el poemario ha resistido el paso del tiempo. Hasta hoy.

Cuando Vallejo escribió este poema, el final del sueño ya estaba peligrosamente cerca. Aquella República, una niña en sí misma que daba sus primeros pasos, equivocándose, aprendiendo, mirando insolente a los retos del futuro, era estrangulada por el monstruo fascista que más tarde subyugaría Europa. España caía y junto a ella caía también —digo, es un decir— la oportunidad de reinventar al hombre que tanto había fascinado y preocupado al poeta. Irónicamente, la vida de Vallejo se apagaba al mismo tiempo que la de la República, pero su último escrito no deja de ser todo un alegato por la supervivencia. Esos niños del mundo, hijos todos ellos de la derrota, tendrían que salir a buscarla en lo sucesivo.

Cesar Vallejo murió en París con aguacero, un día del cual ya tenía el recuerdo. Un recuerdo anticipado que equivocó a medias: no era jueves, ni tampoco otoño. Era un día como el de hoy, 15 de abril, con el mismo ayer terco y luchador que lleva casi ochenta años exigiendo la historia que nos robaron. Son esos niños sin madre que recogieron su mandato y ahí siguen, generación tras generación, buscándola incansables.

Cronología de un descubrimiento (III)

Capítulo anterior: Cronología de un descubrimiento (II)

Al volver a San Jerónimo me despedí de Leandro y me reencontré con don Ángel, quien me llevó a casa de una señora para que pudiera comer algo. Allí me encontré con algunos profesores de la escuela construida por Dubois que pagaban pensión para poder almorzar cada día. Antes siquiera de empezar a conversar, nos reconocimos al instante como seres extraños a aquella realidad alternativa que reinaba en San Jerónimo. Cuando supieron que venía de Valencia me preguntaron enseguida por la situación en Cataluña, pues hacía poco que las imágenes de las cargas policiales en el 1-O habían dando la vuelta al mundo avergonzando al Estado español en cada rincón del planeta. Incluido aquel pequeño pueblo de la Amazonia peruana.

Si bien su interés era ese, el mío era su situación como profesores. No hacía mucho que el Perú acababa de salir de una durísima huelga de docentes que exigía que se valorara debidamente su trabajo. El salario base de un profesor en Perú era en julio de aproximadamente 1500 soles, unos 460 dólares y el más bajo de Sudamérica. Durante las protestas se consiguió, para agosto, un aumento a los 1700 y a partir de diciembre a los 2000 soles, 690 dólares. Una cifra que algunos siguen considerando insuficiente al compararla con otros países de la región u otros funcionarios del país. Un policía por ejemplo, cobra más de 3000 soles.

Los profesores me hablaron con marcado pesar de la necedad de un país que no invierte en educación y tiene a muchos de sus maestros bajo una economía de subsistencia. También insistieron en que no se trataba solo de que recibieran salarios irrisorios, sino que en muchas regiones más o menos olvidadas (y la administración peruana está tradicionalmente caracterizada por olvidar todo lo que pasa fuera de Lima) tenían que asumir desplazamientos largos y dificultosos o trabajar en escuelas que se caían a pedazos. La conclusión fue que, pese a todo, la vocación triunfaba y los profesores seguían ejerciendo su papel en la sociedad. Obligados, eso sí, a ir siempre con el agua al cuello y a complementar sus ingresos con todo tipo de actividades económicas.

Cuando se fueron para volver al trabajo aproveché para pasar por la escuela y ver si podía despedirme de Miuler. Lo encontré en el patio del colegio rodeado de niños, algunos correteando a su alrededor y otros atendiendo a sus explicaciones mientras daba forma a una vasija de barro. Era alguien totalmente distinto al hombre serio y de cara larga que me había abierto la puerta de casa aquella misma mañana. Enseñando enérgicamente a los niños, todo sucio de barro, ofrecía una imagen entrañable que evocaba esa “vocación pese a todo” de la que me acababan de hablar. Sonriente, le di las gracias por todo y estreché su mano enfangada mientras los niños de San Jerónimo me miraban como a un extraterrestre. ¿Volvería algún día a aquella mágica aldea de historias imposibles? ¿Seguirá siendo la misma cuando vuelva?

Emprendí el camino de vuelta para encontrar la carretera a Pedro Ruiz y, con suerte, conseguir que algún vehículo me recogiera. Bajando por la ladera de la montaña me di cuenta de que era el primer momento del día en el que me encontraba solo. Haría falta un ensayo, tal vez un libro entero, para tratar de explicar ese tipo de soledad que solo se descubre viajando, un estado del alma donde uno se siente pletórico y las reflexiones se vuelven especialmente claras.

Por supuesto, todo dura un rato. La mochila pesa, el cuerpo se agota y la naturaleza, por hermosa que sea, puede empezar a tratarte mal en cualquier momento. Después de varias horas llegué hecho polvo a la carretera, y después de otras tantas empezó a llover y yo seguía en aquella carretera haciendo dedo. Pero nadie quería recoger a un perro mojado. Finalmente me resigné y seguí caminando como un autómata, con la mente totalmente en blanco. No sé cuánto tiempo pasó hasta que el ruido cansado de un motor me resulto familiar y me sacó de mi letargo. Escuché como paraba junto a mí y, al girarme, allí estaba él. ¡Era Miuler rescatándome de nuevo! “Sube. -me dijo- Te invito a almorzar”.

Había comido hacia unas horas, pero me vendrían bien la compañía y algunas calorías extra. Entramos de nuevo a la casa donde había empezado aquel día mientras Miuler gritaba: “¡Traigo a un amigo!”. En ese momento una niña de pelo rizado salió de la nada y corrió a abrazarme. Tenía nueve años y se llamaba Jade. ¿Por qué se lanzó a abrazar a un completo desconocido? No lo sé, pero desde entonces la quise como a la hermana que nunca tuve.

La casa de Miuler y su mujer tenía un patio que era un pequeño extracto de la selva, donde los colibrís campaban a sus anchas. El profesor me explicó, excitado, cada una de las cosas que plantaba para después compararlas con las frutas y hortalizas que yo conocía en Valencia, a veces con asombrosos resultados. También me explicó que antes tenían animales, pero poco a poco habían ido desapareciendo. Con los pollos, por ejemplo, resultaba que una vecina ya desaparecida se los robaba cuando estaban grandes. A Jade, amiga incondicional de cada uno de los pollos, había que explicarle que se habían ido a vivir con la abuelita.

Al lado de aquel bucólico patio almorzamos. Pasé toda la tarde con ellos, atendiendo ora a los dibujos que me enseñaba Jade, ora a las fotos que me enseñaba su madre. En una tarde llegué a conocer todos los detalles e historias que orbitaban alrededor de aquella familia, que no solo decidió abrirme las puertas de su casa, sino también de su vida. También comprendí de primera mano lo que los profesores de San Jerónimo me habían tratado de explicar. Mientras jugaba con Jade, escuché a sus padres haciendo malabares para poder repartir ese mísero sueldo de maestro, de manera que ellos pudieran seguir adelante y sus otros dos hijos, que estudiaban en Lima, también recibieran algo. Uno de ellos, por cierto, había decidido estudiar arqueología ante las hazañas como explorador de su padre.

Al acabar el día yo era feliz. La casualidad había dibujado un cuadro imposible del que me permitía formar parte. Desde los sarcófagos centenarios al extraño accidente de avión, pasando por las reivindicaciones de unos profesores menospreciados y, en definitiva, todas las personas e historias que orbitaban alrededor. Empezaba a comprender que viajar es desplazarse de un descubrimiento al siguiente. A veces esos descubrimientos son desiertos mudos o bosques estrepitosamente incomprensibles. En otras ocasiones, tus descubrimientos tienen manos, cabeza y pies, y te hablan en lenguas extrañas o familiares que, a su vez, te desvelan reliquias que no forman parte de lo tangible. Incluso existe un extraño tipo de hallazgos solo accesibles en las vastas llanuras de la soledad. Sin embargo, todos ellos se parecen y van a encontrarse a un mismo punto del alma bajo una misma forma: gratitud. Una gratitud exuberante que rebosa los límites del corazón y se dirige a todo y a todos. ¿Cómo corresponder a un sentimiento tan desbordante? Tal vez contarlo sea el primer paso.

Volviendo a Trujillo.

Próximo capítulo: (19 de abril)

Cronología de un descubrimiento (II)

Capítulo anterior: Cronología de un descubrimiento (I) 

El 9 de enero de 2003 un avión de la compañía TANS que cumplía el trayecto Chiclayo – Chahapoyas se estrelló en el Cerro Coloque al empezar la maniobra de aterrizaje, según el parte del accidente, debido a una negligencia de los pilotos. Se trataba de un Fokker F-28 de 30 años que había pertenecido a la Fuerza Áerea y había sido utilizado para el transporte presidencial. Muchos de los habitantes de San Jerónimo todavía estaban almorzando cuando oyeron el inusual estruendo proveniente de la selva. A solo unos kilómetros del pueblo, prácticamente aislado por aquel entonces, acababan de morir los 5 tripulantes y los 41 pasajeros que viajaban a bordo de la aeronave.

El propio don Ángel organizó a los comuneros para colaborar en las labores de rescate, pero los restos mortales no pudieron empezar a ser recuperados hasta tres días después debido a la dificultad de acceso a la zona y el mal tiempo. El trabajo de los voluntarios de San Jerónimo resulto clave en su recuperación, más aun cuando los familiares denunciaron a la Fuerza Aérea Peruana por esconder información y mentir sobre la viabilidad del rescate. 

Los restos del avión, en Cerro Coloque (2003)  | Foto adjunta al parte del accidente

Quince años después, don Ángel cuenta el suceso con una sonrisa en el rostro. Lo que siempre ha reconocido como una terrible tragedia se acabó convirtiendo en un extraño golpe de suerte para el poblado de San Jerónimo. Cuando todo ocurrió, la prensa española se hizo eco de la muerte de una pasajera española, Isabel Pérez, pero apenas mencionó a un matrimonio belga también fallecido. Se trataba de Cristopher Dubois y Sofia Porfirio, una destacada abogada al servicio de la ONU. Sus muertes sobrevinieron cuando investigaban el blanqueamiento de dinero ligado al tráfico ilegal de armas en Perú.

Nicolas Dubois, hermano y cuñado de Cristopher y Sofía, se encontraba a 10.000 km. de allí cuando supo de lo sucedido. Sin embargo, su obsesión no fue otra que conocer el lugar donde habían muerto y honrar en él su memoria. Un año más tarde se encontraba en San Jerónimo, una aldea empobrecida con una alta tasa de analfabetismo y a donde solo se podía acceder a pie o a caballo por complicados senderos de montaña. Apenas 500 personas campesinas que se habían desvivido por rescatar los restos de sus familiares mientras las fuerzas del estado inventaban excusas. Nicolas decidió entonces que el mejor homenaje era utilizar la herencia de su hermano para construir una escuela y crear un plan de alfabetización. Desde ese momento se promovió la incorporación de nuevos profesores como Miuler e incluso se llegó a construir un instituto de secundaria.

Hoy todavía se pueden leer murales en las casas de San Jerónimo que insisten en que “una juventud educada es una juventud con futuro”. Sigue siendo una población agrícola y empobrecida, una de los tantas que los sucesivos gobiernos del Perú mantienen abandonadas a su suerte. Sin embargo, la casualidad ha querido que sus jóvenes cuenten desde entonces con el enorme abanico de posibilidades que una educación básica brinda en un país como este. Y todo empezó, recuerda don Ángel, el día en que un avión que en el pasado había transportado a presidentes como Alan García o Alberto Fujimori fue a estrellarse, por caprichos del azar, en un lugar que ellos jamás llegarían a conocer.

La oficialización del descubrimiento de los sarcófagos se dio también por estos años, lo cual, para ser justos, también contribuyó a la ligera modernización del pueblo. Al menos ayudó a que saliera de su casi total aislamiento cuando se construyó un puente de cemento en el río que cruza el valle y se habilitó un camino transitable por vehículos para subir hasta la aldea. Fue la ruta de la que me aproveché el día que fui a su encuentro y de la que se beneficia Miuler cada mañana cuando va a trabajar en su vieja moto. En gran parte por ello, pensé que don Ángel exageraba al insistir en que necesitaría un guía a partir de allí. Por supuesto, me volvía a equivocar.

Después de un rato esperando, bien empleado en contarme la historia del avión, apareció Leandro por allí. Él era el presidente de la comunidad y ese día sería también mi guía. Me despedí de la verborrea alegre y constante de don Ángel y me fui con Leandro, que prefería masticar hojas de coca a conversar. Otro detalle destacable es que cargaba con un machete del tamaño de mi brazo. Al principio me pareció exagerado en tanto que el camino estaba bastante despejado, y volví a pensar que haberme puesto un guía era innecesario, pues parecía bastante difícil perderse. Mantuve mi postura hasta que después de una hora llegamos al pie del Cerro del Tigre. Frente a mi se erguía una montaña imponente donde la vegetación se aferraba hasta a la roca desnuda.

Al pie del Cerro del Tigre.

Seguimos hacia delante hasta que la niebla volvió y una selva espesísima creció a nuestro alrededor en apenas un instante. Cuando me di cuenta ya no veía ni el camino que habíamos recorrido y Leandro abría el paso con sonoros machetazos que cortaban el aire.

Vegetación en la ruta a los sarcófagos.

Así anduvimos a paso de tortuga, subiendo hacia el cerro por un camino que a veces se hacia intransitable, hasta que por fin llegamos a aquellas paredes desnudas donde debían estar los sarcófagos. Aunque lo cierto es que para entonces, después de haber andado durante horas por aquel paraje espectacular, bien poco me podían sorprender los sarcófagos. Sin embargo, recuerdo que lo que me sorprendió de verdad fue pensar cómo Alejandro y Miuler habían podido descubrir, veinte años antes, aquellas reliquias escondidas en la selva.

Solo para verlas había que subirse a un árbol suspendido sobre el vacío en el que los comuneros habían improvisado una pequeña plataforma resbaladiza. Además los sarcófagos estaban incrustados en la pared y las enredaderas los cubrían parcialmente, aunque las despejaban cada cierto tiempo. ¿Cómo sería hace veinte años, cuando nadie se molestaba en pasar por allí? ¿Cómo percatarse de que había una docena de figuritas que llevaban cientos de años olvidadas?

El mirador.

El descubrimiento.

Con estas preguntas en mente emprendimos el camino de vuelta. Aún era mediodía y todavía quedaban algunas cosas por descubrir.

Próximo capítulo: Cronología de un descubrimiento (III) 

Creado con WordPress & Tema de Anders Norén