Capítulo anterior: Te regalo un toro

Ya me encontraba de camino al hostal, pensando en un plan alternativo para aquel día, cuando un hombre sonriente me interpeló en mitad de la calle:

-¿Qué es lo que busca, amigo?

Le pregunté sin esperanza si conocía los sarcófagos de San Jerónimo y si sabía dónde podría encontrar movilidad.

-Claro que los conozco. Los descubrí yo.

La broma no me acabó de hacer gracia, no sé si porque no la entendí o porque llevaba más de una hora dando vueltas por el pueblo de Pedro Ruiz, preguntando aquí y allá dónde estaba la combi a San Jerónimo sin que nadie supiera darme una respuesta. En cualquier caso, el hombre me explicó que los lunes no hay transporte porque allí solo van los profesores y prefieren ir el domingo para hacer noche en el pueblo, pero me podía presentar a uno que todavía no se había ido. “Capaz te puede llevar en moto”, dijo. Y añadió: “con él descubrí los sarcófagos”.

Alrededores de Pedro Ruiz, Departamento del Amazonas

 

Cuando llamamos a la puerta, nos abrió un hombre con cara de pocos amigos al que sin duda acabábamos de despertar. Alejandro “El Grande” –así es como se hacía llamar mi peculiar salvador- le explicó alegremente mi situación y le pidió que me llevara hasta San Jerónimo. El profesor respondió, todavía somnoliento, que la moto estaba bastante mal y a duras penas tenía potencia para llevarle a él, así que sería difícil que soportara a dos personas. No creí su excusa, pero la acepté como totalmente legítima. Al fin y al cabo, yo era un extraño que su amigo loco había llevado a la puerta de casa a las seis de la mañana para que lo llevara en moto por la cara. Además, aquello parecía desde el principio un golpe de suerte demasiado grande para mí. Así que internamente acepté su excusa, pero por lo que pudiera pasar, puse mi mejor cara de vagabundo desamparado. Y funcionó.

Alejandro se fue, con su aire alegre y desenfadado, y me dejó con el profesor de la cara larga, que había accedido a llevarme hasta un punto donde el camino empezaba a ir cuesta arriba y la moto no podría cargar los dos (¿sería verdad lo que tomé como una excusa?). Sentado en el salón de su casa, intenté entablar conversación con él mientras iba y venía preparando lo necesario para trabajar. Apenas conseguí sonsacarle su nombre, Miuler Villar. Me contestaba sin gran entusiasmo, no sé si porque estaba ocupado o por puro desinterés, hasta que se me ocurrió comentarle lo que había dicho Alejandro sobre los sarcófagos.

-Sí, fue en el 97. Los encontramos de casualidad en una salida que hicimos juntos, pero decidimos no revelarlo. La gente no estaba preparada. Ya ha pasado muchas veces que han roto patrimonio similar pensando que dentro va a haber oro o joyas. ¡Pero la cultura Chachapoyas no trabajó el oro! Dentro solo hay momias.

Y me explicó también que fue por el silencio que guardaron que otros se llevaron el mérito cuando años más tarde se empezó a trabajar de manera oficial en el yacimiento. No me dio muchos más detalles sobre la historia, pero dejó claro que tampoco le importaba demasiado la disputa por la autoría del descubrimiento. Para él, lo importante era que ese patrimonio se preservara correctamente. Más tarde, cuando me lancé a comprobar lo que Miuler me contó, me topé con dos versiones. En una, él y un tal Newman Aguilar (quien presumo que es Alejandro “El Grande”) descubrieron el primer grupo de sarcófagos en 1998, y no en el 97 como él recordaba. Iban guiados por el dueño del terreno, Francisco Ventura, a quien habían dado indicaciones para llegar hasta el lugar. No informaron al Ministerio de Cultura del descubrimiento hasta 2011. En la otra versión, de mayor trascendencia en los medios aunque llena de contradicciones, fue el propio Ventura quien en 2003 descubrió los sarcófagos, pero también tardaría años en pasar la información a las autoridades.

Sea como fuere, la discusión no tiene mayor interés. Los sarcófagos están allí, como siempre, solo que desde entonces atraen a algún que otro turista hasta el lugar y los habitantes de San Jerónimo tienen una nueva fuente de ingresos. Por su parte, Miuler sigue yendo al pueblo para dar clases como cada día, como hoy. Y nunca llegué a conocer al señor Ventura, pero apostaría a que su vida tampoco cambió demasiado con aquellas notas de prensa.

Cuando el profesor estuvo preparado, partimos en la moto. Llegamos por carretera al puente donde el camino empezaba a complicarse y allí me ayudó, sin éxito, a buscar otra movilidad que subiera hasta San Jerónimo. Miuler, una vez más (y las que quedaban) demostró su enorme y embarazosa generosidad y decidió que probáramos suerte subiendo los dos en la moto. Embarazosa porque, a esas alturas del viaje, el escepticismo con el que me había levantado se derrumbaba sin remedio. Sin embargo, cuando recapitulo, todo sigue pareciendo absurdo. Como poco, altamente improbable. Cambié mi itinerario a última hora porque una mujer que me recogió haciendo autostop me recomendó estos sarcófagos, que ni siquiera conocía. La mañana que me decido a ir, la primera persona con la que me encuentro resulta ser un señor que se hace llamar Alejandro “El Grande” y dice haber descubierto lo que ando buscando. Y me lleva con su compañero de descubrimientos, que además va a salir hacia el pueblo en ese mismo momento. Meses más tarde un chamán del Cuzco me habló de la belleza de la causalidad, pero creo que una perfecta combinación de casualidades siempre la superará.

Frente al puente de cemento, todavía estaba el esqueleto del viejo. Pedro Ruiz, Río Ingenio.

En efecto, fue embarazoso comprobar que el vehículo a duras penas podía llevar a dos personas hasta lo alto del pueblo. La vieja moto de cross llevaba en el mundo más años que yo, literalmente. Treinta, para ser exactos, y después de incontables reparaciones, parecía encontrarse en sus últimos días. Fue cerca de una hora de continua subida que hicimos casi siempre en primera. Cuando la pendiente era muy pronunciada, yo me bajaba para que la moto pudiera continuar hasta un punto más llano, subía ese tramo a pie y vuelta a empezar. Por si fuera poco, la noche anterior había llovido y el camino de tierra estaba totalmente enfangado, lo cual permitió a Miuler demostrar sus aptitudes de piloto de rallies adquiridas a base de repetir el camino día tras día. De paso, evitó que nos despeñáramos más de un par de veces.

Ante todo, la odisea fue divertida y espectacular. Miuler, de rostro serio hasta entonces, empezaba a animarse y parecía pasárselo bien dentro del casco (ha sido de los pocos motoristas peruanos que he visto con casco). Me explicaba todo lo que había a nuestro alrededor, cada planta y cada animal, hasta me hizo notar unos petroglifos que quedaban en mitad del camino pero que jamás habría visto por mi cuenta. Para entonces yo ya estaba pletórico, no solo por mi enorme suerte y la grata compañía del profesor, también porque poco a poco nos elevábamos sobre la espesa niebla matinal que a nuestros pies se convertía en un mar de nubes que bañaba todos los cerros de la selva. Una vista hermosa mientras el aire me pegaba en la cara y caía en la cuenta de que, hasta entonces, nunca había montado en moto.

Cuando por fin llegamos, San Jerónimo ofrecía una estampa curiosa. Era un poblado formado por unas pocas calles de tierra e hileras de casitas blancas a los lados. Los pollos correteaban por todos lados y los perros holgazaneaban a la sombra. De vez en cuando cruzaba alguien a caballo, a veces un niño, a veces una anciana. Y al rato pasaba alguien que podría haber sido el mismo niño o la misma anciana, pero esta vez en moto. Sus habitantes eran hombres y mujeres de rostros curtidos entre la dura tierra y el pesado sol, y a su lado el profesor y yo -pero sobre todo yo- parecíamos gente minúscula e inadaptada a una vida que nos aniquilaría en un par de días. Hablaban un castellano tan extraño al mío que al principio sudaba para entenderlo todo; cuando hablaban entre ellos solo acertaba a comprender un par de palabras. Por otro lado, en ningún otro lugar había atraído tantas miradas curiosas, pero al menos todas sonreían y me daban los buenos días.

Miuler me llevó con don Ángel, el hombre encargado de “la oficina de turismo”. Dicha oficina se podía diferenciar del resto de casas porque en su interior había un libro de registro encima de una mesa; por lo demás, pasaba totalmente desapercibida. Hacía más de un mes que ningún turista pasaba por allí y noté que los últimos eran del País Vasco. Don Ángel me preguntó entre risitas por qué los vascos nunca escribían “España” en el apartado “nacionalidad”, pero él ya sabía bien el porqué.

Se trataba de un hombre especialmente peculiar. Parecía bastante viejo y andaba desgarbado y balanceándose de lado a lado, pero sus movimientos siempre eran rápidos y espasmódicos. No se estaba quieto en ningún momento. Mostraba una permanente sonrisita al hablar y asentía con la cabeza a cada rato, como si respondiera con un silencioso “claro, claro” a cada cosa que oía, incluida su propia voz. No sé por qué, lo imaginé siendo punki en su juventud, una idea del todo ridícula en aquel contexto. De cualquier modo, algo había en don Ángel que me gustaba y disfruté conversar con él mientras me buscaba un guía para la ruta.

En ese rato me habló atropelladamente de muchas cosas, pero entre ellas destacó un accidente de avión que hubo en San Jerónimo en el que muerieron 46 personas. “Es lo mejor que nos ha pasado”, me explicó, siempre sonriente. Antes de que pudiera preguntarle de qué modo es bueno que un avión se estrelle donde vives, él se adelantó a responderme. “Por supuesto fue una tragedia, pero gracias a eso tenemos una escuela y vivimos mejor”. Y entonces me contó.

Próximo capítulo:  Cronología de un descubrimiento (II)

 

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