Se llama Óscar

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Se llama Óscar. También se llama Rubén, pero él prefiere Óscar.  Tiene 9 años y ojos de anciano. Su vida apenas empieza, pero ya arrastra una pesada sombra mientras empuja la carretilla.

-¿A dónde van? –dice desde lo alto de la calle- Yo les llevo.

“Carne de yugo ha nacido, más humillado que bello” – Miguel Hernández

Vive en un pobladito sin nombre a las afueras de Cajamarca. Además de ser famosa por sus carnavales, Cajamarca también es conocida como la ciudad del encuentro entre dos mundos. Está ubicada en un valle totalmente rodeado por cordilleras, de manera que incluso asemeja estar incrustada en el cráter de un enorme y extinto volcán. Un taxista me contó que es una de las teorías que explicarían la presencia de aguas termales en la zona, los famosos Baños del Inca. Aquí es donde los conquistadores españoles chocaron de frente con la civilización inca y acabaron con su último emperador, Atahualpa.

Se dice que ocurrió así: Atahualpa fue invitado a una cena con Pizarro mientras se encontraba en los Baños y asistió solo para ser capturado. Más tarde, los españoles aceptaron un enorme rescate de oro y plata a cambio de su libertad, pero de nada importó. Los abanderados de la civilización, la vanguardia del brillante y prometedor futuro de la humanidad, decidieron eliminarlo igualmente. Le hicieron, eso sí, un último favor. Cuándo ya estaba a punto de ser quemado en la hoguera, Atahualpa pidió a sus captores que le dieran otro final, pues la religión incaica exigía que su cuerpo fuera embalsamado para poder renacer en el otro mundo. Pizarro y algunos de sus hombres más cercanos, con quienes Atahualpa había entablado una importante amistad durante su cautiverio (la guerra siempre fue de naturaleza absurda), aceptaron indulgentemente su deseo. Lo pasaron por el garrote vil.

Cerca de 500 años después, como si su particular tragedia se hubiera caído del tiempo, Cajamarca todavía parece arrinconada entre dos mundos que chocan. Ancianas descalzas ataviadas en sus vestidos típicos y anchos sombreros de fibras pidiendo limosnas a los turistas. Autobuses colmados de visitantes topándose con un tropel de comuneros equipados con palas, picos y azadas que emplean el domingo en construir caminos y canalizaciones. Los mismos comuneros enfrentándose cada día con las mismas armas, humilde y valientemente, a las empresas  mineras que robaron sus tierras y ahora contaminan sus aguas. Valga como ejemplo la resistencia contra la minera Yanacocha que lo cajamarquinos arrastran desde 2009.

El de hoy se trata de un encuentro entre dos mundos definitivamente más amable que el de los incas y españoles, pero no exento de esa pincelada amarga -aunque en realidad es un fulminante brochetazo- que el fantasma de la globalización va dejando en aquellos lugares que cayeron del tiempo. Aquellos que no pudieron seguir el ritmo de las brillantes vanguardias de antaño. O acaso nunca entraron en sus planes.

Al fondo, Cajamarca,.

Óscar pertenece a ese último mundo, el abandonado. También su madre, su padre y sus tres hermanos, para quienes nos pide algo de comida a cambio de guiarnos hasta un túnel cercano. Por el camino nos explica qué son las Ventanillas de Otuzco -unos antiquísimos nichos funerarios muy cercanos- o el túnel kilométrico que vamos a ver, que en su momento sirvió para que los incas pudieran escapar a ningún lado. También nos cuenta cuál es esta planta o aquella, qué cultivan allí y allá, cómo trabajan las cerámicas… Y cuando le preguntamos donde ha aprendido todo eso, nos dice que de los guías mayores. Entonces empieza a  recitar al pie de la letra un discurso prefabricado:

-Buenas tardes señores visitantes, sean bienvenidos a este atractivo de las Ventanillas de Otuzco, donde hoy tengo el placer de guiarles a través de…

Y mientras repite como un robot mira al vacío con sus ojos de viejo y no sonríe, porque Óscar nunca sonríe. Entonces lo que hubiera podido ser una situación cómica se torna una imagen grotesca y cada una de las palabras que ha memorizado, huecas pero increíblemente pesadas, chocan como cañonazos contra el mundo que está escuchando al otro lado. Al menos una mueca, una ojeada de complicidad, un gesto…  Pero nada de eso ocurre, solo su monotonía y la vetusta mirada hacia la nada. Se reafirma el choque, el encuentro brutal, la distancia insalvable.

Volviendo de la excursión, Óscar sigue contestando sin gran entusiasmo a cuanto le preguntamos, aunque pareciera que su ánimo aumenta ligeramente cuando el camino que recorremos se complica. Al llegar a una bajada resbaladiza, me advierte: “Cuidado aquí. Lo mejor es bajar corriendo”. Pero no le hago caso y acabo deslomándome contra un árbol. Solo entonces, al mirar dolorido hacia arriba, lo descubro sonriendo. No dura nada, apenas un instante, pero es suficiente para adivinar sus ojos brillando como suelen brillar los ojos de un niño. “Pues tenías razón”, le digo. Yo también sonrío.

Al llegar nos despedimos y Óscar se va corriendo de nuevo entre las precarias casas de adobe en las que, sin embargo, no faltan los murales de publicidad electoral con el “vota así” o “marca esto”. Mientras vuelve a su carretilla pienso en cómo algunos de mis amigos peruanos, al llegar a cierta edad (la adolescencia, normalmente), han preferido empezar a llamarse por su otro nombre. Por supuesto, entre sus amistades siempre quedarán detractores que les seguirán llamando como siempre, pero aun así hemos bromeado acerca de cómo es una especie de oportunidad que todo peruano tiene para escoger a mitad de camino una nueva identidad, si es que no le convencía la anterior.

Se me ocurre que tal vez un día, puede que dentro de muchos años, me encuentre de nuevo con Óscar, el policía. Entonces me dirá que ya no es Óscar y tampoco policía. Que ahora prefiere que le llamen Rubén y se ha hecho médico, limpiabotas, terrorista, ingeniero, traficante… O nada en absoluto. Y tal vez lo diga sonriendo y con ojos de niño. Justo como los que vistió por un instante el día que nos conocimos, cuando las viejas leyendas parecieron derrumbarse y nos miramos de cerca, riendo, abrazados a un mismo mundo.

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4 comentarios en “Se llama Óscar”

  1. Óscar resulta de encrucijadas históricas sobre las que no tiene el menor dominio, y su vida se halla removida de uno a otro lado por decisiones que toman seres obscuros para los que ni siquiera existe. ¿Quién o quiénes podrán acabar con eso? ¿Cuándo? ¿Cómo? De cada pregunta me llega no una respuesta sino el eco de un silencio. Los versos del poeta de Orihuela que has elegido son una bella y terrible banda sonora de su vida.

    1. Miguel Hernández se preguntaba más o menos lo mismo al final de ese poema. Él daba una respuesta que no se si nos valdría hoy en día, aunque pensándolo bien, más que una respuesta era un mandato. Uno de esos para los que el tiempo no pasa. Gracias por tu comentario, CrisC.

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