Un domingo triste (José Martí)

En el sentir popular el domingo viene siendo, por lo general, un día inocuo y desprovisto de contenido. Es el día del pijama y el sofá, el día en que la persona es más ameba que persona y la creatividad se atrofia. A pesar del nombre de esta sección, lo cierto es que poca poesía se puede hacer un día así. Y eso que toda la lírica del spleen debió nacer, si no en domingo, en un día que se le parecía mucho. Sea como fuere, y descartada la opción creativa, siempre queda rescatar lo que se escribió durante el resto de la semana. Pero sobre todo, a quienes lo escribieron.

No sabemos si José Martí (1853-1895) escribió este poema en domingo o cuando ya era lunes, pero sí que lo hizo en el exilio. El principal instigador de la revolución cubana, que además era periodista (“de todos los oficios, prefiero el de la imprenta, porque es el que más ha ayudado a la dignidad del hombre“, diría en su momento), se pasó la vida perseguido por el poder. O persiguiéndolo, según se mire. De un modo u otro, esto le costo cárcel, exilios y una existencia cada vez más volcada en la revolución. Cuanto más acosado se veía, más se cerraba su órbita vital en torno al imperativo histórico de una Cuba libre, sin que nada más importara. Tanto así que llegaría el momento en que su mujer decidiera abandonarle, llevándose a su hijo.

Un domingo triste

Las campanas, el sol, el cielo claro
me llenan de tristeza, y en los ojos
llevo un dolor que el verso compasivo mira,
un rebelde dolor que el verso rompe
¡y es, oh mar, la gaviota pasajera
que rumbo a Cuba va sobre tus olas!

Vino a verme un amigo, y a mí mismo
me preguntó por mí; ya en mí no queda
más que un reflejo mío, como guarda
la sal del mar la concha de la orilla.
Cáscara soy de mí, que en tierra ajena
gira, a la voluntad del viento huraño,
vacía, sin fruta, desgarrada, rota.
Miro a los hombres como montes; miro
como paisajes de otro mundo, el bravo
codear, el mugir, el teatro ardiente
de la vida en mi torno: ni un gusano
es ya más infeliz: ¡suyo es el aire,
y el lodo en que muere es suyo!
Siento la coz de los caballos, siento
las ruedas de los carros; mis pedazos
palpo: ya no soy vivo: ¡ni lo era
cuando el barco fatal levó las anclas
que me arrancaron de la tierra mía!

Como si fuera el héroe de una tragedia griega (curiosa casualidad que firmara sus artículos en México bajo el seudónimo Orestes), una mezcla de férrea voluntad y fatalidad lo fueron enfilando hacia su destino. Sin más intereses ya que la liberación de Cuba, vio como por fin estalló la revolución en 1895. Y al poco tiempo de incorporarse a la batalla, como si fuera al encuentro del final que se había pasado la vida construyendo, José Martí cabalgó directo hacia una emboscada y las balas españolas le atravesaron el pecho.

El cubano tuve esa fatal suerte compartida con otros personajes como el Che o Durruti. La “suerte” de morir en un momento en que, para un revolucionario, las líneas entre el bien y el mal aparecen nítidas y las contradicciones propias a enfrentar son más difusas que en tiempos de paz, después de la victoria. José Martí y muchos otros vivieron momentos y lugares en los que el mandato histórico se nos presenta con claridad y lo único que exije de nosotros es bondad y valentía. Sobre todo valentía.  Sin embargo, son pocos los que demuestran estar a la altura y aun menos los que dejan un  nombre y una cara a quien dar las gracias. Constituyen esa colección de rarezas humanas que, por su mala suerte, hemos dado en llamar héroes.

Caricatura de Luis Carreño
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