La otra cara del 1-O

Si de algo está sirviendo el conflicto en torno al referéndum catalán es para medir la presencia de la ultraderecha en España. Mientras asistíamos estupefactos al auge de partidos pseudofascistas en el resto de Europa, aquí la dinámica electoral se mostraba bien distinta, desatándose encarnizadas batallas por ocupar el “centro” del tablero político. Es por eso que muchos han hablado de la “excepción española” y otros tantos han -hemos- podido suspirar aliviados aquello de “pues tampoco estamos tan mal”. 

Sin embargo, el escenario en el que ha desembocado la pésima y negligente gestión política del conflicto catalán -que sin duda pasará a los anales de este esperpento perpetuo que es la historia de España- ha sacado a la calle a determinado sector de la población que por la mañana dice ser de centro en la encuesta del CIS y por la tarde sale a cantar el cara al sol con la mano en alto.

Lo peor es que asistimos a este espectáculo con tal normalidad que todo se confunde en medio de una lógica social tan maltratada a lo largo de los años, apaleada hasta convertirse en un absurdo amalgama de fascistas declarados, seguidores de La Roja, nostálgicos del franquismo y honrados ciudadanos de a pie que siguen convencidos de que en España, en la trágica e incongruente España, se puede ser patriota como si en cualquier otro país del mundo se tratase. Una convicción del todo respetable que, sin embargo, se da de bruces con una realidad oblicua y difícil de tratar.

No sabemos qué pasará mañana cuando miles de catalanes traten de ir a votar, ni mucho menos al día siguiente cuando los resultados del referéndum más chapucero que se ha visto en muchos años griten un obvio sí a la independencia.  No obstante, sabemos cuál es el punto de partida de la otra aventura nacional que empieza de forma paralela. Todos esos señores y señoras del brazo en alto y el cara al sol empezarán a notar que no se está tan mal fuera de la cueva, que sus últimas exhibiciones han sido asumidas con tal normalidad que tal vez vaya siendo hora de empoderarse. Ahora la excusa es la unidad de España, pero puede que en un futuro cercano sea la “invasión de inmigrantes” o las “conspiraciones izquierdistas”. Y tal vez en otro futuro menos cercano acudimos a la desintegración del PP y la lucha de nuevas agrupaciones por copar todo ese espacio político a la derecha a base de retóricas menos amables que las de Rajoy y compañía. Y de repente un día nos levantamos todos, catalanes y españoles, cantando el cara al sol con el brazo en alto. Porque la historia nos ha enseñado sobradas veces que el fascismo empieza con el menosprecio de las señales y un coro que clama: “pues tampoco estamos tan mal”.

 

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