The Leftovers: La búsqueda de Dios

Dos hombres se sostienen la mirada en la bodega de un barco. Dos simples y frágiles hombres, sin grandes diferencias entre ellos, excepto porque uno está maniatado a una silla de ruedas y asegura ser Dios. A pocos metros, un león enjaulado asiste como silencioso testigo a su batalla dialéctica:

-¿Por qué no me parte un rayo? ¿Por qué no transformas esas cuerdas en serpientes y te liberas?

-No lo necesito. Vas a desatarme en cuanto consigas lo que quieres.

-¿Y qué se supone que quiero?

-Mi atención.

The Leftovers es la historia de una humanidad abandonada en perpetua búsqueda de Dios. Después de que el 2% de la población mundial haya desaparecido de forma abrupta y tres años más tarde nadie sepa explicar por qué, no hay persona que se libre de la terrible certeza del absurdo. Un shock global que provoca las más diversas reacciones: sectas que apuestan por forzar a todos a no olvidar lo sucedido; hombres de fe que interpretan cada dificultad como una prueba divina; chamanes modernos convencidos de poder llevarse el dolor de la gente; gente que trata de conservar su racionalidad y desata la más instintiva violencia contra la locura de su alrededor… 

No contentos con plantearnos este mundo grotesco, David Lindelof  y Tom Perrotta, sus responsables, nos hacen tomar partido en lo que vemos. Tratan de convencernos al mismo tiempo que sus personajes son convencidos, miden nuestra capacidad de resistencia a los profetas, a las sectas, a las religiones… En definitiva, miden nuestra necesidad de creer en una explicación a lo inexplicable. Y puede que consigan que creamos o no, como puede que un segundo después nos devuelvan al absurdo a base de dolorosas dosis de realidad. Pero por el camino han conseguido una cosa mucho más valiosa: que empaticemos con esos personajes, que los entendamos a ellos y lo que representan. Y para eso era necesario sumergirnos en sus miedos, dudas y frustraciones. 

Ese viaje emocional no se entiende sin el mágico uso de la música. No es solo la impresionante banda sonora de Max Richter, sobre la cual ya se ha escrito más y mejor que aquí, sino también el repertorio de canciones de todos los géneros utilizadas para dar inmensa profundidad a ciertas escenas y atraparte a la primera nota.

Otro de los grandes elogios que merece The Leftovers es la sinceridad que desprende. Se nota que sus creadores han querido contar una historia y lo han querido hacer del modo que creían más adecuado, sin adaptarse a aquello que “funciona” en el mundillo y convertirlo en un producto de masas como ya fuera Lost, de la que es co-creador el propio Lindelof. Nada de cliffhangers, nada de dar explicaciones como si fueran papilla, nada de capítulos relleno, de alargar la serie…  Tres temporadas y ni una más. Capítulos de cerca de una hora. Cada uno de ellos es una historia redonda en sí misma, nunca quedan a mitad. Y con frecuencia plantean momentos confusos, sin explicación aparente, pero profundamente fascinantes. Puede que sea por todo ello que ha pasado sin pena ni gloria por los índices de audiencia. Y bien es cierto que no es una obra echa para todos. Sin intención de caer en el tópico, lo más probable es que la adores o la aborrezcas.  

A falta de un capítulo para que acabe la serie, no parece que vayamos a descubrir cómo o por qué desapareció ese 2%. Del mismo modo, algún día todos moriremos sin haber llegado a comprender para qué estábamos aquí. Sin embargo, una cosa está clara, y es que The Leftovers quedará como una pieza de arte audiovisual que supo plasmar como ninguna el problema de la existencia humana. Y como con tantas obras maestras, volveremos a ella una y otra vez, a elucubrar y emocionarnos, a buscarnos el  sentido, a encontrarnos con Dios.

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