La historia que nos robaron

Hace unos meses fui a Xàtiva a cubrir el 78 Aniversario del bombardeo de la aviación de Mussolini sobre la estación de tren. Fue un acto sobrio pero muy emotivo, donde se trajo a colación el sangriento recuerdo de aquellos años de Guerra Civil. Por supuesto, también se evocó la República, e inevitablemente, todo cuanto se perdió junto a ella.

De entre todas las intervenciones me gustó especialmente la del profesor Toni Morant por su mesura y sensatez. Habló de aquellos años tricolor con la lucidez de aquel que se dedica a trabajar con la historia, pero sin dejar de lado la incontenible emoción de quien aún siente el dolor de lo arrebatado latiendo bajo su pecho. De este modo, su reivindicación de la República no fue ni mucho menos la de una utopía realizada, sino la de un momento histórico en el que España, no sin evidentes carencias e imperfecciones, por fin se encontraba en el rumbo adecuado. 

Muchas veces me he preguntado por qué es tan tortuoso recordar aquella derrota cuando son solo los libros, unos pocos supervivientes y algunas pinceladas de memoria colectiva las que nos conectan a Morant o a mí con aquel momento. Con el tiempo me he ido construyendo respuestas que cuanto más idealizaban la República, menos me convencían. Sin embargo, por más vueltas que le haya dado, ese dolor punzante y pendenciero nunca desaparece.

Hoy creo estar más cerca de comprender por qué. La II República no era más que el primer paso de una apuesta por cambiar el mundo tal y como había funcionado hasta entonces. Una apuesta por los valores que el consenso de los años ha acabado por atribuir a lo que entendemos por progreso. Lejos de ser un proyecto para España y las naciones que ha arrastrado en su apesadumbrada trayectoria, era un proyecto para el ser humano. ¿Cómo si no decidieron voluntarios de todas partes  venir a luchar por ella? De algún modo sabían que todo a lo que aspira el ser humano en esa carrera por el progreso es a intentarlo, sin tener la más mínima certeza de si lo va a conseguir. Y la dignidad que se desprende de ello es tal que ya supone un fin en sí misma, es motivo suficiente para luchar.

Durante aquellos años imperfectos estábamos construyendo esa historia, nuestra historia, pero nos la robaron a medio hacer. Nos la robó el miedo y la cobardía, la insondable necedad de aquellos que vieron peligrar un mundo del pasado que se caía a pedazos y decidieron alargar su agonía unos años más. Todo a costa de otro mundo que apenas acababa de nacer.

Ese 12 de febrero en Xàtiva hice el camino de vuelta hacia mi coche a pocos metros por detrás de un hombre viejo que había visto en el acto, quién sabe si hijo o nieto de alguna de las víctimas del bombardeo o simplemente de las del fascismo. Su paso tranquilo y su cabeza gacha se turbaron al girar la esquina. Seguí el camino hacia lo alto que recorrían sus ojos y al otro lado encontré un águila negra y altiva sobre un lecho rojigualda. Ambos se sostuvieron la mirada hasta que él, con el suspiro propio de quien se sabe derrotado, volvió su cabeza hacia al suelo y siguió caminando. Mientras se alejaba, aquel águila perpetua continuó mirándole desde lo alto.

Por un momento, me pareció verla sonreír.

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