Hubo un tiempo en el que no existía un palmo de tierra en África que no fuera una colonia europea. Todo el continente estaba de un modo u otro dominado por el hombre blanco. Por alguna razón, a sus habitantes nunca les gustó aquello, y con el tiempo fueron haciendo notar con cada vez más intensidad que su situación era humanamente insostenible. También en Europa, a causa de un ‘no se qué’ que acordaremos en llamar “progreso”, empezaron a levantarse voces críticas con el colonialismo que también fueron clave para acabar con él.

El caso es que al final el hombre blanco, que durante años había subyugado África, estuvo de acuerdo en que había que descolonizar. ¿Os imagináis lo ridículo que hubiera sido que él mismo dirigiera el proceso? Pienso en una asamblea de congoleños muy emocionados con la idea de ser dueños de su destino y a su lado unos cuantos belgas tomando parte en las decisiones. Lo cierto es que si bien no ocurrió exactamente así, la descolonización sí que acabó siendo un proceso tutelado por los propios colonizadores. Y lo que de allí salió es la África que hoy conocemos, totalmente libre, independiente y en igualdad de condiciones con la Europa que la aplastó durante años. ¿O no?

Aquel viento de progreso nunca se detuvo y hoy ha vuelto a reorientar la veleta del hombre (ya no el blanco, sino el normal). Los feministas, una especie reciente entre la que a todos nos gusta pensar que nos incluimos, se han dado cuenta de que va siendo hora de llevar a cabo la descolonización más importante que jamás hayamos enfrentado. Pero como el ser humano es un ser terco por antonomasia, nos cuidaremos de volver a repetir los mismos errores que en el pasado. A saber, meternos donde no nos llaman.

No sé si por la mejor de las voluntades o por la imperiosa necesidad de protagonismo que acaban infundiendo 3000 años de patriarcado, los feministas insistiremos una y otra vez en meternos en un debate que no nos concierne construir. Porque, si bien al igual que la descolonización de África, es también nuestra lucha y la de toda la humanidad, solo ellas saben como es necesario llevarla a cabo. El papel del hombre empieza en la revisión de sus privilegios y acaba con una mano tendida a sus compañeras, pero nada más. Si por un momento tuviera la autoridad como para decir a las mujeres como habéis de hacer las cosas, tan solo propondría lo siguiente: nunca dejéis que nos entrometamos. Vuestro destino no tiene dueños, sino dueñas.

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