La libertad del periodista

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Ayer, 21 de abril, cinco periodistas abandonaron indignados un acto de Pablo Iglesias en la Universidad Complutense de Madrid al entender que el líder de Podemos había faltado al respeto a su colega de El Mundo, Alvaro Carvajal. A raíz de esto, cantidad de medios, periodistas, políticos, asociaciones, sindicatos y cuñados han salido en defensa de la libertad de prensa y expresión mostrando diversos grados de grandilocuencia y de enfasis a la hora de azotar a Iglesias, de los que no puedo evitar destacar este artículo de El Mundo donde, entre otras cosas, sacan a relucir los sueños húmedos orwellianos del tirano de la coleta. 

No voy a defender a Pablo Iglesias, que al parecer cada vez que se mete en una Universidad se convierte en el rojillo entrañable de antaño que cantaba la Internacional con banderas de la URSS -siendo hoy el adalid de la alternativa “ciudadana”-, pero no ha dicho nada que no sea cierto. Me parece sumamente torpe que, siendo el personaje público que es, se haya expresado de ese modo y haya “increpado” a Alvaro Carvajal por su trabajo, además con ese humor suyo tan intelectualoide que apesta a narcisismo. Pero dejando de lado todo esto, la hipersensibilidad con la que sus palabras han sido tomadas es ridícula, y sospecho que cada uno ha querido entender lo que le ha apetecido.

Por mi parte, me apetece entender que Iglesias se refería al hecho evidente de que los periodistas publican lo que la empresa para la que trabajan les permite publicar, y a la larga, lo que conviene a los intereses de esta empresa. Y esto no es porque los periodistas sean unos vendidos sin ningún tipo de respeto por el digno oficio que practican, no. Simplificando mucho la ecuación, esto es así porque en el momento en que dejas de hacerlo, la empresa prescinde de ti. Entonces publicarás otras cosas, igual de dignas que las otras, pero en un lugar donde te lo quieran publicar. Usar a Alvaro Carvajal, una persona real, como ejemplo de esto y atacarle personalmente (cosa que a mi parecer, no ha ocurrido) es tremendamente absurdo e innecesario. Algo así como lo sería acusar a el señor X de vender ropa de Zara porque la cosen niños explotados. El problema no lo causa el periodista que trata de hacer su imprescindible trabajo como buenamente puede, sino todo el entramado bajo el que está obligado a trabajar y que le pone trabas continuamente.

Tenemos libertad de prensa y de expresión, el Estado no te persigue por decir o publicar lo que te apetezca. Bueno vale, sí que lo hace. De vez en cuandoY a lo mejor está un poco feo. Pero el caso es que para la mayor parte de cosas no, y eso es maravilloso. Sin embargo, se nos presenta otro problema para los que ensalzamos estos divinos derechos con tanto ímpetu, y es que la información es un negocio para los medios de comunicación que la suministran. Son empresas, y como tales, su objetivo último no es el de informar, ni el de servir a la ciudadanía, ni el de de asegurar la democracia. Existen para maximizar beneficios, independientemente de que un medio que no cumpla con lo anterior debería, en teoría, desaparecer porque nadie quiera consumir su producto. ¿Quién tiene el poder en esta situación? Pues el que mueve la pasta de la que dependen los medios de comunicación. Y si el que mueve la pasta decide que no vas a publicar esto, no lo publicas. Así es como el sistema está destinado a funcionar y como efectivamente funciona, cada vez de forma más acusada.

No hay duda de que tenemos que oponernos con firmeza, como han hecho muchos a partir de este caso, a todo aquel que trate de privarnos de la libertad que tanto nos ha costado conquistar. Porque al fin y al cabo, la prensa es libre. La información es libre. El periodista es libre. Todos somos libres, dentro de la jaula.

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2 Comentarios

  1. No hay que generalizar, aunque acabe de hacerlo.

    No me engañan las empresas periodísticas. Cada día tienen que llenar unas decenas de páginas, en papel u on line, unas horas de radio o tele.

    Y si no hay noticias no van a decir que ese día el periódico vale menos porque trae menos hojas o cobrar menos a los anunciantes porque los informativos van a durar menos.

    Si no hay noticias (good news), las inventan.

    Y, en efecto, no hacen lo que hacen por conciencia ciudadana o democrática, lo hacen por la pasta. Lo cual no es ilegal, pecado ni engorda, pero que no nos vendan la cabra (la de la Legión tampoco).

    Hemos leído a León Felipe y nos sabemos todos los cuentos.

    Es lícito que unos periodistas se enojen con un político y se piren, bien, hasta ahí todo normal. Lo que ya toca los mellizos, por demasiado repetido, es que monte en cólera toda la profesión.

    Y se envuelvan en el papiro de las ondas como otros en la bandera.

    Así que el cuarto poder, ¿no? Y Cebrián más mosca que un cornúpeta.

    • Has dado en el clavo comparando el caso con los que se envuelven en la bandera.

      Juicios como esos son una reacción automática propia del que se abraza al equipo, la patria o la profesión en busca de ese sentimiento embriagador de pertenencia a algo más grande.

      Pero esto nubla el criterio; la reflexión exije soledad.

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