Esta es la primera parte de una serie de entradas que originalmente iba a ser una sola con motivo de exponer y denunciar la masacre, intensificada en los últimos meses y tremendamente silenciada por los medios, que el estado turco está llevando a cabo contra los kurdos en su propio territorio. Y el motivo sigue siendo el mismo, pero recientemente caí en la cuenta de que este hecho guarda bastantes correspondencias con otro oscuro episodio de la historia turca. El genocidio armenio, cuyo centenario se conmemoró el año pasado, nunca fue admitido por el mismo estado que hoy asesina con total impunidad judicial a hombres, mujeres y niños en ciudades como Cizre, en el Kurdistan Norte (sur de Turquía).

Mi intención, al menos en esta primera parte, es introducir el tema de forma relativamente precisa pero amena -tanto como mis nulas cualidades de historiador me lo permitan- y dejar una serie de referencias que he utilizado para que aquel al que se le revuelva la curiosidad pueda seguir profundizando por su cuenta. Pero el fin último, como ya he dicho, es sacar a relucir las correspondencias entre ambos casos y, de paso, la imperiosa necesidad en nuestros días de conocer, recordar y admitir la historia. Por si algún día, hartos ya de nuestras miserias, nos da por aprender.


Genocidio Armenio

 

“Después de todo, ¿quién se acuerda hoy de la aniquilación de los armenios?”
-Adolf Hitler, 1939

El genocidio armenio

El 27 de Mayo de 1915, Talaat Pasha, el ministro de interior del Imperio Otomano, firmó la Ley de Traslado y Reasentamiento que organizaba legalmente las deportaciones de armenios excusadas por la Primera Guerra Mundial y el supuesto temor a que estos se sumaran a las filas de la enemiga Rusia. Pese a ser oficialmente tratado como un plan de expulsión, los hechos prueban que el fondo era el de exterminar a la población armenia, un genocidio que había empezado un mes antes con la detención en Estambul de 250 intelectuales y líderes armenios que fueron trasladados a Ankara para ser ejecutados.

Cabe decir que a finales del siglo XIX y principios del XX ya se habían llevado a cabo masacres para sofocar los levantamientos de la Federación Revolucionaria Armenia y otros grupos y partidos que reivindicaban derechos para los cristianos armenios y la intervención extranjera en su favor (especialmente vinculada a Rusia). Sin embargo, 1915 marca un punto de inflexión, porque el gobierno otomano ya no reacciona ante casos puntuales sino que toma la iniciativa y decreta la aniquilación coordinada del pueblo armenio.

A partir de ese momento se sucedieron los asaltos a aldeas donde se separaba a los hombres para ejecutarlos y se deportaba al resto de personas en desplazamientos forzosos hacia los desiertos sirios en las llamadas Marchas de la Muerte, ya imagináis el por qué del nombre. Y esta que doy es la versión más amable posible porque no quiero entrar en lo cruento del asunto. En genocidioarmenio.org tenéis imágenes, documentos, testimonios de supervivientes, etc. muy crudos ofrecidos por el Instituto Nacional Armenio que explican de verdad las cotas de barbarie que se llegaron a dar.

En Turquia vivían entonces cerca de 2,2 millones de armenios. Las muertos, como siempre, dependen de a quién preguntes. Hoy día Armenia los situa sobre los 1,5 millones mientras que los grupos turcos más conservadores al respecto cifran unos 300.000. El propio ministerio de Talaat Pasha contaba cerca de un millón de “deportados” en 1919, y las misiones diplomáticas extranjeras de la época las situaban en 1,1 millones (EEUU) y 1,2 millones (GB) [cifras sacadas de este artículo de El País]. Era, en cualquier caso, un plan de limpieza étnica que preveía la eliminación de la minoría armenia. Un genocidio, el primero del siglo XX y el de mayor dimensión hasta entonces, de ahí gran parte de su importancia.

¿Qué es realmente un genocidio?

Si bien los muertos se revolverían si nos escuchasen discutir sobre cuestiones semánticas en un caso como este, en el reino de los vivos no podemos permitirnos el lujo de obviar estos debates, precisamente para evitar que la historia se repita. Por ello es importante saber que la definición de genocidio, que refiere a la destrucción, total o parcial, de un grupo nacional, religioso o étnico, la dio un abogado judío y polaco llamado Raphael Lemkin que había vivido obsesionado con las masacres de esta índole dadas a lo largo de la historia, y que por supuesto, conocía el caso armenio. Cuando le tocó sufrir en su piel el Holocausto acuñó el término para dejar claro que lo que Hitler estaba haciendo no era algo nuevo y sobre todo para que el derecho internacional tuviera un margen de actuación sobre estos casos. Sobre Lemkin y su lucha está este artículo de la Fundación Internacional Raoul Wallenberg que explica lo que he contado en profundidad.

Antes del Holocausto, por tanto, si bien hubo genocidios no se les reconocía como tales. Y esto no es cuestión de nombrar algo por su nombre, ya por simple respeto a la dignidad de las víctimas o a la realidad de los hechos, sino que también limitaba enormemente lo que la justicia (la institucionalizada) podía hacer al respecto. Y así ocurrió en nuestro caso, dando lugar a la historia de Shahan Natalie:

Cuando acabó la Primera Guerra Mundial, las potencias aliadas obligaron al nuevo gobierno otomano a juzgar a los responsables del genocidio armenio, cosa que hicieron. Condenaron a muerte a los tres líderes del triumvarato, entre ellos Talaat, pero para entonces Talaat ya estaba muy lejos de Turquía, con un nombre nuevo y una cara nueva (llego a hacerse la cirugía facial), y también sus colegas. Aquí entra en juego Shahan, cuya familia fue asesinada en las matanzas de finales del siglo XIX que antes citaba y a las que consiguió sobrevivir. Shahan defendía que los tres exiliados aún suponían una amenaza para el pueblo armenio, ya que, según él, seguían planeando su aniquilación desde el exilio. Además, la Federación Revolucionaría Armenia decidió que, dada la pasividad del gobierno otomano, serían ellos los que actuasen. Quedó encargado entonces de organizar la operación Nemesis (en honor a la diosa griega de la venganza, la justicia y el castigo) y junto a otros compañeros se dedicó a buscar y eliminar a Talaat, Enver y Djemal Pasha, los tres exlíderes otomanos. Talaat fue el primero en caer por un disparo del propio Shahan, en Alemania, por lo cual fue juzgado. En su juicio, el joven estudiante armenio declaró que no había asesinado sin más a Talaat, sino que se había limitado a ejecutarle tal y como la resolución judicial estipuló en su país. Contó entonces la historia de su familia, del genocidio y de sus perpetradores y, sorpresa, Shahan fue felizmente absuelto por cumplir con una orden judicial, aunque lo hiciera fuera de donde fue dictada.

Para saber más sobre este caso podéis visitar la Fundación Familiar Shahan Natalie (está en inglés).

La lucha por el reconocimiento

En 1915 y desde antes no fueron pocas las voces que se alzaron desde el interior del territorio otomano alertando de una escalada de violencia contra la población armenia que prometia acabar muy mal. Pese a que estas voces fueron casi siempre provenientes de las propias embajadas de las potencias occidentales en forma de informes y cartas, el mundo entero y sobre todo Europa estaban demasiado ocupados matándose en una guerra de dimensiones nunca antes vistas, por lo que nadie intervino para frenar un genocidio equiparable.

En los años posteriores a la guerra y con el Imperio Otomano vencido y desarticulado, los países vencedores trataron de tomar ciertas medidas judiciales por el genocidio, al mismo tiempo que intentaban organizar tan chapuceramente el nuevo mundo que la guerra les había legado. Nuevamente eran demasiadas cosas de las que hacerse cargo para una Europa impotente y senil, aparentemente poco preocupada por la embergadura humana de los hechos. Así pues, las medidas y juicios tomados (como se ha mostrado en el apartado anterior) resultaron ser poco efectivos. Se depuraron responsabilidades con mucha facilidad e incluso algunos de los perpetradores y sus allegados ocuparon cargos en el nuevo estado turco. La nueva Turquía apenas empezaba a nacer de las ruinas del viejo Imperio Otomano y ya tenía las manos manchadas de sangre.

Así llegamos al punto presente, en el que Turquía sigue negándose a reconocer el genocidio como tal. Si bien ha suavizado su postura respecto a los hechos y ha pasado de la negación absoluta a aceptar la cifra de 300.000 muertos -siempre justificados en que la Ley de Traslado fue una medida tomada para frenar el peligro que suponía para el Imperio Otomano una eventual militarización de la población armenia-, hablar de genocidio sigue siendo un tema tabú en Turquía, penado incluso por la ley.

¿Por qué seguir negando la evidencia? No se trata solo de lo afligido que pueda verse el orgullo nacional al acabar aceptando algo contra lo que tantos años ha estado inculcando el Estado, aunque ocurriera hace ya un siglo. Probablemente es más bien el fondo material del asunto el que alimenta la tozudez turca. Aceptar el genocidio implicaría no solo poner en duda la legitimidad en la construcción del estado turco moderno, sino también tener que asumir compensaciones materiales, territoriales y humanas para los descendientes de las víctimas, acorde con las resoluciones de la ONU en esta materia. Algo que además de resultar económicamente costoso para Turquía, supondría un nuevo quebradero de cabeza para la geopolítica internacional dada la embergadura de las transacciones territoriales.

Por otro lado, los esfuerzos armenios durante los años que han seguido al genocidio hasta hoy, han recaído sobre todo en conseguir el reconocimiento internacional del suceso. El primer estado en hacerlo fue Uruguay, en 1965, y hasta hoy le han seguido otros 26. Especialmente dura y necesaria fue la campaña para conseguir que el parlamento (que todavía no el ejecutivo, lo que sigue siendo un reto para el colectivo armenio) de EEUU, fiel aliado de Turquía, acabara asumiendo el reconocimiento. Especialmente dura porque Turquía no dudó en chantajear a Estados Unidos entre otras cosas con la base aérea estadounidense de Incirlik, un importante enclave estratégico en el sur del territorio turco, compartido además con Gran Bretaña, contra la que también se utilizó.

Cabe destacar que España, que tampoco parece llevarse muy bien con su propia historia, aun no ha reconocido a nivel estatal el genocidio armenio a pesar de las multiples peticiones, y tan solo unos pocos parlamentos autonómicos lo han hecho. Las razones son tan obvias como en el caso de EEUU o Gran Bretaña: existen relaciones comerciales y políticas con Ankara que se verían perjudicadas por este gesto.

Referencias

A parte de la multitud de artículos de prensa que podéis encontrar por google, os dejo un listado de lugares y documentos donde podéis encontrar más información al respecto y de donde he extraído gran parte de la utilizada. Afortunadamente, la diáspora armenia que siguió al genocidio mutó en la gran cantidad de colectivos, artistas e intelectuales dispersos por todo el mundo que se han dedicado a investigar y denunciar el genocidio armenio:

GenocidioArmenio.org  Sitio vinculado al Centro de Estudios e Investigaciones Urartu, de Buenos Aires, con abundante información de todo tipo: archivos, documentos, imágenes, testimonios… Probablemente el mejor sitio para informarse en castellano.

Instituto Nacional Armenio  Un lugar con abundante información y enlaces a monografías y publicaciones extensas sobre el genocidio armenio, aunque solo disponible en inglés.

Fundación Familiar Shahan Natalie Proyecto creado por los descendientes de Shahan Natalie, asesino de Talaat Pasha al que se ha aludido antes. Un acceso bastante interesante a este aspecto concreto de la historia del genocidio armenio.

SCREAMERS Documental bastante ameno producido por el grupo de música System of a Down, cuyos integrantes son descendientes directos de víctimas del genocidio armenio. Muy recomendable para introducirse en el tema.

Silence the lies, rock the truth Este es un proyecto nacido en 2009 con motivo de acercar la historia del genocidio a un público mayor, incluso dentro de las fronteras turcas. Todos los años organizan un concierto de música donde participan, entre otros, artistas armenios.


Me gustaría acabar con algunas reflexiones sobre el caso. En primer lugar, no puedo dejar de advertir, como se intuye de cara al final del artículo, en las similitudes que encuentro entre la historia del caso armenio y la historia de esta tierra en la que me tocó nacer y vivir. Esta España que también fue abandonada a su suerte por una Europa cobarde e interesada cuando el hombre acechaba al hombre. Esta España en la que nunca hubo culpables y que, lejos de ser juzgados, participaron en la construcción del nuevo sueño democrático, el lugar donde los muertos gritan en las cunetas para ser silenciados por las instituciones. La España que antes o después habrá de ser plenamente consecuente con su historia y la sangre que arrastra, donde antes de hablar de conciliación, se hable de asunción.

De no ser así, nada nos salvará de parecernos a la Turquía que ayer aniquiliba armenios y hoy kurdos. Dice la celebre cita que “quien no conoce su historia está condenado a repetirla”. Pues no hablemos ya de quien no la conoce, sino de quien no la admite. Turquía se niega a admitirla, y junto a ella todos esos estados que tratan de defender unas relaciones comerciales, políticas y militares que nuncan valdrán más que la dignidad de las víctimas y sus familias. Las de ayer, sí, pero también las de hoy. 

Si te gusta, comparte: